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16 de Marzo de 2012 |
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ForumLibertas.com
El escándalo de TV3
En Cataluña no sólo están los partidos representados en el Parlamento. Hay también otra gran formación política que, si bien no tiene representación popular, actúa como un partido fuera de la Cámara y con más poder que cualquiera de ellos. Se trata de TV3 o para ser más exactos de la Corporación Catalana de Radio y Televisión, aunque el canal principal es la cuestión básica. A lo largo del tiempo, TV3 se ha configurado como un espacio corporativo absolutamente cerrado que se rige por sus propias normas y que se ha constituido como el intelectual orgánico de Cataluña. Desde el punto oficial sólo existe aquello que TV3 trata y su importancia está en función precisamente de este tratamiento. En su entorno, una serie de personas han conseguido dos resultados muy importantes para ellas: hacerse millonarios y/o conseguir una proyección pública, una influencia mediática, fuera de lo común. Todas estas personas tienen la característica de compartir puntos de vista ideológicos parecidos, que pueden situarse con la denominación de “progres”. Ellos son los que dictan que está bien o está mal en todos los ámbitos y son quienes decretan el ensalzamiento o el exilio interior de las personas. El miedo de los demás es su arma más importante, por eso ha podido prosperar durante tantos años este sistema brutalmente corporativo que ahora con la crisis empieza a mostrar las primeras fisuras. A TV3 la temen periodistas, escritores, actores y políticos. De la oposición ciertamente, pero también del Gobierno. La mejor constatación es que ha sido el área donde menos cambios se han producido desde le época del Tripartito. El presidente de la Generalitat, que tan decidido se muestra en los recortes en otros campos, muestra, no ya prudencia, sino un temor reverencial a entrar a fondo en lo que es un escándalo que, ahora, precisamente por la desunión apuntada como consecuencia de los primeros coletazos de la crisis, modestos comparados con otros ámbitos, facilita el que fluyan los datos. El día 12 de marzo El País publicaba una información detallada, filtrada por trabajadores de la propia empresa, que ponía de relieve el reparto del pastel de TV3, y de lo que informa es sólo una pequeña parte de la historia. Una primera contradicción ha estallado en aquella corporación de intereses particulares, la de los trabajadores, que ven como empiezan unos modestos recortes pero que estos pueden ir a más, y la de las productoras externas, que a su vez están vinculadas a personas que son o han sido de la casa, que continúan en situaciones francamente opíparas. No puede ser que, en plena crisis, TV3 se gaste lo siguiente: Entre enero de 2010 y septiembre de 2011, la productora externa de Toni Soler percibió 14,6 millones de euros. En total cada mes TV3 gasta 9 millones en productoras externas, a pesar de que tiene una plantilla de 1881 trabajadores. Una pregunta que el Parlamento nunca se ha hecho es la de la carga de trabajo efectivo de tanta gente, más que Antena 3 para toda España. Por ejemplo, la empresa de Jaume Roures, un ex de TV3, ingresó entre 2010 y los nueve primeros meses de 2011, 128 millones por derechos deportivos. El conjunto del deporte en derechos exteriores le cuesta a la TV pública catalana 226,6 millones, eso sí, los deportes minoritarios como el rugby o el judo, entre otros, que fueron seña de la identidad deportiva de Catalunya, son ignorados. Pero el escándalo continúa con las productoras externas que, a su vez, pertenecen a personas que trabajan en la casa como Ramon Pellicer o Antoni Bassas, entre otros. Las incompatibilidades, aunque sólo sean éticas, no existen en TV3. Los catalanes ya pagamos tanto como los suecos en términos exactos y literales, y sufrimos cada vez mayores recortes. Se nos dice, y hay razón para ello, que el déficit fiscal es, en buena medida, la causa y la solución. Bien, pero en el mientras tanto, que puede durar mucho, ¿qué hacemos? Pues hay que evitar que el sufrimiento se prolongue, hay que evitar que paguemos tanto recibiendo cada vez menos, y para eso hay que aplicar soluciones reales. Una de ellas es la privatización parcial de TV3, nada impide crear una nueva sociedad donde la Generalitat pueda tener el 50% o el 51% privatizando el resto, e ingresando de esta manera una cantidad muy importante de dinero y reduciendo también así la aportación que cada año debe llevar a cabo para el mantenimiento de la televisión. La idea de que la participación privada podría alterar aquellos aspectos cada vez más pequeños de servicio público de TV3 pueden ser resueltos en términos contractuales. La garantía absoluta sobre el catalán, el tiempo a dedicar a los espacios culturales, informativos y educativos, todo esto puede ser establecido, y todo lo demás sobra. Lo que pasa es que la privatización de TV3 significaría la ruptura del corporativismo, de las prebendas económicas del conjunto de personas que han vivido y viven a expensas de los ciudadanos de Cataluña. Ciertamente, lo que sucede en TV3 no es una excepción. Desde el punto de vista económico, muchas de las otras televisiones públicas adolecen de males parecidos, y ni tan siquiera, excepto las televisiones de Baleares, valenciana, vasca y gallega, puede apelar al recurso de la lengua propia para justificarse. Pero lo que singulariza a TV3 son dos cosas: una, su gran tamaño; y otra, que se ha constituido como un poder político autónomo, que tiene como fin la defensa de su propio programa. Para ello sirve al poder de turno en aquello que le interesa, pero su fin es ejercer su soberanía corporativa, en lo económico y en lo ideológico. Cumple su misión de la peor manera posible, sirve con escasa independencia al que gobierna, en aspectos muy circunscritos estrictamente a la agenda política catalana, pero en su visión de los valores, su concepción del ser humano, del mundo y la sociedad, machacan con su propia ideología. Bien sea una serie de entretenimiento, un reportaje sobre la realidad, o la información internacional. Incluso en los deportes marginan, discriminan. Han construido un pequeño mundo autoreferenciado del 13%, lo malo es que este mundo encierra en gran medida las pautas que las elites del país deben seguir si quieren ser reconocidas como catalanas.
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