27 de Marzo de 2012
 
Vicente Franco Gil
Un GPS en nuestras vidas
 
La conciencia y la razón son básicamente los parámetros que jalonan nuestra voluntad, unas herramientas que desarrollan la función esencial de organizar y ordenar nuestro caminar por la senda de la vida
 

Es obvio que actualmente viajar sin un navegador parece algo sumamente extraño, cuando no suicida. Incluso los profesionales del transporte público hacen un buen uso de aquel dada su alta fiabilidad para obtener un itinerario idóneo que avale la llagada perfecta al lugar esperado. Estos utillajes son informados por medio de un elenco de satélites con tanta precisión que el margen de error es prácticamente exiguo y, además, con cierto aire familiar, nos van ubicando hablándonos en un lenguaje tan claro y riguroso que se les puede llegar a considerar como unos amigables y fieles aliados en vez de flemáticos instrumentos surgidos de la gélida tecnología.

 

Sin embargo, en la esfera humana, nos resistimos a escuchar y observar atentamente las señales que continuamente circunscriben nuestra existencia, pues cada persona también tenemos en cierto modo un GPS cuya misión primordial es orientar nuestras vidas con eficacia, inteligencia y sagacidad. A tal efecto, la conciencia y la razón son básicamente los parámetros que jalonan inseparablemente nuestra voluntad, unas herramientas que desarrollan la función esencial de organizar y ordenar nuestro caminar por la senda de la vida.

 

Pero, tristemente, en demasiadas ocasiones podríamos afirmar que estamos también demasiado ocupados, o desairados, o enfadados, o quizá envueltos en problemas un tanto imaginarios cuyas soluciones se antojan sencillamente factibles pero que crispan nuestro orgullo personal para llevarlas a cabo. Y entre tanto tampoco recalamos en la agudeza de nuestros sentidos para observar a nuestro alrededor, ni escuchamos en nuestro interior las indicaciones de una conciencia que nos habla de lo que está bien y de lo que está mal, tal vez por estar acostumbrados a convivir con un ruido excesivo que eclipsa nuestra capacidad para escuchar, para entender, para reflexionar.

 

Frecuentemente hacemos caso omiso de aquellas reseñas que provienen de lo alto, de una dimensión inefable e íntima, pero que al mismo tiempo se presta cercana y segura. Unas señales que emanan de un espacio que oscila por encima de donde se elevan los sofisticados satélites que envían a su vez las indicaciones oportunas a los GPS que visualizamos en nuestros medios de locomoción. Por tal motivo dejamos transcurrir el tiempo como si no nos afectaran los acontecimientos que aquel envuelve, como si las circunstancias ambientales nos fueran ajenas a nuestras vidas.

 

Dicen que la experiencia aumenta con el paso del tiempo, que el aprendizaje procedente del devenir cotidiano acrisola la sabiduría y hace madurar el juicio, tal como lo hace el vino en una buena barrica de roble. Así la razón y la conciencia deben fomentar en nuestro interior una coherencia que disipe las nieblas de nuestro egoísmo para corresponder libre y dignamente con una conducta acorde con las predicciones de nuestro peculiar GPS.

 

El premio de quienes siguen las premisas de sus navegadores a pies puntillas, fiándose ciegamente de su poder, no es otro que la feliz consecución de la meta a la que han llegado evitando errores, peligros y cualquier tipo de contingencias nocivas. Y de esta forma debiéramos actuar también los mortales, escuchando a nuestro corazón, apoyándonos en nuestra razón, perseverando en alcanzar pacientemente y con éxito nuestro fin de trayecto.

 

Mantener la calma facilita la convivencia, hace huir del conformismo y promueve la humildad. No seamos indiferentes al latir de nuestras conciencias otorgando concesiones a la tibieza y contribuyendo a la falsedad. Las personas con criterio huyen de la soberbia y rechazan los argumentos que nos desvían de nuestro camino, del que nos lleva al destino deseado, al que nos concierne por derecho propio como seres humanos. Ojalá sepamos ver siempre con claridad los signos que nos conducen a la verdad, declinando conscientemente todo brote de ingenuidad que pueda perturbar la lealtad a un fin comprometido.