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14/10/2009 - Lo mejor de la hemeroteca
“La Iglesia decía que las mujeres no tienen alma”: un timo desmontado con 4 ejemplos
Ester, Matilde, Margarita o Isabel... ¿de dónde surgió el bulo de que la Iglesia dudó del alma femenina? (Publicado el 9 de marzo de 2007)
Ester, primer ejemplo de reina temerosa de Dios que trajo grandes beneficios para su pueblo
Matilde, tras la muerte de su hijo dedicó sus esfuerzos a fundar conventos y monasterios en toda la nación
Margarita fue una reina piadosa y madre cristiana que leía asiduamente las Escrituras
Isabel salió de palacio en más de una ocasión vestida como una princesa y regresó arropada con harapos tras haber entregar su ropa a los necesitados
Charles Reding

Inicie usted un debate en Internet, en foros y chats, acerca de la Iglesia y antes o después le comentarán que "la Iglesia casi decidió que las mujeres no tienen alma". Algunos añaden "por un voto". O "por dos". ¿Y cuando decidió eso la Iglesia? "En el concilio de Nicea", dicen algunos copiando de Google pero sin saber en qué documento o párrafo. "En el año 585", dicen otros. "Lo dice Gregorio de Tours", añaden.

 

Los hay que en el bulo lo mezclan todo: por ejemplo, en esta web (http://es.geocities.com/sucellus24/3118.htm) dicen: "En el año 585, los obispos reunidos en el tercer concilio de Nicea discuten sobre si la mujer tiene o no un alma. Los partidarios del sí vencen por un porcentaje mínimo de votos".

 

Otros en cambio dice que venció el no, que durante mucho tiempo la Iglesia enseñó que la mujer no tenía alma. Así en esta web http://www.esci.es/escivista/num6/articles_mujeres.htm aseguran que "un hecho empírico que pone de manifiesto esta sumisión [de la mujer en la visión cristiana] se refleja en cómo durante mucho tiempo la Iglesia dictaminó que la mujer no poseía alma".

 

O que se dudaba que fuesen seres humanos. En la web http://www.rebelion.org/noticia.php?id=32589 dicen "En la Edad Media, los teólogos (todos ellos hombres) discutían incluso si las mujeres eran seres humanos. ¿Tienen un alma, o eran más equiparables a los animales superiores, como los caballos y perros?".

 

El bulo explicado

 

Uta Ranke-Heinemann, una teóloga feminista, liberal, que ha escrito en contra de la virginidad de María, nada sospechosa de ser ortodoxa o defensora del Magisterio, desmonta este bulo en este artículo (dedicado a criticar a Santo Tomás, por cierto): http://www.vallenajerilla.com/berceo/utaranke/mujer.htm

 

No, dirá la teóloga feminista radical: la Iglesia medieval y sus teólogos cometieron diversas barbaridades, pero dudar de que las mujeres tienen alma y son seres humanos NO fue una de ellas.

 

"Hay que decir con toda claridad que no es cierto que la Iglesia haya llegado incluso a dudar en algún momento de que las mujeres tengan alma o de que sean seres humanos. Se escucha y se lee con frecuencia que en un concilio, concretamente en el segundo sínodo de Macon (585) [un sínodo general franco convocado en el año 585 por el rey Guntram bajo la presidencia del santo obispo Prisco de Lyon], se llegó a discutir si la mujer tiene alma. Eso no es exacto.

 

No se habló en el concilio sobre el alma. Gregorio de Tours, que asistió a ese sínodo, relata que un obispo planteó la pregunta de «si la mujer puede ser designada como homo». Se trata, pues, de una cuestión filológica que, a decir verdad, se suscitó por la valoración más alta que los hombres se habían atribuido: homo significa tanto hombre (ser humano) como varón.

 

Todavía hoy es idéntico en todas las lenguas románicas y también en el inglés el término para hombre y varón. Si los varones acaparan para sí el término hombre, ¿qué queda para la mujer? ¿Es también ella un hombre-varón, un varón-hombre? Es claro que no puede ser designada como varón.

 

Informa Gregorio de Tours que los restantes obispos remitieron al interpelante al relato de la creación, según el cual Dios creó al ser humano (homo) como varón y mujer, así como también a la denominación de Jesús como Hijo del Hombre (filius hominis), a pesar de que él es, sin duda, «Hijo de la Virgen», es decir, hijo de una mujer. Mediante estas clarificaciones se dilucidó la pregunta: el término homo debe aplicarse también a las mujeres. Significa, junto al concepto de varón, también el de ser humano (Gregorio de Tours, Historia Francorum 8,20).

 

Incluso en una época tan dura como los siglos VI al VIII, de violencia generalizada en la nobleza franca hubo grandes mujeres, santas reconocidas y admiradas por sus contemporáneos, como santa Radegunda (de Turingia, 518-587, esposa del Clotario I), la reina Batilda (antigua esclava anglosajona, 680), Bililda (siglo VIII), Gertrudis de Nivelles, Adelgunda, Odilia (720), Erentrudis (718), todas ellas fabricantes de civilización en tiempos de guerra y violencia.

 

Hoy nos queremos centrar en recordar tan sólo 4 ejemplos de grandes mujeres de tiempos antiguos, 4 reinas que trabajaron (mujeres trabajadoras desde su posición) por dejar un mundo mejor que el que encontraron.

 

La reina Ester, en Persia

 

Sin llegar a estar en el santoral, la veterotestamentaria reina Ester es quizás el primer ejemplo de reina temerosa de Dios que trajo grandes beneficios para su pueblo. Habiendo cautivado el corazón el rey Asuero, se convirtió en reina de un auténtico imperio que se extendía desde la India hasta Etiopía. A pesar de ello, la ley era tan estricta que castigaba con la muerte a la reina que se presentaba delante del rey, sin haber sido llamada por el mismo.

 

Sin embargo, cuando el pueblo de Israel, del que era hija Ester, corrió peligro de ser aniquilado por las artimañas de Amán, válido del rey Asuero, la reina no dudó en arriesgar su vida para interceder por su gente ante su señor. Su intercesión tuvo éxito y el pueblo de Israel pudo seguir teniendo un lugar bajo el sol. Sería en la cultura cristiana un ejemplo de reina que intercede por el pueblo y humaniza el poder real.

 

Santa Matilde, en Alemania

 

Nacida el año 895, era hija de Dietrich, conde de Westfalia y Reinhild, miembro de la familia real danesa. Fue educada por su abuela paterna, a la sazón abadesa del convento de Erfurt. Desposada con Enrique, hijo del duque Otto de Sajonia, vio como se convertía en reina cuando su esposo, tras la muerte sin descendencia del rey Conrado, fue elevado al trono de Alemania. Era el año 919.

 

El nuevo rey atribuía su éxito a las oraciones de su esposa, que se convirtió en verdadera madre amorosa para sus súbditos, en especial para aquellos que la servían en la corte. Enrique nunca se opuso a la generosa entrega de limosnas que la reina distribuía entre los más necesitados.

 

La reina Matilde enviudó el año 936. Desde entonces llevó una vida de sacrificio personal que, esta vez, sí contó con la oposición de su hijo Otto, sucesor de su padre en el trono a pesar de que Matilde había preferido que fuera rey otro de sus hijos, Enrique. Otto llegó a espiar sus movimientos y registrar sus donativos. La reina santa tuvo que ver como sus hijos se enfrentaron en diversas ocasiones. Enrique, que se había convertido en un déspota incluso para sus propios seguidores, no hizo caso de las advertencias de su madre, que le rogaba que se convirtiera, y murió en medio de uno de esos conflictos.

 

Tras la muerte de su hijo, Matilde dedicó sus esfuerzos a fundar conventos y monasterios en toda la nación. Otto, viendo que las buenas obras de su madre traían más bendiciones que problemas económicos, dejó de preocuparse por los gastos piadosos de su madre e incluso la dejó al cargo del reino cuando partió a Roma para ser coronado emperador por el Papa. Rebasados ya los 70 años, la reina santa murió rodeada de sus hijos y nietos el 14 de marzo 968.

 

Santa Margarita, en Escocia

 

Era una princesa húngara, bisnieta de San Eduardo el Confesor y emparentada por vía materna con San Esteban, rey de Hungría. Se casó con el rey de Escocia, Malcom III, quien para ello hubo de vencer la vocación religiosa de la princesa. Fue una reina piadosa, madre cristiana, leía asiduamente las Escrituras y se preocupó por la educación en la fe de sus hijos.

 

Responsable en sus cargos oficiales, se entregó en la ayuda a pobres y enfermos, a levantar templos y abadías como la de Dunfermline. Luchó siempre contra la superstición y la vida licenciosa y llegó incluso a promover y alentar la celebración de diversos sínodos que trajeron reformas para el clero y el pueblo. Dicen que incluso llegó a profetizar el día de su muerte, que aconteció el 16 de noviembre de 1093.

 

Santa Isabel de Hungría

 

Hija del rey Andrés II de Hungría y Gertrudis de Andech-Meran, nació en el verano de 1207. Dadas las costumbres de la época, ya de pequeña fue prometida a Luis, hijo de Herman de Turingia. A los cuatro años sus padres la enviaron al castillo de Wartburg, para que se educase al lado de quien habría de ser su esposo. Aun viviendo rodeada de lujo y riqueza, el alma de Isabel se sentía atraída hacia los pobres, de tal forma que les hacía entrega de los regalos que sus padres le hacían llegar. En más de una ocasión salió de palacio vestida como una princesa y regresaba con arropada con harapos tras haber entregado sedas y brocados a los necesitados.

 

Ese matrimonio pactado de antemano no se celebró sin amor de los contrayentes. Siendo ya rey Luis quiso casarse con aquella muchacha de la que se había enamorado, a pesar de que sus consejeros le recomendaban que la devolviera a Hungría debido a que dicho matrimonio ya no era de interés político. La boda tuvo lugar en 1221, contando ella con tan solo 14 años. Según un cronista de la época, los 6 años que duró la unión conyugal fueron un “idilio de arrebatado amor, de ardor místico, de felicidad casi infantil, como rara vez se encuentra en las novelas que se leen, ni en la experiencia humana”.

 

La propia Isabel supo ver la verdadera esencia del matrimonio cristiano, que consiste en poner a Dios en el centro de todo, para que Cristo mismo alimente el amor conyugal. Y así, escribió lo siguiente a su amiga Isentrude: "Si yo amo tanto a una criatura mortal, ¿cómo no debería amar al Señor inmortal, dueño de mi alma?".

 

Si antes de casarse Isabel había dado pruebas de su generosidad, tanto más se entregó a ayudar a los pobres cuando se convirtió en reina. Y con la aquiescencia de su marido, que respondió así a quienes le echaban en cara que permitiera tanta caridad cristiana a su esposa: "Sus liberalidades atraerán sobre nosotros la misericordia divina. Nada nos faltará mientras le permitamos socorrer así a los pobres". No sólo daba dinero y comida: en muchas ocasiones daba de comer con sus manos a los inválidos que se acercaban al hospital que ella fundó a los pies del monte del castillo de Wartburg.

 

Tres hijos, un varón y dos niñas, tuvo la feliz pareja. La última, de nombre Sofía, nació tres semanas después de que su padre falleciera víctima de la peste, el 11 de septiembre de 1227. Presa del dolor, cuando Isabel se enteró de la muerte de su marido, exclamó: “El mundo y cuanto había de alegre en el mundo está muerto para mí”. La santa acabó tomando el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, pero entregó su vida al Señor antes de cumplir los veinticuatro años, el 17 de noviembre de 1231.

 

Son cuatro mujeres fuertes en tiempos recios. Demostraron con sus vidas que desde la realeza de este mundo se puede hacer mucho para mejorar las condiciones de aquellos que más lo necesitan. En ellas se cumplen las palabras del Libro de los Proverbios:

 

Engañosa es la gracia, fugaz la belleza; la mujer que teme a Dios, ésa es de alabar. Dadle los frutos del trabajo de sus manos, y alábenla sus hechos en las puertas.

(Proverbios 31,30-31)

 

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