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16 de Febrero de 2012 |
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ForumLibertas.com
‘Caminos de la filosofía’, de Alejandro Llano
Un libro-entrevista que repasa, junto a Llano, sus contribuciones a la investigación en filosofía. Además, se ocupa de cuestiones culturales, de la relación entre fe y razón, filosofía cristiana, y los retos de la universidad, entre otras
Es propio de la condición humana conocer preguntando, de manera sucesiva y a lo largo del tiempo. Preguntamos porque habitamos un claroscuro: disponemos de la suficiente luz para atisbar lo que no conocemos, pero no vemos tanto como para encontrar inmediatamente las respuestas que necesitamos. Así es la vida filosófica: no hay revelaciones instantáneas. Es preciso volver sobre los primeros pasos y buscar nuevos caminos, formulaciones más acertadas para los interrogantes de siempre. Las conversaciones recogidas en estas páginas recrean ese diálogo que es la entraña de la filosofía. Al hilo de las preguntas de sus entrevistadores, Alejandro Llano repasa su obra filosófica, dialoga con lo mejor de la tradición y el pensamiento contemporáneo, y ofrece claves con las que interpretar y responder a los problemas del presente. Alejandro Llano Caminos de la filosofía Editorial Eunsa 585 páginas Por su interés, ofrecemos a continuación un extracto del libro: Universidad, cristianismo y verdad “Oxford me hizo católico” Soy muy partidario de Newman en general, y en particular de su magnífico libro Idea de una universidad. Aunque hay algún punto en ese libro que no me acaba de convencer, porque Newman no considera que la investigación como tal forme parte de la esencia de la universidad. Pero, en este caso, es un detalle menor, pues Newman era un gran investigador y un universitario de cuerpo entero, que pudo decir: “Oxford me hizo católico”. En primer lugar, hay que recordar que la universidad es una idea cristiana. La relación de la universidad con el cristianismo no es algo anecdótico o accidental, porque la universidad, que enlaza con las academias griegas y con la tradición de las artes liberales, es un descubrimiento y una institución cristiana. Ha sufrido un proceso de secularización, aunque ha tenido sus buenos momentos también en fases laicas, como sería la universidad alemana típica, la llamada universidad de Humboldt, que pone el énfasis sobre todo en la investigación y que –desde esta perspectiva– es un hito no superado. Este tipo de universidad ya no es de inspiración explícitamente cristiana, aunque buena parte de sus profesores fueran cristianos. Después tenemos la universidad norteamericana, que inicialmente es cristiana, porque cada una de las grandes universidades estaba unida a una confesión determinada, no preferentemente católica, sino de diversas denominaciones protestantes y anglicanas. Sin embargo, la confesionalidad se ha ido perdiendo y en este momento son universidades laicas que, a su estilo, tienen también algunas de ellas –no todas, ni la mayoría– mucho nivel. Siento ser pesimista o no muy alentador en este campo, pero me parece que, aunque se habla mucho de la universidad, la institución universitaria ha ido perdiendo fuelle, energía, y esto es algo que se viene considerando desde hace bastante tiempo. Concretamente, hay un famoso libro de los años cincuenta, en el que participa Karl Jaspers, donde se señala ya que el especialismo y el profesionalismo han incidido muy duramente en contra del ideal universitario. Jaspers apunta algo que me parece básico: que hay dos aspectos de la reforma de la universidad. Existe un aspecto externo, económico, burocrático, organizativo, que tiene una importancia relativa; y otra dimensión, que es esa fuerza espiritual básica sin la cual son inútiles –e incluso perjudiciales– todas las reformas de la universidad. El problema es que hay muy poca gente hoy día que crea en la universidad, en la idea del Studium Generale, en una articulación posible de los diversos saberes, en la convivencia entre profesores y estudiantes, en el servicio a la sociedad... en todo lo que compone la idea clásica y evolutivamente moderna de la universidad. Son pocos, a lo largo del mundo, por lo que he podido comprobar, que crean en esto. Más bien se considera una utopía. Me parece que esa fuerza espiritual básica –al menos, una de sus grandes posibilidades– está en el cristianismo, porque tiene una visión unitaria de la persona y respeta las diversas mentalidades. Precisamente el que una universidad esté presidida –libremente– por la teología es un factor de universalidad. No creo que una universidad de inspiración cristiana haya de ser menos libre que una universidad laica. Lamentablemente en algunas instituciones laicas, y también en otras cristianas, la universidad está politizada, se encuentra en manos de diversas facciones, se mueve por intereses económicos, políticos, que no me parece que hagan a la universidad muy libre. Creo, en cambio, que algunas universidades de inspiración cristiana mantienen un nivel de apertura considerable y que, en todo caso, el factor cristiano rectamente entendido –no de manera dogmática o cerrada– es un factor de vitalidad para las instituciones de estudios superiores, una especie de catalizador de las energías intelectuales, docentes, e investigadoras. Filosofía cristiana ¿Tiene sentido, es posible una filosofía cristiana? Es una cuestión muy importante. Los primeros cristianos decían que el cristianismo era la vera philosophia, porque –como muy bien explica Ratzinger– parece que el cristianismo primitivo se orientó más bien hacia la filosofía griega que hacia la religión pagana. En torno al tema que has planteado, hay una palabra clave que es la palabra “verdad”. El camino que te lleva a la verdad es el que debes preferir. Creo que el filósofo no debe jugar al escondite consigo mismo. Si es creyente, no puede ignorarlo. Otra cosa es la utilización que haga de la verdad que él conoce por esa vía, porque la fecundidad de la filosofía, incluso para la fe, proviene de que no sea fe, sino razón. Ahora bien, yo eso no lo entiendo como una especie de secularismo, porque esa pureza racional no se consigue de ninguna manera. Hay otras muchas fuentes de convicciones culturales, ambientales, históricas que están “contaminando” esa imposible –e indeseable– pureza. No me parece razonable que se prescinda de una fuente de información, una fuente de conceptos y de inspiraciones tan rica como es la religión. De hecho, nunca se ha prescindido. La filosofía occidental está penetrada por el cristianismo de arriba abajo y el que piense que no es así, es un ignorante. El propio Badiou dijo en alguna ocasión: “Una de las grandes tareas de la filosofía es la lucha contra la religión”. Quizás esa será su tarea, pero no ha sido la tarea de la filosofía, más que muy recientemente y en algunos sectores, no precisamente los más fecundos. Yo, personalmente, nunca he tenido una visión conflictiva de las relaciones entre fe y razón; he pensado que filosofía y religión son como las dos manos: una es la derecha y otra la izquierda, pero las dos se ayudan mutuamente sin confundirse. Hay una conversación –de la que hablo en otro lugar– acerca de Olor a yerba seca, la primera entrega de mis memorias, en la que alguien me dice: “Lo interesante de tu libro es que se ve que eres un filósofo y eres un cristiano”. Esto es una gran alabanza, que quizá no merezco, pero desearía que se notara en todo, como por ejemplo se notaba en Inciarte, quien, siendo un hombre muy liberal, casi inmediatamente se advertía que era cristiano. Creo que una de las debilidades de la filosofía más reciente es haber prescindido del enfoque teológico-religioso. Personalmente, decía, nunca he experimentado una tensión, una especie de esquizofrenia entre cristianismo y filosofía. Algunos me han dicho: “Pero, ¿cómo puedes tú hacer filosofía si ya conoces las respuestas, o si estás comprometido con dar respuestas cristianas?”. Por un lado, son como dos regiones que formalmente no se mezclan. Y que más bien se fecundan mutuamente. La razón es una y –si no tenemos una visión disminuida de la inteligencia– hemos de admitir que ésta puede recibir mensajes y sugerencias de diversas fuentes. En general, la fe –fe religiosa o fe filosófica– resulta imprescindible para hacer filosofía. Sé, naturalmente, que hay incompatibilidad entre dogmas de la Iglesia católica y planteamientos filosóficos materialistas o subjetivistas a ultranza. Pero, honradamente, nunca me he sentido atraído por ese tipo de planteamientos, porque me parece que están radicalmente equivocados, es más, que son inviables. Por ejemplo, no se puede mantener racionalmente un materialismo radical, porque de entrada conculca el principio de no contradicción, como también lo hace un subjetivismo extremo. Los cristianos pueden aportar a la enseñanza de la filosofía, en principio, lo mismo que los que no son cristianos: lo que logren pensar y descubrir. Quizá los cristianos puedan contribuir con alguna cosa más. Históricamente, desde luego, los cristianos han contribuido con conceptos decisivos, como la idea de persona, la realidad de la creación, la desacralización del mundo... La propia idea de la universidad está posibilitada por el cristianismo, y también las ideas de ciencia y de libertad, en el sentido occidental. Desde esta perspectiva, el cristianismo no tiene nada de lo que avergonzarse, porque ha suscitado algunos pensamientos esenciales. El cristiano tiene una sensibilidad especial para cuestiones como por ejemplo la intencionalidad, la libertad, la creación, el ser, el espíritu... que la mentalidad actual tiende más bien a marginar. Por supuesto, también está el caso de la metafísica. Aunque no sea una cuestión cristiana –de suyo es un “invento” griego–, quizá en este momento se considere que son los cristianos los que todavía mantienen en vilo cuestiones metafísicas y antropológicas de fondo. O sea, que en este momento el cristianismo puede considerarse como una cierta garantía de que, en el peor de los casos, siempre quedará una especie de “resto” de la gran filosofía; porque el cristianismo está comprometido con la gran filosofía y con la tradición filosófica. Una vez preguntaron a Spaemann cuál es la tarea de los filósofos que son cristianos. Y él respondió: “No, el filósofo lo que tiene que hacer es pensar. Su tarea es buscar la verdad”. Efectivamente, se trata de eso, de buscar la verdad. Ahora bien, cuando uno lee a Spaemann –y yo le leo mucho– se percata de que siempre tiene presente la doctrina de la fe, y que la ha estudiado a fondo. Sobre esta base, él mira de reojo la doctrina cristiana y la defiende. Pero, sí, hay que hacerlo con libertad y sin comprometer confesionalmente a la filosofía. Y sobre todo, hay que hacerlo bien. Porque el católico que no es buen filósofo puede llevar a confusión a los no creyentes; ya que –como el propio santo Tomás advertía– ellos podrían pensar que los católicos intentan defender la fe desde unas posturas teóricas tan débiles como las del filósofo mediocre. La verdad es siempre nueva Lo que procede hacer con la verdad es amarla y buscarla, pero no “sentarse encima”, porque no es algo esté ahí y que cada uno tenga que hurgar para encontrarlo. La verdad no es una cosa. Podríamos decir, aunque la palabra no me gusta, que la verdad es un valor, es un modo de vida: es el modo de vida propio de la filosofía. Como decía Ernst Tugendhat, más bien problematizándolo, la filosofía es la orientación de toda la vida hacia la verdad. Y eso es precisamente lo que hoy día se cuestiona: si es posible orientar toda la vida hacia la verdad. Tugendhat tiene sus dudas al respecto. Pero yo no las tengo. Creo que la filosofía es la orientación de toda la vida hacia la verdad, y que es posible ese estilo de vida. Ahora bien, así como de la vida nunca puedes decir que es plena, porque el hombre y la mujer son realidades in via, incluso biológicamente tienen su ascenso y su declive, nunca puedes decir lo que remedaba en el libro que has citado: “Ya tengo la verdad”. En cierta manera la verdad es siempre nueva, porque las realidades son cada vez distintas: nada se repite en este mundo. Tú mismo eres diferente, vas pensando de maneras diversas, necesitas otro tipo de verdad, por así decirlo, o una verdad referente a otras cosas. Y siempre tu captación de la verdad es limitada. Hay cuestiones triviales en las que no hay por qué pararse a profundizar, porque no tienen mayor hondura. En cambio, hay otras que nunca se agotan ni se esclarecen del todo. De éstas últimas nunca puedes pensar que están ya ventiladas: “Ya he captado la verdad del ser, ya sé lo que es la libertad, ya sé lo que es el conocimiento”. En realidad, es algo que tú estás buscando. Lo propio del filósofo es ser un buscador y la verdad tiene que ser tu ideal, pero es un ideal al que te diriges de manera asintótica, como una especie de foco orientador, heurístico, pero en ningún momento de esta vida es un logro ya concluido. Por ello, me parece que, propiamente, la verdad no se puede enseñar como tal, y decir: “Esto es la verdad”. Bueno, uno la puede afirmar enfáticamente, como señalaba Tarski: Decir “‘La nieve es blanca’ es verdad” constituye una redundancia. Porque la nieve ya es blanca y decirlo implica que tú la tienes por verdadera. El profesor debe decir lo que él considera que es verdadero, o indicar aquello que considera que no es verdadero. Se las está siempre viendo con la verdad. Pero no se trata de hacer un listado de verdades. Eso me parece muy poco filosófico, porque la filosofía es amor por la verdad, no posesión lograda, ya lista para servirla en el banquete de la sabiduría. En ese sentido, la filosofía –no sólo ahora, sino siempre– resulta extemporánea. El filósofo no se casa con nadie y no sirve a nadie, y en eso también se parece al cristiano. Porque tiene “su alma en su almario”, como se dice castizamente, y a lo único a lo que definitivamente se debe es a la verdad. Tiene un amor, que es la verdad. Es como el que ama a una mujer o a un hombre, y luego simpatiza con otra gente, pero no da su corazón a cualquiera, sino sólo justo a quien ama. Y así como el amante está dispuesto incluso a dar la vida por la persona amada, así se comporta el filósofo respecto a la verdad. Esto hoy parece una leyenda urbana. Pero hay algunos que pensamos así. |
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