Fátima, hace cien años

«Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: “algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él” a un Obispo vestido de Blanco “hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre”

Fátima

Este año se cumplen importantes centenarios. En abril de 1917, siendo presidente Thomas Woodrow Wilson, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania, dando así un giro decisivo al curso de la Gran Guerra (1914-1918), que terminó al año siguiente, después de haberse cobrado la vida de más de quince millones de personas. En marzo de 1917 abdicó el zar Nicolás II, un mes después del comienzo de la primera revolución rusa, liderada por Alexánder Kérenski. En octubre de ese mismo año los bolcheviques tomaron el poder en Rusia, hasta 1991.

El 13 de mayo de 1917, la Virgen María se apareció por primera vez a tres humildes pastorcitos en la Cova da Iria, lugar cercano a la localidad portuguesa de Fátima. Tanto del final de la primer guerra mundial, como del comunismo que estaba por llegar, la Virgen habló a Lucía dos Santos (1907-2005), y a sus primos, los hermanos Francisco (1908-1919) y Jacinta Marto (1910-1920), que fueron canonizados por el papa Francisco el pasado 13 de mayo, con motivo de su peregrinación a Fátima, en el centenario de las apariciones de la Virgen.

En 1915 o 1916, sor Lucía no lo recordaba con exactitud en las memorias que redactó, un Ángel se apareció en tres ocasiones a los pastorcitos en la Loca do Cabeço para pedirles oración y desagravio por todos los pecadores. Lucía, Francisco y Jacinta eran tres niños normales (los santos lo son). Les gustaba mucho jugar juntos, aunque sabían cumplir con esmero la tarea de cuidar el ganado que sus familias les habían confiado. Eran también niños piadosos, si bien con pillería. Idearon una forma “breve” de rezar el rosario; en el avemaría se limitaban a decir: “Dios te salve, María”, y a continuación, “Santa María”; y así seguían rezando las decenas hasta terminar el rosario. Luego merendaban y volvían a sus juegos habituales.

El llamado “secreto” de Fátima consta de tres partes, que fueron reveladas a Lucía, Francisco y Jacinta el 13 de julio de 1917, en la tercera aparición de la Virgen. La primera parte es la visión del infierno que tuvieron los tres pastorcitos, y duró sólo un momento. Relata sor Lucía en la Tercera Memoria, escrita en 1941, que si la Virgen no les hubiera prometido llevarlos al Cielo en la primera aparición, al ver el infierno hubiesen muerto de susto y pavor.

En la segunda parte del “secreto” la Virgen anunció el final de la primera guerra mundial y el comienzo de la segunda, durante el pontificado del papa Pío XI (algunos consideran que el inicio de la segunda guerra mundial tuvo lugar en 1938, con la anexión de Austria por Alemania), así como persecuciones contra la Iglesia y el Papa. La Virgen pidió la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados. El Santo Padre, que sufriría mucho, consagraría Rusia a la Virgen; Rusia se convertiría y en Portugal se conservaría siempre el dogma de la fe. «Mi Corazón Inmaculado triunfará», terminó diciendo la Virgen.

San Juan Pablo II, en unión con todos los obispos del mundo, quiso consagrar el mundo y la gran familia humana, especialmente los pueblos que la Virgen había mencionado, a su Corazón Inmaculado el 25 de marzo de 1984 en la plaza de San Pedro, repitiendo el acto que realizó en Fátima el 13 de mayo de 1982, un año después del atentado que sufrió. Sor Lucía escribió más tarde que la consagración realizada por san Juan Pablo II en 1984, en unión con los obispos, correspondía con lo que la Virgen había pedido (Carta de sor Lucía del 8 de noviembre de 1989).

Le tercera parte del “secreto” no se conoció hasta el año 2000. Al final de la Santa Misa celebrada por san Juan Pablo II en Fátima, en la que beatificó a Francisco y a Jacinta, el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, anunció que el Papa había confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe el encargo de hacer pública la tercera parte del “secreto” de Fátima, con un comentario teológico escrito por el prefecto, el cardenal Joseph Ratzinger. Esta es la tercera parte del “secreto”, cuyo texto fue redactado por sor Lucía en 1944:

«Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: “algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él” a un Obispo vestido de Blanco “hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre”. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios».

En la sexta y última aparición de la Virgen, el 13 de octubre de 1917, tuvo lugar el fenómeno del sol en la Cova da Iria, que fue presenciado por unas setenta mil personas, y del que se hizo eco la prensa portuguesa. Después de una lluvia torrencial, se despejaron los nubarrones y apareció el sol, que se podía mirar sin deslumbrarse. De repente, el sol comenzó a moverse bruscamente, y después dio vueltas sobre sí mismo, proyectando rayos de luz cuyo color cambiaba continuamente.

Después del atentado perpetrado contra san Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro, a petición del Papa, que estaba hospitalizado, la Congregación para la Doctrina de la Fe le hizo llegar el sobre que contenía el tercer “secreto”. Después de leerlo, el Papa mandó devolver el documento a la Congregación, para que siguiera conservándolo (lo hacía desde 1957). Estaba todo claro. Otro 13 de mayo, el de 1994, el papa Wojtyła dijo: «fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte». En uno de sus viajes a Roma, el obispo de Leiria-Fátima, Alberto Cosme do Amaral, recibió un regalo sorprendente de san Juan Pablo II: una bala que disparó el agresor en la plaza de San Pedro, y que quedó en el vehículo después del atentado, para que fuera custodiada en el santuario. El obispo tuvo la idea de poner la bala en el interior de la corona de la Virgen de Fátima. En el momento de ser colocado, el proyectil quedó perfectamente engastado en el orificio de la corona, como si hubiese sido preparado para alojar aquella bala.

Pocos días antes de la beatificación de Francisco y Jacinta, sor Lucía afirmó su convicción de que la visión de Fátima se refería sobre todo a la lucha del comunismo ateo contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de las víctimas de la fe en el siglo XX. Preguntada si el personaje principal de la visión es el Papa, sor Lucía contestó inmediatamente que sí, aunque los pastorcitos no sabían de qué Papa se trataba, «pero era el Papa que sufría y nos hacía sufrir también a nosotros».

Durante décadas se ha especulado mucho sobre el “secreto” de Fátima. En cambio, se ha reparado poco en que el “secreto” contiene un “mensaje”. Y este mensaje, es decir, lo importante y lo permanente, porque el “secreto” se refiere a sucesos que pertenecen ya al pasado, consiste en la invitación a la oración como camino de salvación de las almas, y la llamada a la conversión y a la penitencia, que está en el núcleo del Evangelio. Decía el papa Francisco en la homilía de la ceremonia de canonización de los beatos Francisco y Jacinta que «según el creer y el sentir de muchos peregrinos —por no decir de todos—, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, “muéstranos a Jesús”».

Epílogo para escépticos

El 13 de mayo de 1917, primera aparición de la Virgen a los pastorcitos en Fátima, el papa Benedicto XV ordenó de obispo en la Capilla Sixtina a monseñor Eugenio Pacelli, futuro papa Pío XII, quien el 31 de octubre de 1942 consagró por primera vez el mundo al Corazón Inmaculado de María. Hace pocos años se encontró un texto manuscrito de Pío XII, en el que escribe que en 1950, en cuatro ocasiones, una de ellas el 1 de noviembre, día de la definición del dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María, presenció el mismo fenómeno extraordinario del sol del 13 de octubre de 1917 en Fátima. ¿Coincidencias?

A quienes piensan que las apariciones, las aprobadas por la Iglesia, son cosa de credulones poco ilustrados, les interesará saber que la madre de sor Lucía, María Rosa, una excelente madre de familia, pensaba que su hija no decía la verdad. Con el paso de los años, María Rosa nunca quedó convencida de la veracidad de las apariciones de Fátima, incluso después de haber obtenido en 1918 la gracia de una curación, por intercesión de la Virgen. Pero también es importante saber la razón de esta actitud: María Rosa siempre consideró que su familia no era digna de recibir un don tan grande del Cielo.

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