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04/11/2009 - Colaboraciones
Caritas in veritate (IV)
La sombra en la crisis económica
Enrique Cases

La crisis financiera es una crisis ética. La crisis económica completa también. Son muchos los que sostienen este juicio analizando los hechos con detalle. Faltaban controles dicen otros, pero con la experiencia de los regímenes totalitarios que todo lo controlan y su evidente fracaso económico viene a la memoria el famoso dicho: ¿quién controla al controlador? Visto así parece que no tenga solución la sombra que aletea sobre la economía. Puede servir para salir de la contradicción añadir a la antropología una sombra que reside en el interior del hombre. Benedicto XVI alude a esta realidad en la Encíclica Caritas in veritate “A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres»[85]. Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente”.

¿Hasta que punto está deteriorada la naturaleza humana? Vale la pena repasar un poco la historia. El tema es antiguo entre los cristianos. San Agustín dice que “El pecado original se manifiesta en dos graves deficiencias morales: la ignorancia y la debilidad” Lutero lleva al extremo los puntos de vista de San Agustín, y cree que la libertad está corrompida por el pecado original. Según Lutero, el hombre, con sus fuerzas, no puede más que querer el mal. Todo lo que el hombre hace es pecado, porque está contaminado o por la concupiscencia o por la soberbia. "Después del pecado, el libre arbitrio no es más que un nombre"; " únicamente pueden querer el mal"[1]. El pesimismo de la posición de Lutero es evidente.
 
Santo Tomás es más objetivo, observa que la naturaleza humana ha sido dañada, como si estuviera enferma. La naturaleza mantiene sus capacidades, aunque deterioradas. Es capaz de hacer el bien, pero no todo el bien que antes podía. Cuando desciende a lo concreto yerra con facilidad. En la práctica es frecuente el error, pues el pecado introduce un oscurecimiento, a esto se puede añadir la malicia en el querer que es una sombra mayor.
 
Trento en respuesta a Lutero ratifica a Tomás y defiende que el hombre está herido éticamente, pero no está corrompido totalmente. Si no existiese esa sombra o herida bastaría con la razón para organizar la sociedad. Si estuviese totalmente corrompido sería necesario un régimen totalitario. Si es libre y capaz de bien, pero con una herida seria, lo mejor es un régimen de libertad con controles y abierto al don. Curar la herida es posible con la Caridad de Dios que se encarna en Cristo. No aceptar al Médico divino lleva a no curar la herida, y sale por un sitio u otro con machacona insistencia. Por eso añade Benedicto XVI que “la caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don” (CV 34) Dios, que sana al hombre que quiere ser curado de sus heridas.
 


[1] Martín Lutero, (De s. arb., WA 18,786).
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