Fragilidad humana, gloria de Dios

humana

MacIntyre tiene una obra de pequeño tamaño pero grande en su contenido Animales Racionales Dependientes, que es una de las pocas incursiones de la filosofía que trata de que la humanidad real de la persona es su dependencia. Lo somos en la infancia, en los periodos de enfermedad de nuestra vida y en su fase final. En definitiva, la fragilidad de la propia existencia, de sus límites, por tanto. Juan Pablo II lo aborda en sus meditaciones, Signo de Contradicción, cuando trata de la “contingencia del ser” como limitación de la propia existencia. El hombre es contingente, limitado en vida y en su vida. Esta es una de las realidades abrumadoras que la cultura desvinculada de nuestro tiempo nos escamotea deliberadamente.

Y es que el hombre en su contingencia necesita de lo absoluto como razón fundamental de su existencia. Esta relación que ha “perdido su lugar privilegiado en la filosofía moderna” es la causa de que se viva con tanta frustración y malestar el periodo de la historia humana dotado de mayor abundancia material en todos los órdenes. Es la realidad de Dios que permite el sentido de la finitud y dependencia humana.

Juan Pablo II pregunta ¿cómo se inscribe Dios en el ánimo del hombre común? La respuesta se halla en el hecho innegable de que Él está presente en el corazón y la razón de la inmensa mayoría de la humanidad.

La finitud humana se distingue de todas las demás, no solo por poseer conciencia de ella, más o menos oculta, pero bien presente en su cultura, sino porque posee el concepto de infinitud. Lo posee en su amor, en su deseo, y es capaz de expresarlo en sus tareas científicas. Sin tal concepto no hay matemáticas, al menos no un determinado tipo de ellas. Esta evidencia se acepta irreflexivamente sin preguntarse el porqué. El hombre material podría vivir igualmente, quizás con mayor tranquilidad, sin esa llamada continuada del infinito que brolla en el corazón y bulle en la mente. Y este tensor de infinito que es Dios, comporta el impulso de perfección y el sentido de la trascendencia que impulsa a salir de uno mismo y de los propios deseos de perfección. Ambos van unidos y se equilibran. Juan Pablo II, citando al padre Lubac, señala el drama del humanismo ateo que despoja al hombre de este significado trascendente, destruyendo así su significado personal, la comprensión de la realidad humana, cuya fragilidad consciente solo toma sentido en el correlato de la plenitud de Dios.

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