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07/12/2009 - Documentos
El abortismo como ideología y estrategia mundial y la alternativa humanista
Es la principal causa de muerte violenta en el mundo, hunde cualquier pirámide poblacional e hipoteca el bienestar económico al dejar sin recambio generacional a una sociedad
Todos los abortistas viven gracias al hecho básico de que no les aplicaron sus propios criterios
Pablo López López

Índice:

I) Introducción: los públicos

II) El gran tabú, la gran negligencia

III) El necesario concepto de “abortismo”

IV) Crítica a cristianos y demás humanistas

Resumen

 

 

I) INTRODUCCIÓN: LOS PÚBLICOS

 

Me dirijo a la minoría de los dispuestos a escuchar tesis y expresiones inusuales y firmes con tal de que les sean argumentadas y amplíen horizontes. La mayoría sólo suele leer y escuchar lo que ratifica sus prejuicios o ideas (pensadas críticamente o no). Dentro de esa minoría, me dirijo a los que anhelan tomarle el pulso a la más amplia realidad social de nuestro mundo. Obviamente, mi distinguido público ha de ser sensible a la problemática bioética y al aborto, más allá de tópicos, lemas y simplismos.

 

En este artículo no expongo casos personales estremecedores. Tampoco presento los conocidos y elocuentes datos embriológicos[1] ni los crueles procedimientos de la cirugía abortera[2]. Ni siquiera emprendo una metódica réplica exhaustiva de los habituales pretextos y justificaciones abortistas[3]. Pese a la notable intoxicación informativa, gran parte de los que no atienden a tales datos y argumentos no los desconoce o no carece de acceso a ellos. Pero los seres humanos no atendemos sólo a razones y evidencias, pues nuestras pasiones e intereses inmediatos se imponen a nuestra percepción más sincera de lo real. Pertenecemos a comunidades y grupos afectivos o de interés que podrían desterrarnos o marginarnos si osásemos cambiar profundamente de parecer, credo o costumbres.

 

Con este texto no escribo prioritariamente para los abortistas. En su lógica, si el aborto está bien o es un mal aceptable, conviene que se organice y consolide en la política internacional. No obstante, será un honor, si una lectura calmada de estas páginas los incita a reflexionar y a cuestionarse críticamente su posición. Dado que ni siquiera suelen reconocerse como “abortistas”, habrían de empezar por admitir lo que son y hacen realmente. Mientras se acoracen calificándose de “progresistas”, “feministas” y demás eufemismos, sólo lograrán engañarse a sí mismos y a quien se deje engañar. Sus simplismos descalificadores de los contrarios (“ultraderechistas”, “integristas”, etc.) les darán satisfacción inmediata, pero les seguirán impidiendo entender a las demás personas y lo que de verdad está en juego. ¡Si al menos aplicasen el criterio elemental de no hacer a los demás lo que uno desea que no le hagan (en este caso, quitar violentamente la vida)! Todos los abortistas viven gracias al hecho básico de que no les aplicaron sus propios criterios.

 

También será un honor hacer pensar a la amplia gama de tibios, indecisos o fluctuantes, que acostumbran a sentirse como “los moderados”, “los prudentes” y “los centrados”. Pero estimo que necesitan lecturas que les estimulen más el corazón que la mente. Generalmente, ya ven o intuyen bastante. Sólo les falta un plus de coraje y ternura para decir un “sí” rotundo a la vida. Para empezar, pregúntense si entre la vida y la muerte, entre matar y no matar cabe un término medio. La alternativa real está entre matar o ayudar.

 

En todo caso, ahora lo principal es suscitar entre los que no ceden al abortismo una ampliación y un refuerzo de su conciencia. La magnitud de este drama histórico lo exige. ¿Cuántos callaron, pretendieron no ver o permanecieron inactivos ante los exterminios perpetrados por los nacionalsocialistas o los marxistas soviéticos, chinos o camboyanos? No basta opinar correctamente o una acción limitada a gestos y manifestaciones. Pensar el bien parte de empatizar con las principales víctimas, con los más pobres, suplir su voz silenciada y dar la cara por ellos, mezclándose y perdiéndose entre ellos. Ni la búsqueda de aplausos ni las pompas academicistas nos condicionan.

 

En suma, destacamos debidamente el alcance social, mundial e histórico del aborto provocado (social e individualmente provocado). De ahí se sigue que hemos de centrarnos en la categoría “abortismo” y actuar en consecuencia. Ningún defensor coherente de los derechos humanos puede acomodarse en la autocomplacencia de sentirse en el grupo de los buenos y “bien-opinantes”. Se trata de actuar con la mayor inteligencia, corazón y eficacia posibles. La ortodoxia sin ortopraxia desemboca en hipocresía. La ideología abortista puede ofrecer poca teoría, pero tiene una sólida y tenaz estrategia mundial. La alternativa humanista, que siempre ha vencido a lo largo de la historia a cuantas lacras sociales deshumanizadoras parecían comerse el mundo, también hará que triunfe la vida y la verdad. La pregunta es cuándo lograremos esto, con cuántas víctimas a nuestras espaldas, y cuál es el compromiso de cada uno de nosotros en esta principal cuestión social de nuestra época.

 

II) EL GRAN TABÚ, LA GRAN NEGLIGENCIA

 

El aborto provocado se realiza mucho y se conoce poco. Se practica demasiado, se intenta que aumente, pero se conoce demasiado mal. En esta cuestión apenas hay diferencia entre “cultos” e “incultos”, pues la desinformación y la intoxicación informativa están muy extendidas. El fenómeno social del aborto es fruto de grandes y poderosas causas muy intencionadas y acarrea consecuencias de alcance histórico. Sin embargo, es deficientemente atendido teórica o prácticamente. Ni para entenderlo ni para evitarlo recibe la atención necesaria. La bibliografía es aún escasa, sobre todo la de calidad[4]. Aun siendo eminentemente una cuestión ética y por tanto filosófica, entre los filósofos y sus sucedáneos son, salvo excepciones, ínfimas o nulas la reflexión y la publicación sobre este hecho axial de nuestra época. Incluso faltan categorías que enfoquen adecuadamente tan vasta problemática.

 

En lo teórico, la habitual bioética de salón ha marginado este incómodo fenómeno a un plano secundario, no ha profundizado suficientemente en él o se ha limitado a dar coartadas a su propagación[5]. Su estudio como tema central o eminente escasea en los congresos de bioética de varias tendencias y se habla de él con eufemismos de la ideología abortista (“interrupción voluntaria del embarazo”, etc.). Frente a ello, apoyamos una bioética personalista y comunitaria con visión y agenda políticas internacionales. Tal bioética personalista ha de tener mayor sentido crítico ante la manipulación del lenguaje y las bases de pura ideología anticientífica de la “bioética” cortesana y utilitarista. Ésta ha surgido para dar un aura académica a las políticas eugenésicas y neomalthusianas de naturalistas del estatalismo y a los negocios sin escrúpulos de los abortorios y de la reproducción asistida. Un ejemplo de esto es la acuñación del término anticientífico “preembrión”, destinado a avalar la destrucción de seres humanos embrionarios en la reproducción asistida.

 

Donde tocan más con los pies en la tierra, en los foros internacionales de debate y decisión política, el aborto sí mantiene un destacado protagonismo. La bioética es o tiende a ser ante todo biopolítica, y de gran escala[6]. Cualquier sociedad se identifica a fondo por cómo trata a sus individuos más indefensos y su propia regeneración vital. Y la biopolítica es hoy la principal política, aunque esto pase desapercibido para la inmensa mayoría. Representa la principal cuestión y batalla cultural y axiológica de nuestros días. En ella la humanidad se juega su futuro. Ya, de hecho, el abortismo es la principal causa de muerte violenta en el mundo y el eje de gran parte de la política internacional, como se ve en Naciones Unidas y en la frenética y extremista gestión abortista del mesianizado presidente Obama. Pero el academicismo bioético no aborda toda esta situación con el realismo y la humanidad necesarios. En fin, el aborto es el gran tabú y la gran negligencia de este nuevo siglo y milenio.

 

¿De verdad se realizan muchos abortos provocados? Esto no lo discuten ni siquiera los poderes y organizaciones que trabajan denodadamente para que cada vez se aborte más por doquier. Saben que cada año en el mundo se cometen decenas de millones de abortos, pero les seguirá pareciendo poco, al menos hasta que se universalice y se declare “derecho humano” indiscutible. Es algo que proclaman y no ocultan. De hecho cada vez lo propagan más y se discute menos.

 

Así, la LXI Asamblea General de la ONU impone como meta para el 2015 “el acceso universal a la salud reproductiva”. El eufemismo manipulador “salud reproductiva” oculta su abortismo indiscriminado. Tan siniestro objetivo va envuelto y camuflado dentro del quinto objetivo de desarrollo del milenio, como si la reducción de la pobreza pasara por matar a los pobres y a sus hijos más tiernos. Especial mención merece la promoción mundial del abortismo por parte de una agencia de Naciones Unidas, el Fondo de Población. Este organismo también se halla implicado en los programas de abortos coercitivos del comunismo chino, como bien documenta el Instituto de Investigación sobre la Población (Population Research Institute, vid. S. W. Mosher, Population Control (Real Cost, Illusory Benefits), 2008, pp. 71-99).

 

En la España actual encontramos un claro caso de promoción gubernamental y mediática del abortismo, en un contexto de implantación de la ideología de género o generismo[7] y de ideología animalista (“proyecto Gran Simio”). El abortismo gubernamental del PSOE ni siquiera se conforma con una legislación que ya ha ocasionado un millón largo de muertos y que en uno de sus tres supuestos (“el terapéutico”) despenaliza en la práctica casi cualquier aborto sin límite en el embarazo, dada la permisividad ante los continuos fraudes de ley[8]. Por algo España se ha convertido en destino del turismo abortista para abortos tardíos e ilegales incluso en otros países abortistas. Ha debido ser la prensa inglesa y danesa la que denunciase los numerosos abortos tardíos ilegales, cometidos sin mínimas condiciones sanitarias y con el empleo de trituradoras de fetos. Siguiendo las consignas de la patronal abortera ACAI, la única respuesta del gobierno cripto-marxista ha sido preparar una legislación anticonstitucional que ampare tan aberrante negocio abortero, que declare como un derecho el aborto provocado, limitando el derecho a la objeción de conciencia, y hasta permita abortar a muchas menores (las de 16 y 17 años) a espaldas de sus padres.

 

¿Ya se cometen demasiados abortos? Desde el primer aborto provocado, ya hay un exceso. Pero aún sin apelar a criterios morales o humanistas (o “éticos”, como establece la moda actual), los mismos criterios técnicos demográfico-económicos lo sentencian inapelablemente. El abortismo hunde cualquier pirámide poblacional sana e hipoteca a medio plazo todo el bienestar económico al dejar sin el suficiente recambio generacional a una sociedad.

 

Una sociedad que se hunde en el abortismo es, además de inhumana, necia, porque se hunde a sí misma. Se debilita ante cualquier enemigo que pueda tener. El abortismo es el enemigo interno, silencioso y consentido. Por ejemplo, desgraciadamente el abortismo consentido en Israel mata a muchos más judíos que todas las organizaciones terroristas antisionistas. Todo esto explica que algunos sanguinarios pero astutos dictadores frenaran el aborto en sus países (Stalin, Ceausescu). También países con ciertas libertades sociales como Japón ya empezaron a tomar medidas de recuperación demográfica (cf. M. Schooyans, Bioéthique et population: le choix de la vie, 1994, pp. 153-4). En realidad, el país verdaderamente ejemplar, aunque no perfecto, es Polonia, que tras sufrir el abortismo nazi y soviético, en poco tiempo y de forma nada traumática prácticamente ha hecho desaparecer el aborto[9]. Esto demuestra que es posible y fácil abolirlo, si que quiere. En Polonia tampoco se ha verificado ninguno de los malos augurios con que la propaganda abortista pretende justificarse (mujeres en la cárcel, estallido del aborto clandestino, etc.).

 

Para comprobar que se sabe poco sobre la auténtica dinámica del aborto, basta con preguntar a muchos providas y bioeticistas. Por ejemplo, ¿cuántos de ellos en Europa conocen suficientemente la IPPF (International Planned Parenthood Federation) y a su fundadora Margaret Sanger[10]?. ¿Se conoce bien la mutación retrógrada de entidades otrora beneméritas que se han pasado al abortismo, aunque mantengan paralelamente cierta actividad humanitaria?. Ejemplos son Amnistía Internacional, Médicos sin Fronteras y UNICEF. El abortismo se infiltra de modo imperceptible. Normalmente, la gente que decide abortar, así como los que sostienen opiniones abortistas, tampoco sabrían responder a unas cuantas preguntas básicas. Incluso creen que el aborto es una estricta cuestión individual en la que ni el padre cuenta. Es cínico que algo tan promovido masivamente a escala social y pública, luego nos lo pretendan presentar como un asunto de estricta privacidad. Se trata como cuestión pública para promover el aborto, pero se declara asunto “privado” para que nadie pueda objetar nada ni pueda ofrecer alternativas pacíficas de ayuda a la embarazada con problemas.

 

Subrepticiamente, con tal individualismo metódico, la decisión de abortar se ve alejada del debate público racional, basado en datos interdisciplinares de la ciencia y en el conocimiento no tergiversado de las diferentes opciones. Así, el abortar queda reducido a un ámbito aislado, en función de la mera conveniencia inmediata, sin atender a razones responsables ni a canales de ayuda solvente. Se pretende que tal ámbito privado sea exclusivo de cada embarazada y a espaldas del varón y padre. Pero en realidad la mujer que se plantea abortar, está frecuentemente en situación vulnerable y manipulable por su entorno cercano y el ambiente social. En la práctica, la libertad de elegir abortar no suele cumplirse, ni siquiera en su sentido más superficial, porque, en apariencia, apenas se puede elegir no abortar y porque, al elegir abortar, no se sabe con la suficiente conciencia lo que se está eligiendo y cuáles son todas sus consecuencias. Contrasta el obscurantismo abortista con la sobreabundancia de información que se aporta en los prospectos farmacéuticos y ante las otras intervenciones quirúrgicas.

 

Por lo demás, la libertad para perpetrar un gran mal, como es matar a un ser humano inocente e indefenso, se contradice y autodestruye automáticamente. La libertad permite la opción del mal, pero una vez consumado en el ejercicio del libre arbitrio, la libertad queda reducida o anulada, temporal o definitivamente. Queda claro, por ejemplo, en la drogadicción.

 

Ahora, toda esa ignorancia difícilmente se puede disculpar siempre. Densa es la red de mentiras y datos falsos que teje la ideología abortista y eugenésica para controlar las conciencias. Pero la principal causa de que la gente no sepa, es que no quiere saber. Es muy tentador no querer asumir realidades duras y comprometedoras, aunque a la larga se tenga que pagar demasiado caro (posibles secuelas físicas y frecuente síndrome postaborto en la mujer, envejecimiento demográfico, etc.). Se prefiere mirar hacia otro lado, callar o limitarse al lamento fugaz por una causa supuestamente perdida para la vida. Por parte abortista, incluso se opta por descargar la violencia de la propia frustración contra los que ofrecen soluciones pacíficas. La negligencia empieza por no querer leer, pensar y sincerarse. Para no cambiar y comprometerse.

 

Sin embargo, algunos de los máximos impulsores mundiales del abortismo ya se convirtieron a la militancia por la vida, como el dr. Bernard Nathanson (en su tiempo el mayor abortero mundial[11]) y Norma McCorvey, cuyo caso manipulado sirvió para despenalizar el aborto provocado en los EEUU (vid. http://blogs.hoy.es/ABORTONO/2007/5/22/la-mujer-cuyo-caso-provoco-despenalizacion-del-aborto-ee).

 

Ante la experiencia de tantas décadas de aborto provocado sistemático, es lógico que estén de vuelta no sólo estos individuos que conocen desde dentro la trama de la ideología y la estrategia abortistas. Cada sociedad y la entera humanidad no pueden permitirse más tiempo ni la ingenuidad ni la irresponsabilidad de seguir confiando en las hueras y cínicas promesas abortistas. Son patentes el invierno demográfico, la ingente pérdida de vidas humanas, el callado e inmenso sufrimiento de incontables mujeres, la ruptura de tantas parejas y familias y otras muchas lacras sociales que se comprueban desde todos los países postsoviéticos hasta el área iberoamericana, que hoy sufre el asedio abortista. Todos estos datos desmienten todas y cada una de las expectativas de la propaganda abortista, que, impertérrita, vuelve a ofrecerlas como justificación de sus políticas.

 

Un ejemplo de balance de lo que acarrea el abortismo tras décadas de implantación en un país, lo ofrece Giuseppe De Rosa. En su crónica De Rosa refiere y comenta los argumentos de Benedicto XVI en un encuentro con representantes italianos y europeos del Movimiento por la vida, con motivo de los treinta años de la introducción del abortismo en Italia. El teólogo bávaro y obispo de Roma constata que el aborto no sólo no ha solucionado los problemas de mujeres y familias, sino que además ha abierto nuevas heridas. Ha provocado un menor respeto por la persona humana, cuyo valor está en la base de toda convivencia civil, con independencia de la fe que se tenga (cf. “Trent’anni fa veniva legalizzato l’aborto in Italia”, en La Civiltà Católica, año 159, volumen III, 2-16 de agosto, 2008, p. 291). El abortismo inocula en la sociedad una espiral de violencia, como la que explicó el brasileño Helder Cámara en 1978 (“Espiral de violencia”).

 

III) EL NECESARIO CONCEPTO DE “ABORTISMO”

 

Hablar de “aborto” parece remitirnos a un mero hecho natural y a un ámbito meramente individual. Sin embargo, el aborto provocado y estratégicamente promovido es un fenómeno de una índole tan peculiar, que merece un sustantivo propio: “abortismo”.

 

El abortismo puede definirse como el sistema de promoción o de imposición del aborto provocado a gran escala social e internacional. La categoría “abortismo” debe asumirse para poder expresar con precisión una realidad insoslayable. En décadas recientes ha alcanzado una propagación prácticamente mundial. Siempre se cometieron abortos, pero ahora su práctica masiva y promocionada se ha globalizado. El abortismo se sustenta en intereses político-ideológicos y comerciales, llegando a enraizarse en espiritualismos sectarios, que a veces son explícitamente satánicos. Desarrolla un inmenso despliegue propagandístico y de manipulación radical de las conciencias y del lenguaje. Empieza por la despenalización del aborto en gran número de casos para después imponerlo: primero como derecho fundamental y luego como obligación. El resultado ha de ser que se penalice a los que se resistan a abortar o defiendan la vida[12]. Se despenalizan el homicidio y el asesinato abortista para llegar a penalizar la vida, empezando por la más indefensa y por sus defensores. Actualmente en España se están perpetrando graves ataques a grupos pro-vidas: amenazas continuas de muerte (Madrid), violación intimidatoria del domicilio social (Valencia), etc. No por casualidad estas agresiones vienen inmediatamente precedidas por campañas de hostigamiento mediático del amplio e irresponsable periodismo abortista[13].

 

El inmenso negocio beneficia a la red de centros abortistas y a las compañías que utilizan los restos mortales de los fetos[14]. El abortismo ideológico se camufla presentándose como el único “feminismo” posible, como exigencia de todo “progresismo” y como bienintencionada política para evitar “abortos inseguros”. Así, se escuda en el santo y seña de “salud reproductiva”.

 

Como siempre ocurre en los racismos y demás tipos de discriminación, el abortista no valora la dignidad de la vida humana en sí, sino que establece diversas categorías o castas humanas, algunas con derechos y otras sin ellos. El racista discrimina por el color de la piel y el abortista por el grado de crecimiento. Y, en caso de duda, el abortista opta por el más fuerte, en contra del más débil. Los esclavistas sabían que los seres humanos que transportaban en sus barcos negreros, eran humanos, pero no los reconocían ni trataban como tales. Los nazis sabían que los judíos eran humanos, pero tampoco los reconocían ni trataban como tales. Hoy en día una ministra española como Bibiana Aído se permite declarar públicamente, sin crítica alguna por parte de sus compañeros de ejecutivo ni de su partido, que “un feto es un ser vivo, pero no un ser humano, porque eso no tiene ninguna base científica” (mayo de 2009, entrevista con Carles Francino en la cadena SER)[15]. Aún no ha dimitido.

 

El abortismo no sólo carece de respeto por los seres humanos más pequeñitos y obedece no sólo a un afán desmedido de lucro[16]. En última instancia, forma parte de una ideología utilitarista y eugenésica de eliminación de los más débiles y de los que considera “inútiles”. Por ello, el abortista suele ser partidario de la “eutanasia” o suicidio asistido. Más directamente pertenece al abortismo el gran negocio de la “reproducción asistida” o procreación artificial. Ésta cosifica, maltrata y extermina a miles y miles de seres humanos embrionarios para satisfacer el deseo de parejas estériles que no quieren adoptar. El abortismo y su incultura de muerte prepara coartadas para eliminar tanto a los que considera inútiles o indeseados (seres humanos prenatales o enfermos muy dependientes) o bien para eliminar a los que sólo valora utilitarista o comercialmente (embriones para la reproducción artificial o para la clonación supuestamente terapéutica). Por encima de los intereses económicos y teóricamente terapéuticos, a veces descuella la pura saña destructiva del abortismo, tendencia conocida en los asesinos en serie. Así se observa en el celo pararreligioso con que asociaciones abortistas difunden el aborto incluso donde ya sobreabunda[17]. Este ensañamiento también es claro en el ahínco en destruir embriones humanos para utilizar sus células madre, que apenas dan resultados curativos, en lugar de centrarse en las células madres de adultos, que sí están curando multitud de dolencias y cuyo empleo no destruye a nadie.

 

Es absurdo tanto énfasis en despenalizar el aborto provocado cuando en países como España no había ni hay ninguna mujer en la cárcel por abortar. Si la hubiera, sería un caso excepcional y debido a especiales agravantes. En general, por participar en abortos o en “eutanasias” no hay nadie o casi nadie en prisión aun cuando estos delitos sigan penalizados y haya autoinculpaciones exhibicionistas. Pero los abortistas conocen el valor pedagógico de la legislación, la frecuente confusión entre lo legal y lo moral, y lo fácil que es manipular la aplicación de este tipo de leyes, si los poderes públicos no se ocupan de velar por su cumplimiento.

 

Al igual que otro tipo de homicidio, el aborto provocado nunca ha desaparecido a lo largo de la historia de la humanidad y de la política. Ahora bien, la expansión mundial de las últimas décadas es abrumadoramente superior a la de cualquier época pasada. Y resulta más estremecedora y abominable por el mayor conocimiento actual sobre el origen de la vida humana individual. Cuando el mundo recupere humanidad, nuestro tiempo será conocido como el del abortismo. A lo largo de la historia cayeron las legislaciones racistas y esclavistas y grandes imperialismos opresores. El abortismo también caerá y habrá un juicio de Nüremberg para los impulsores no arrepentidos del abortismo. Pero si no nos comprometemos de verdad y cuanto antes para abolirlo, ¿cuántos millones más de víctimas seguirá cobrándose?

 

Hay muchas vías por recorrer en pro de los niños por nacer y sus madres. Desde la amplia experiencia norteamericana podemos señalar dos propuestas. David C. Reardon, en su libro Making Abortion Rare (A Healing Strategy for a Divided Nation)”, de 1996, plantea una estrategia para reducir la práctica del aborto hasta hacerlo “raro”, aun cuando siguiese siendo legal. Tal vez busca una situación similar a la de Polonia. Pero los abortistas no permitirán que sea sólo legal, sino que, de acuerdo con su conocido activismo, harán todo lo posible para que crezca. 99 Ways to stop abortion, obra de Joseph Scheidler (1993), es de las exposiciones más pormenorizadas sobre qué hacer para salvar vidas y conciencias. En todo caso, pensamos que lo primero es que todos podemos aportar algo: tiempo, estudio, cambio de actitudes, dinero, etc.

 

El contexto de este período abortista es el de la época histórica en que a más personas se ha matado. Para ello basta recordar las dos guerras mundiales, junto a la cadena de guerras y genocidios contemporáneos. Pese al grandilocuente avance legislativo y práctico en varios terrenos, el desprecio por la vida humana es hoy ostensible. A él pertenece también la real desmovilización social contra las causas del hambre y la miseria. En la época con más recursos económicos y tecnológicos, es cuando más pobreza relativa y más pobres tenemos. Cuando mayor es la certeza científica sobre la realidad humana del embrión y del feto humano, y sobre las consecuencias sociales de su exterminio, más se practica y se dan coartadas al abortismo. En la época de máxima violencia sistemática general, vivimos una forma de extrema violencia sistemática como el abortismo. Sin caer en pesimismo alguno, es realista reconocer y afrontar que atravesamos un tiempo de inusitada violencia contra la conciencia y contra la vida, es decir, contra la vida espiritual y la vida física.

 

Hay más manifestaciones de protesta y más voluntariado contra el hambre que contra otras injusticias, pero habría que cuestionar la coherencia y la seriedad de algunas de estas iniciativas de pancarta y tambor. La vida humana y la justicia social se defienden en su totalidad y no sólo según el aspecto más aceptado o de moda. Sin defensa coherente de la vida humana se hunde todo el armazón de los derechos humanos, que son derechos de la vida humana. Y sin un mínimo de derechos humanos garantizados no hay Estado de derecho ni democracia.

 

No sólo ha de distinguirse el aborto espontáneo o involuntario y el provocado o cometido. En alemán se emplean incluso términos distintos: “Abort, “Fehlgeburt” (espontáneo o patológico) y “Abtreibung” (provocado). Además, ha de reconocerse la gran dimensión socio-política de éste. El primero es un duro trance imprevisto e ineluctable que se vive en intimidad y familia. En cambio, el aborto química o quirúrgicamente provocado es, en buena medida, social y políticamente provocado. Se provoca y realiza no sólo a nivel individual a través de cirugía o de farmacología, sino también en un plano sociopolítico, económico y estatal. Incluso la ayuda al desarrollo de muchos países empobrecidos se condiciona a que éstos acepten la imposición del abortismo y del generismo o ideología de género. Naciones como Perú, Camerún y Nicaragua han soportado recientemente la coacción de los grandes poderes abortistas. Países como Irlanda, Malta y Polonia se ven fuertemente presionados en la Unión Europea para que cedan al imperialismo abortista. No en vano el parlamento italiano ha instado a su gobierno a que promueva en Naciones Unidas la condena del aborto como método de control demográfico. En general, el abortismo es un hecho social y no sólo porque afecta prioritariamente a un tercero, más allá de la pareja: al niño o niña que pierde violentamente la vida. Es también social por los condicionantes sociales que lo impulsan y por las dramáticas consecuencias antisociales que cada aborto agrava. Daña enormemente a la mujer y corroe moral, demográfica y económicamente a la sociedad.

 

Entre los abortistas hay diferentes grados de implicación: desde el que transige con la práctica abortista o la apoya indirectamente, hasta quien comete los abortos o milita para que se descontrolen e impongan aún más. Y recordemos siempre que ante este fenómeno mundial no caben seráficas neutralidades ni contradicciones acomodaticias. Oímos incluso decirse “contrario al aborto”, pero favorable a su “despenalización”, sin especificar qué nivel de “despenalización” o permisividad. Creyéndose respetuosos, algunos dicen que jamás cometerán un aborto, por lo que es y por sus consecuencias, pero que nada objetan a quienes quieran abortar: quieren salvar su alma, su conciencia o su reputación, mientras exhiben una total falta de respeto por innumerables víctimas humanas. ¿Cómo mostrarse cual persona de principios y a la vez aceptar y votar que en millones de casos se hagan añicos tales principios de respeto a la vida humana y a la salud materna?. Cualquiera de esas “excepciones” de aceptación del aborto, supone la pena de muerte al menos a miles de inocentes. La arbitrariedad, las contradicciones y las desavenencias básicas de los abortistas sobre el plazo de la gestación hasta el cual se justificaría la violencia prenatal, demuestran la inconsistencia de todas sus exigencias. Y, en la práctica, quienes dicen aceptar el aborto “sólo” hasta un cierto límite temporal o en unos determinados supuestos, casi siempre se desentienden cuando el abortismo rebasa con mucho tal límite y tales supuestos. Si se pierde el respeto a la vida, lo demás son excusas y verborrea[18].

 

Pero ahora pongamos el acento no tanto en deslindar grupos de opinión más o menos abortistas, sino en tener presentes los principales grupos de acción abortistas. Aunque es actualizable, encontramos un buen elenco en J. Kasun, La guerra contra la población, 1993. Entre las páginas 179 y 209 hallamos la presentación sumaria de treinta y seis multinacionales o grandes organizaciones volcadas en políticas eugenésicas, neomalthusianas y abortistas. Ahora habría que empezar por añadir a magnates que presumen de “filántropos”, como Bill Gates. Estamos ante toda una estrategia mundial de dictadura sobre las conciencias y las vidas que apunta a un leviathanico Estado mundial envuelto en falsos mensajes de “paz” y valores biensonantes (vid., M. Schooyans, Abortion, a political approach, 1980, p. 123-4).

 

Los abortistas, que causan tantas víctimas, usan el victimismo y manipulan las connotaciones del lenguaje en su favor. Hablan de los providas como de “antiabortistas” y “prohibicionistas”, pero nunca usan paralelamente términos como “abortistas”, “permisivistas” o “abortismo”. Millones y millones de abortos en su lógica absurda y perversa parecen producirse por pura espontaneidad, sin que nadie los fomente e imponga. Sin que haya “abortistas”. Pero no habría abortismo sin abortistas. No se trata de rebuscar conspiraciones secretas, sino de detectar unos intereses ideológicos y económicos sostenidos a través de la acción conjunta de todo un entramado de organizaciones políticas que no descansan en su pertinaz empeño. Hay, como decimos, diversos grados de implicación en el abortismo. Algunos lo impulsan con tenaz celo, mientras que otros se ven arrastrados a secundar tal movimiento, atrapados en una red de intereses, pasiones y corrientes de opinión.

 

También es cierto que no todo contrario al aborto es provida. En realidad, ser provida o bioético personalista exige una coherencia en la defensa y promoción activa de toda vida humana en toda circunstancia. Personajes como el anterior presidente G. W. Bush pueden ser considerados “antiabortistas”, pero no “providas”, por su responsabilidad en la ejecución de penas de muerte y en otras leyes antivida, belicistas y antiecológicas. Ser provida es la actitud natural y básica de cualquier humanista o persona cívica. ¡Qué menos que no aceptar la destrucción masiva de los seres humanos más vulnerables e inocentes!. Además, el provida no se contenta con impedir males a los más débiles, como el ser humano prenatal y la embarazada con problemas. Hace lo posible por mejorar su calidad  de vida.

 

Parece mentira que estemos intentando salvar la vida de tantos millones de seres humanos embrionarios y fetales, cuando deberíamos poder concentrarnos en mejorar el gran potencial de estas vidas. No son vidas humanas potenciales, sino vidas humanas con grandes potenciales. Aparte de los adelantos médicos para los pacientes prenatales[19], un claro ejemplo de estas mejoras de la vida prenatal estriba en la educación prenatal. Puede consultarse la obra surgida del Primer Congreso Mundial sobre la Educación Prenatal, organizado por la Organización Mundial de Asociaciones para la Educación Prenatal: L’éducation prénatal, un espoir pour l’avenir, 1996, 189 p.

 

La mentalidad y los movimientos providas son no sólo pro-niño o pro-hijo, sino también netamente pro-mujer y pro-madre. La propaganda abortista ha sabido imponer su falso feminismo como el único posible. Pero el feminismo verdadero es el que protege, dignifica e impulsa a la mujer en su condición femenina y humana. Existe todo un feminismo antiguo y nuevo que respeta a la mujer y su vocación materna (vid. http://www.gargaro.com/lifefem.html; http://en.wikipedia.org/wiki/Pro-life_feminism). El abortismo hace abortar y luego se desentiende de la mujer cuando a lo largo de los años ésta sufre las secuelas, porque esto ya no es negocio ni es agradable. En cambio, las asociaciones providas optan incondicionalmente por la mujer, sin juzgarla y sin pedirle cuentas. Ayudan gratuitamente a no abortar. Y si la mujer ha abortado y tiene problemas, siempre puede acudir a los providas gratuitamente y sin temor a reproches. Se conoce mal el sufrimiento postaborto. Pero ya podemos recomendar tres obras: Yo aborté, de Sara Martín García y Asociación Víctimas del Aborto (2005); Rompiendo el silencio (Testimonios de mujeres que sufrieron un aborto provocado), de Esperanza Puente (2009, 174 p.); y Mujeres silenciadas (Cómo se explica el sufrimiento de la mujer que aborta), de los doctores Theresa Burke y David C. Reardon (2009, 363 p.).

 

Claro está que junto a los abortistas y a los providas activos hay toda una gran mayoría que no piensa en el aborto provocado como una de sus principales preocupaciones, pese a que en países como EEUU es una clave electoral. Las encuestas suelen señalar el paro, la economía, la vivienda, el terrorismo, la delincuencia común o la ecología como las inquietudes más destacadas de la población. Los humanos suelen preocuparse ante todo por lo que les afecta directamente a ellos mismos o a su entorno inmediato y visible. En cambio, el aborto provocado, con la maquinaria abortista subyacente, es la gran tragedia invisible, oculta, camuflada y convertida en tabú, aunque a veces se inflamen unos debates de los que poca verdad llega al gran público. Téngase en cuenta el abrumador dominio abortista en los medios de comunicación de las principales potencias mundiales. Fácilmente cualquiera se imagina padeciendo hambre, un atraco, un atentado, un despido improcedente o las dificultades especiales de una embarazada. Cuesta más, sin embargo, ponerse en el lugar de un feto abortado. Todos fuimos fetos en un seno materno, pero nadie vuelve a tal situación, por lo que damos por descontado que a nosotros no nos pueden abortar. Todos podemos encontrar a simple vista y sin dificultad a un parado, a un pobre, a una víctima del terrorismo, a una embarazada en crisis o a un enfermo complejo, mientras que para ver a un ser humano fetal hemos de buscar una ecografía y es muy inusual ver los restos destrozados de un feto abortado. En sociedades como la nuestra donde se exhiben sin pudor gran cantidad de escenas e imágenes violentas, se censura frecuentemente la proyección de un aborto o la publicación de imágenes de fetos abortados. En el Reino Unido se ha encarcelado a un anciano provida, Ted Atkinson, por mostrar tales imágenes a unos abortistas. No se dejan ver claras ni la práctica abortista ni sus consecuencias. Mucha gente ni siquiera está dispuesta a verlas y conocerlas. Prefiere no saber. Incluso buena parte de la ciudadanía de mente y corazón providas considera que el abortismo, aun resultando perverso e injustificable, no deja de ser uno de tantos problemas. Muy pocos ciudadanos, y menos “intelectuales”, reconocen el abortismo como el principal problema e injusticia social de nuestra época en casi todo el mundo.

 

Reconocerlo no desmerece ninguno de los demás graves problemas e iniquidades, generalmente ligadas también a la falta de respeto a la verdad y a la vida. Tal falta de respeto resalta sobre todo en la eliminación directa y premeditada de la vida humana intrauterina. Hay guerras y campos de exterminio donde se masacra indiscriminadamente por acción o, por omisión, se deja morir a muchas personas, sin una intención individualizada de matar a éste o aquél. El aborto provocado es la única matanza masiva que se comete individualizadamente, con premeditación, eliminando de uno a uno. Es la única con carácter parricida, ejecutada por sanitarios y amparada por gobiernos que se dicen civilizados y democráticos. La víctima no tiene escapatoria ni indulto posible. Apenas hay supervivientes. Algunos de los escasísimos casos de supervivencia, los de cuatro mujeres, los recogió Alejandro Bermúdez en su libro “Yo sobreviví a un aborto” (2000).

 

No es que queramos exagerar la gravedad e importancia del abortismo. Basta con reunir y aplicar criterios objetivos y humanitarios sobre la gravedad de una injusticia: (1º) cantidad de víctimas y duración de la injusticia, que en el abortismo se traducen en el persistente número multimillonario de víctimas anuales a lo largo de mucho tiempo[20]; (2º) el alcance letal de la injusticia; (3º) el nivel máximo de indefensión e inocencia de quien más la padece; (4º) la crueldad extrema de los procedimientos; (5º) el habitual engaño doloso y alevoso con el que se comete; (6º) el agravante parricida; (7º) la complicidad estatal y de profesionales de la salud que contradicen su gran misión; (8º) su extensión mundial creciente[21] y, al mismo tiempo, (9º) la cercanía del crimen; (10º) las secuelas demográficas, políticas y económicas de magnitud histórica; (11º) la premeditación y el ensañamiento individualizado con el que se desarrolla la masacre y con que se inhabilita y cosifica permanentemente a la víctima incluso tras el homicidio; (12º) la consolidación de una mentalidad irresponsable de irrespeto a la vida humana, que suscita pasividad incluso entre los que no la aceptan.

 

Son características del abortismo que marcan tanto su gravedad como la correspondiente exigencia a nuestra responsabilidad. ¿Qué otra injusticia social de la historia humana anuda tales y tantos agravantes? No reconocerlos es trivializar y demuestra falta de criterio y desconocimiento de las claves de nuestro mundo. ¿Exageramos nosotros al admitir la precisa importancia ética e histórica del abortismo, o los que se evaden o se quedan en medias tintas?. El crimen “perfecto” es el que se comete muy reiteradamente, con total impunidad y descaro, y hasta logrando la consideración de gran ayuda humanitaria y progresista. El crimen “perfecto” es el delito convertido en derecho para quien lo sufre, y en mérito para quien lo promueve o lo comete.

 

El crimen perfecto, el abortismo, se acerca a su consumación. Insatisfecho con el millón anual de abortos de Europa, donde junto al cáncer el aborto es la principal causa de muerte, el Consejo de Europa, presidido por un “socialista” español, ha instado a sus cuarenta y siete estados miembros a asumir legalmente el aborto como un “derecho”. Esto incluye el deber de garantizar “el derecho al aborto seguro y legal”. Es el primer documento internacional que proclama como un derecho el aborto intencionado y garantizado. Por su parte, el Parlamento Europeo también presiona a sus estados a facilitar los abortos. Europa se aborta.

 

El abortismo es profundamente deletéreo para muchas sociedades en los cinco continentes. En el llamado “Occidente”, desde EEUU hasta Rusia, el abortismo está resultando especialmente demoledor. Aquí se ve que el abortismo es un fenómeno propio de sociedades suicidas y de civilizaciones en total decadencia. La implosión demográfica de Occidente y su pérdida de valores e influencia la expone con precisión el economista Yves-Marie Laulan en “Les nations suicidaires”, 1998, 306 p..

 

IV) CRÍTICA A CRISTIANOS Y DEMÁS HUMANISTAS

 

La responsabilidad y la culpa de la creciente propagación del abortismo no son sólo de los abortistas. Acaso la responsabilidad de prepararse y actuar es mayor entre los que saben bien lo que es y acarrea el aborto sistematizado en una sociedad. ¿No es ominosa la omisión de ayuda a seres humanos tan indefensos, maltratados y despreciados y tan cercanos? Ante el aborto nos retratamos todos, tanto por la actividad como por la pasividad.

 

En primer lugar, a los abortistas y a los indecisos basta, de momento, con mostrarles que abortar es un mal moral, sanitario, demográfico, político, económico y espiritual. Se ha de hacerles ver que es un gran mal para la víctima mortal prenatal, para la embarazada y para la sociedad, de suerte que no se justifica ni para evitar diversas consecuencias indeseadas. Una situación puede ser indeseada, pero no puede eliminarse a un ser humano inocente y desvalido sobre la mera base subjetiva de no ser “deseado”. Esto es retroceder al infanticidio arbitrario de tiempos paganos. Ni en la selva rige la pura ley del deseo.

 

Sin duda, a veces surgen situaciones muy angustiosas en un embarazo, pero, como en otras encrucijadas extremas de la vida, la solución no puede ser matar al más vulnerable. La táctica abortista es presentar casos extremos cuya única salida sería el aborto, para sentar las bases de una legislación abortista para muchos más casos. Después, la ley, su reglamentación más concreta y el permisivismo de los poderes públicos convierten la legislación en un descontrol irresponsable.

 

Lo importante es que hay toda una gama de alternativas pacíficas, que no excusan de cierto coraje, pero que personas, asociaciones e instituciones providas están dispuestas a facilitar generosamente. Sólo faltan en demasiados países políticas providas que al menos palien los estragos abortistas y que sobre todo contribuyan a dar verdaderas alternativas pacíficas. El recurso rutinario al aborto aleja la búsqueda de soluciones inocuas. En la base, deben promoverse social y políticamente los valores de un humanismo general y una completa educación sexual, centrada en el amor responsable.

 

Esta educación nada tiene que ver con la sesgada, acrítica y simple instrucción en anticonceptivos, promovida por abortistas y generistas para gloria y beneficio de las correspondientes multinacionales y en función de una ideología pansexualista. Además, una parte de los productos comercializados como anticonceptivos produce a veces abortos, como la “píldora del día después” y los dispositivos intrauterinos (DIU). Quienes lo pretenden negar, se ven forzados a la falacia de negar la realidad del embarazo en las primeras fases del mismo.

 

En segundo lugar, a los humanistas, que rechazan el aborto provocado y cualquier otro homicidio, hay que mostrarles ya toda la magnitud y la gravedad del abortismo. La defensa de la vida humana y su dignidad parte del origen mismo de la vida. De ahí que el humanismo sólo se cimiente desde el compromiso provida eficaz. Hoy es prioritario para los cristianos y demás humanistas el profundo y sentido empeño provida.

 

Hace años ya sostuvimos en un estudio sobre la identidad moral de la democracia[22] que una sociedad abortista es radicalmente antidemocrática por su inhumanidad. Es mucho más grave acabar con la vida de miles de seres humanos indefensos de un país que no dejarles votar. Que son seres humanos y no mera parte de un ser humano, es un hecho biológico genética, inmunológica y ecográficamente demostrado. Por ello, en realidad son muy escasos los países que por ésta y otras condiciones básicas dan la talla mínima para ser democráticos. Lo mínimo para que el poder esté en el pueblo, es que no se mate al pueblo. Al abrirse la veda del humano, nadie puede estar tranquilo. Validada y legitimada la violencia prenatal, ¿qué diques humanitarios frenarán la violencia postnatal?

 

En efecto, la aceptación social del aborto es el principal termómetro moral de un pueblo. Michael Gante, en el libro dirigido por Robert Jütte, lo expresa así: “Die Art und Weise, wie eine Gesellschaft sich in diesem Konflikt verhält, sagt immer Wesentliches über die Identität eines Gemeinwessens aus” (Geschichte der Abtreibung, 1993[23]). Por medio de una manipulación o “redefinición” de los derechos humanos la aceptación social del aborto se está trasladando a su consagración jurídica. Es lo que denuncia y estudia la profesora feminista de política internacional noruega y ex-secretaria  de Estado del ministerio de exteriores de su país Janne Haaland Matlary: Derechos humanos depredados (Hacia una dictadura del relativismo), 2008, 261 p.

 

El filósofo Julián Marías sostuvo que tal aceptación social del aborto era lo más grave del siglo XX, junto a la extensión de la droga y el terrorismo. En absoluto puede banalizarse la gran gravedad de estas dos lacras sociales. Pero se quedan atrás en gravedad objetiva, aunque preocupen más subjetiva y públicamente. La gente es más consciente de que las bombas y la droga pueden afectarles. Pero sólo por suicidios muere mucha más gente que por terrorismo. Enferma está la comunidad internacional que alberga colectivos que matan y aterrorizan a los demás. Pero mayor decaimiento moral y vital exhiben las sociedades donde tantos ciudadanos se quitan la vida. La droga es mucho más letal que el suicidio y en última instancia obedece también a un general sinsentido vital. No obstante, su número de víctimas es menos abultado que el del abortismo. Las víctimas primeras del abortismo son además las más indefensas, los seres humanos en estado embrionario o fetal, porque son los más débiles de nuestra cainita especie. Ni siquiera pueden recurrir al llanto para suscitar misericordia, como hacen los bebés nacidos. También son víctimas inmediatas las madres que abortan, porque en la mayoría de los casos proceden bajo la coacción de algún engaño, información adulterada o directamente forzadas. “La libre elección” de la propaganda abortista es un camelo. Sobre todo, se oculta que es una libertad “de matar al propio hijo o hija desde las entrañas maternas y con la complicidad habitual de profesionales de la salud y de los poderes públicos”.

 

Por supuesto que, además de la droga, el terrorismo y el abortismo, hay otras grandes lacras contra las que militar sin excusa. Y es obvio que no todos pueden especializarse en cada tema. Lo importante es que todo buen humanista no se evada por completo de concienciarse y de actuar en cierta medida contra todas las principales causas de injusticia como el abortismo, las hambrunas, la guerra o la manipulación masiva de conciencias. Las grandes injusticias sociales suelen compartir raíces  comunes en el corazón humano y en las condiciones de vida. Uno de los criterios que objetivamente marca la mayor gravedad del abortismo, consiste en la especial desidia y contradicción permanente que cunde incluso entre los que se dicen contrarios al aborto sistemático.

 

Decíamos que el abortismo anula de hecho la democracia y cualquier sólido humanismo. Anula incluso la noción de Estado de derecho. Con razón escribió Agustín de Hipona que un Estado que tolere o practique el crimen, ya no es Estado, sino una banda de forajidos.

 

Las religiones auténticas, las que no son sectas, fanatismos sacralistas o antropolatrías laicistas, son humanistas. Tienden a respetar cuidadosamente al hombre y la naturaleza, en la medida en que respetan a la divinidad creadora. No obstante, la habitual dispersión doctrinal de las religiones, fuera de las confesiones cristianas católica y ortodoxa, también hace estragos en la defensa de la vida. Esto es, los fieles de las religiones no cristianas transigen habitualmente más en diferentes casuísticas abortistas[24]. El actual y décimo cuarto Dalai Lama, Tenzin Gyatso, es todo un ejemplo de relativismo políticamente correcto. Este guía político-espiritual es capaz de aseverar al New York Times que para el budismo abortar es matar y algo negativo, pero que se puede aprobar en algunas circunstancias como la de un nasciturus mentalmente retrasado o la de evitar serios problemas a los padres (cf. http://en.wikipedia.org/wiki/14th_Dalai_Lama). Ante la típica ambigüedad abortista hay que preguntarse qué quiere decir con “serios problemas”. No se va matando a la gente con la vaga excusa de unos “serios problemas”.

 

¿Y los cristianos? Por simplificación y visibilidad se tiende a identificar con los cristianos católicos la más extensa e insistente resistencia al abortismo. En general, la internacional abortista sabe que la resistencia provida más firme y organizada está en la comunidad católica. Por esto, concentra su ataque persistente y multiforme sobre ella. No obstante, también los ortodoxos y la gran mayoría de los protestantes mantienen un “sí” a toda vida humana y un “no” rotundo a este infanticidio preventivo que es el aborto provocado. Cuentan, además, con miembros activos especializados en promover la necesaria abolición del aborto[25]. Todo ello es aprovechado por la demagogia antivida para intentar amordazar a los humanistas alegando que se basan sólo en argumentos religiosos privados, aunque en bioética no empleen ninguna autoridad o fuente sacra. Las religiones también prohíben robar y no por esto tal prohibición apela sólo a las conciencias y las leyes de las personas que se reconocen religiosas. Hay muchas personas no religiosas que no se pliegan a la maquinaria abortista. Los argumentos providas no precisan de invocar credo alguno[26], sino que se bastan con el elemental y universal humanismo de no matar humanos indefensos y de buscar alternativas pacíficas con tesón e inteligencia. Lo que puede aportar una religión es una fundamentación y una motivación más profundas y sólidas para amar y respetar a todo ser humano. Por lo demás, el argumentario abortista suele ocultar sus raíces pararreligiosas o antirreligiosas, su dogmática moral racionalmente insostenible, sus estrategias amañadas[27] y sus sórdidos intereses económicos.

 

Cierta es pues la responsabilidad de los abortistas. Pero los “cristianos” que, pudiendo contribuir a salvar vidas de los más pequeños, no hacen más que lamentarse, no se comportan como cristianos. Dada la alta y dignificante exigencia de la moral cristiana, en ocasiones muchos cristianos no nos comportamos como tales, lamentablemente. Pero hay grupúsculos bien financiados y publicitados que al servicio de los más poderosos manipulan el nombre de “cristiano” para sus fines extremamente anticristianos e inhumanos, como las autodenominadas “Católicas por el derecho a decidir”. Obviamente, nada tienen que ver con la Iglesia. Ponen en crisis la identidad cristiana el negar este o aquel dato revelado que pertenezca al kerigma o la confesión apostólica. Más grave aún, por ser todavía más básico o de elemental humanidad, es el omitir la ayuda debida a los niños, madres y padres que mueren o sufren por el abortismo y sus sistemas de engaño y destrucción masiva. Lo mismo decimos en cuanto a la debida ayuda a otros pobres y necesitados. Y peor que la omisión de ayuda es el apoyo directo a injusticias como el abortismo o la explotación laboral. Los que omiten una ayuda debida, no se comportan como cristianos. Pero los que militan contra la vida y la justicia, actúan como anticristianos, aunque se digan “cristianos”. Todo real humanismo, como todo acto de amor, es cristiano (aunque no lo sea plenamente, si le falta la dimensión sobrenatural crística). Todo lo inhumano, como todo acto de odio, es anticristiano. Nada hay más inhumano que torturar y matar masivamente a los seres humanos más desvalidos e inocentes, presumiendo de ello e invocando hipócritamente valores cívicos o religiosos.

 

El abortismo no es la “lejana” injusticia del “tercer mundo”, sino la principal causa de muerte violenta de nuestras propias sociedades, entre nuestros propios vecinos y conciudadanos. Es el huracán “Katrina” permanente en el que nos anegamos sin darnos cuenta, y el 11-M u 11-S diario y silenciado[28]. Desde el punto de vista de sus innumerables víctimas mortales no hay mayor terrorismo que el abortista.

 

Es un triste hecho que la gran mayoría de los declarados “cristianos” e incluso “muy practicantes y comprometidos”, tanto de los más tradicionales como de los que se creen vanguardia, apenas dedican un euro o un minuto al año a dar alternativas al abortismo[29]. Una parte de ellos ni hace ni deja hacer, porque se dice contraria al aborto, pero permanece inactiva y acobardada, y hasta se permite despreciar acrítica e indiscriminadamente los movimientos providas. La insistente propaganda calumniosa de los medios abortistas hace mella en quien no se molesta en estudiar o reflexionar seriamente. 

 

Ni siquiera es habitual en parroquias y congregaciones el predicar o el orar por el pronto final de tamaña lacra genocida que tiende al humanicidio. El abortismo diezma poblaciones en la mayor parte del planeta y nubla el sentido común moral de un amplio sector de la humanidad. Sin embargo, el problema del aborto en muchas comunidades religiosas sólo se menciona como mucho, y no deja de ser un tabú. No obstante, en toda esta básica dimensión espiritual se está verificando cierto despertar. Muestra de ello es el “Año de oración por la vida” de 2009 entre los católicos españoles. Queda por profundizar en la gran herida espiritual que supone el abortismo y en el estatus teológico de los niños abortados, como hicieron los teólogos coordinados por Aidan Nichols en el libro “Abortion and Martyrdom” (2002, 164 p.).

 

En cuanto al necesario énfasis social al abordar la problemática abortista, resulta mejorable la actual clasificación disciplinar católica, que coloca la cuestión del aborto fuera del núcleo de su Enseñanza Social. Nótese su práctica ausencia en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, diferenciado del P. Consejo para la Familia, el que se ocupa directamente del abortismo (sin olvidar la específica Academia Pontificia para la Vida). El abortismo y toda la bioética quedan situados en la denominada “teología moral de la persona”, apuntando al aspecto “personal”, individual o privado. Al menos habitualmente, no se halla en la moral social. Sin embargo, la última encíclica social, Caritas in Veritate, aborda la injusticia abortista en varios puntos: de modo explícito en los puntos 28 y 75; y de modo implícito en el 44 (control de natalidad) y 51 (embriones sobrantes de la fecundación in vitro). Por lo demás, en las diócesis la protección bioética de la vida humana aparece como tema de compañía de la pastoral familiar, a la que se dedica casi toda la atención.

 

No es un problema principalmente debido a los obispos, sino que en general la feligresía está mucho más dispuesta a movilizarse por cualquier otra actividad o problema que por las injusticias bioéticas. Se sabe que la causa provida es la única causa humanitaria reprobada o malentendida por sectores amplios de la población y por la mayoría de los medios de comunicación social en los países consumistas. Ser provida, que es la raíz de todo veraz pacifismo y feminismo, es lo más subversivo y desestabilizador para el sistema de injusticia imperante en muchas sociedades y Estados. De ahí la valentía que exige proteger públicamente la vida humana de los más débiles. Confiemos en que la ciudadanía católica, la más activa y consistente en la defensa de la vida humana más indefensa, aumente su perspicacia y su entrega a esta principalísima causa de nuestra época.

 

En general, también necesitan renovarse muchas asociaciones providas, sea cual se su inspiración cultural, política o espiritual. Defectos acusados y extendidos entre algunas de ellas son: (a) la reducción de su actividad al asistencialismo, parcheando así los estragos abortistas, si bien es necesaria la ayuda personalizada a las embarazadas y familias presionadas para abortar; (b) la dejadez o la rutina en formación y actualización; (c) la falta de perseverancia de muchos de sus miembros; (d) la escasa coordinación mundial. Los congresos internacionales providas no llegan a ser verdaderamente mundiales, sino que tienden a concentrar sólo un sector de países o culturas.

 

Ahora, el ser provida va más allá de una etiqueta asociativa o de unas confesiones. Todos podemos y debemos ser providas. Y se es provida en todo, desde un humanismo global y coherente: en la bioética (donde se prefiere el adjetivo más académico de “personalista”), en el compromiso solidario, en la familia, en la vida socio-política, en la profesión o trabajo y en cualquier ámbito. Desde luego es inconfundible con la imagen de exaltado extremismo que ciertos medios de comunicación abortista han fabricado. Frente al real extremismo fanático abortista la ciudadanía provida debe seguir manteniendo la moderación de la templanza, del tesón sereno e infatigable de los que saben que la vida, la amada vida, triunfa sobre la muerte y sus argucias. Llamaremos las cosas por su nombre, pero sin dejarnos arrastrar por el odio y las provocaciones abortistas. Con humanidad y ciencia en pro de la vida humana todos necesitamos renovar nuestra conciencia, tanto en su aspecto crítico y de penetración como en su aspecto netamente moral y humanista. Cuanto antes nos comprometamos por la vida humana más vulnerada antes triunfará la alternativa humanista.

 

Resumen:

 

Pese a todo lo que agita mediática y políticamente hoy en día el aborto, su práctica masiva no es suficientemente estudiada, conocida ni atendida. Incluso faltan categorías que enfoquen adecuadamente tan vasta problemática. Sobre todo, son generalmente desconocidas las poderosas causas y las tremendas consecuencias que implica la globalización del aborto.

 

No obstante su gran extensión en el mundo, los promotores del aborto no cejan en su intento de validar tal práctica sistemática como un “derecho humano”. Una estrategia básica del abortismo es la de promoverlo y hasta forzarlo públicamente, mientras se presenta como decisión “libre” y “privada” de la sola mujer interesada. Sin embargo, hay luces de esperanza como la experiencia polaca de una casi total abolición del aborto institucionalizado.

 

El abortismo consiste en la promoción sistemática o en la imposición del aborto provocado a gran escala social e internacional. La categoría “abortismo” debe asumirse para poder expresar con precisión una realidad insoslayable. No puede camuflarse con un adulterado concepto de “feminismo” ni con eufemismos propagandísticos como “salud reproductiva”.

 

El abortismo es una inmensa forma de violencia que marca toda una época. Ésta es precisamente la que más víctimas mortales está causando en toda la historia de la humanidad. Vivimos una forma de extrema violencia sistemática (el abortismo) en la época de máxima violencia sistemática. Los derechos humanos son derechos de la vida humana. Por ello, el abortismo hunde los derechos humanos, el Estado de derecho y, por tanto, la democracia.

 

Frente a una estrategia abortista tan elaborada e insistente y frente a sus objetivas consecuencias deletéreas para las sociedades, no caben cómodas neutralidades ni derrotismos. Los mismos humanismos religiosos, que tanto hacen para frenar esta ingente sangría de vidas humanas, deben revisar su grado de concienciación, de compromiso y de eficacia. Con humanidad y ciencia en pro de la vida humana todos necesitamos renovar nuestra conciencia, tanto en su aspecto crítico y de penetración como en su aspecto netamente moral y humanista. Cuanto antes nos comprometamos por la vida humana más vulnerada, antes triunfará la alternativa humanista.

 

Pablo López López es fílósofo personalista y provida

 

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[1] ) Por su actualidad y por tratar con maestría el inicio de la vida humana, al menos destaquemos de la profesora Natalia López Moratalla su libro “Los primeros quince días de la vida humana” (2004). Algunos abortistas y partidarios de la explotación de embriones humanos pretenden debatir la realidad humana del embrión humano en sus primeras fases de crecimiento, cuando, cínicamente, casi siempre les merece el mismo nulo respeto el resto del desarrollo intrauterino (y a veces el extrauterino).

[2] ) Una buena exposición de los procedimientos aborteros se halla en http://www.vidahumana.org/vidafam/aborto/metodos-sin.html. En fuentes abortistas puede consultarse  http://www.noah-health.org/es/pregnancy/abortion/abortion/how.html. Aquí no dejan de sorprender los consejos simplistas ante lo que llaman “interrupción voluntaria del embarazo usando el parto inducido”. Es obvio, que si se provoca el parto, ya estamos ante un claro caso de infanticidio.

[3] ) Dos buenas réplicas a algunos de los principales pretextos y sofismas abortistas son las de Adolfo J. Castañeda (Refutación del “argumento” del aborto legal y “seguro”, http://travesiaporlavida.blogspot.com/2007/07/refutacin-del-argumento-del-aborto.html) y Jorge Scala (Aborto: Mito y realidad, http://ceprofarena.blogspot.com/2008/03/aborto-mito-y-realidad.html). Con un análisis crítico de las estadísticas Scala desmonta claramente la argucia abortista de que la despenalización reduciría el aborto y la mortalidad materna, la falsa identificación entre aborto legal y aborto seguro, y la idea peregrina de que el aborto legal sería más seguro que el parto. Scala concluye que “las estadísticas muestran empírica y consistentemente los siguientes elementos: 1°) Hay una relación directa entre la despenalización y el aumento del número de abortos. A la vez, también se da la relación inversa; es decir, que, frente a la penalización del aborto antes permitido, disminuye tanto el número como la tasa de abortos. 2°) No existe ningún aborto "seguro". En el aborto "legal", lo único seguro es que muere el hijo. Los riesgos para la salud física son grandes, y para la salud psíquica y espiritual de la gestante son ineludibles. 3°) El aborto "legal" es tres veces más riesgoso que el parto. 4°) No hay correlación estadística entre la situación legal del aborto y la tasa de muertes maternas. 5°) Penalizar el aborto hace disminuir tanto la cantidad como la tasa de muertes maternas. 6°) La atención especializada del parto es esencial para disminuir la mortalidad materna. Además de todo lo dicho, lo decisivo es que nadie tiene derecho, en ningún lugar y por ningún motivo, ni bajo ninguna circunstancia, a matar a ningún ser humano inocente. Lo contrario nos retrotrae a la barbarie de los pueblos paganos, o de las ideologías del siglo XX (marxismo, nazismo y relativismo pseudodemocrático).”

[4] ) No obstante, últimamente hay un rebrote notable y a lo largo de los años hemos podido reunir cierta cantidad de obras provechosas, bastantes de las cuales ya no se encuentran fácilmente.  En el artículo vamos ofreciendo una muestra de esta bibliografía. Aquí presento por su interés general tres títulos más de los que tengo a mano. Primero, la pedagógica obra coordinada por Justo Aznar, La vida humana naciente (200 preguntas y respuestas), 158 p. En segundo lugar, las actas del I Congreso Internacional Multidisciplinar “Mujer y realidad del aborto”, celebrado en Cáceres (España) en marzo de 2007: Mujer y realidad del aborto: un enfoque multidisciplinar, 2008. Las ponencias son excelentes. Por último, “Beyond abortion (A Chronicle of Fetal Experimentation)”, de la periodista Suzanne M. Rini (1993), descubre que fetos vivos son sistemáticamente usados como cobayas, y hasta se los vivisecciona para extraerles órganos. Como complemento puede consultarse: http://www.encuentra.com/articulos.php?id_sec=175&id_art=3037&id_ejemplar=0 .

[5] ) La bioética auténtica es buena y necesaria desde mucho antes de que se acuñara tal nombre, como muestra el ejemplar y antiquísimo Juramento Hipocrático. Pero conviene disponer de una contundente crítica a los desmanes cometidos en nombre de cierta bioética. Tal crítica la hallamos por ejemplo en J. F. Poisson, Bioética. ¿El hombre contra el Hombre?, 2009, 255p.. Este filósofo francés, experto en bioética y con experiencia como alcalde y diputado, repasa a fondo algunas de las cuestiones más debatidas. Llega a la conexión con el espiritualismo de la “New Age” (“Nueva Era”) y hace muy bien en tomar la referencia del Código de Nüremberg.

[6] ) Un notable estudio de biopolítica es el de Roberto Esposito, Bíos, Biopolítica y filosofía, 2006, 312 p.. Este profesor italiano subraya lo que considera la extrema inversión de la tanatopolítica: el nazismo.

[7] ) Ilustrativo a este respecto es el libro del abogado Jesús Trillo-Figueroa, Una revolución silenciosa (La política sexual del feminismo socialista), 2007, 308 p..

    Añadamos que el hembrismo o falso feminismo (también llamado “feminismo radical”) es una versión femenina del machismo, aunque mucho más sofisticada, organizada y demagógica. Junto a todo el pansexualismo y a la ingeniería social de la ideología de género, se asimila curiosamente a la sociedad mostrada por el visionario Aldous Huxley en “Un mundo feliz”. Es un ejemplo de dictadura perfecta y denaturalista, donde se ha suprimido sistemáticamente todo respeto a la naturaleza humana.

[8] ) El abortar nunca es terapéutico, pues mata una vida naciente y provoca traumas a la gestante. Este supuesto es el gran coladero por el que se transige con cualquier aborto ante la vaga e inverificada alegación de un problema psicológico que suele establecer un empleado del negocio abortista. Téngase en cuenta que en España casi todos los abortos se cometen bajo este primer supuesto-coladero y en centros privados, mucho menos atentos a la legalidad y que reciben fondos públicos procedentes de impuestos pagados por ciudadanos providas. El supuesto abortista que la legislación española permite hasta la semana vigésimo segunda, no es más que la eliminación de fetos muy desarrollados cuando “se presuma que el feto habrá de nacer con graves taras físicas o psíquicas”. Generalmente se espera hasta después de una tardía prueba llamada “amniocentesis”, no exenta de riesgos para la madre. ¿Pero desde cuándo unas taras legitiman un homicidio?. Esto nos retrotrae directamente a la triste eugenesia de las páginas más oscuras de la historia europea del siglo XX. Un embarazo por violación, coartada del tercer supuesto, es extremadamente insólito y, si después se provoca un aborto, la mujer termina sufriendo aún más. Son ilustrativos los testimonios de víctimas de la violación: http://www.vidahumana.org/vidafam/aborto/victimasvio.html. Una sólida argumentación provida para ayudar a las embarazadas por violación y a sus hijos es todo el capítulo treinta de “Abortion, questions and answers (Love them both)”, del doctor Willke y su esposa (2002, pp. 259-271, o en versión española “El aborto, preguntas y respuestas (Amarlos a ellos dos)”, 2002, pp. 263-275). La legislación sobre los supuestos abortistas se encuentra en la ley orgánica 9/1985, del 5 de julio de reforma del artículo 417 bis del código penal.

[9] ) Vid. mi artículo en el semanario Alba, en http://www.fluvium.org/textos/aborto/abo106.htm y en http://es.catholic.net/sexualidadybioetica/284/1269/articulo.php?id=21001.

[10] ) Un amplio estudio de la principal promotora mundial del abortismo, la IPPF, es el del abogado argentino Jorge Scala, “IPPF, la multinacional de la muerte”, 1996, 362 pp. Para conocer a Sanger y a otros activistas e ideólogos del voluntarismo, la eugenesia, el bestialismo, la manipulación demográfica, el generismo, el pansexualismo, el eutanasismo, el laicismo y el denaturalismo véase D. de Marco y B. D. Wiker, Arquitectos de la cultura de la muerte, 2007. Con una nueva óptica se pasa revista a autores muy conocidos como Schopenhauer, Marx, Nietzsche y Freud y a algunos menos conocidos, pero con mayor influencia práctica como la propia Sanger, W. Reich,  A. Kinsey, M. Mead, J. Kevorkian y P. Singer, entre otros. Impresiona la impostura intelectual y científica de muchos de estos personajes (por ej. M. Mead o A. Kinsey) y sus convulsas biografías. Sus cruzadas personales muestran una pasión por difundir sus propios hábitos individuales para validarlos socialmente.

[11] ) Con su equipo fue responsable de 75.000 abortos, abortó a su propio hijo y dirigió campañas manipuladas para la despenalización total del aborto, tomando como chivo expiatorio a la Iglesia Católica. Todo lo cuenta él mismo en su autobiografía “La mano de Dios” (1997, 258 p.). También ha producido los vídeos “El grito silencioso” y “El eclipse de la razón”.

[12] ) Los manejos de varios organismos de la ONU y de la UE se dirigen a consagrar este infanticidio intrauterino como un derecho incuestionable. En una sexta parte de la humanidad, en la China marxista, el aborto ya es estatalmente obligatorio a partir del segundo hijo. El gobierno marxista reconoce más de trece millones de abortos anuales, cifra que ha ido creciendo desde 2003, y que no incluye muchos abortos quirúrgicos no registrados ni los farmacológicos. Esta tasa proporcional de abortos es la mitad de la de Rusia, el país con más abortos por mujer y que practica al menos dos millones de abortos anuales (cf. International Herald Tribune, 31 de julio de 2009, p. 5). Esta inmensa desgracia social se agrava en China e India con la tendencia social al aborto misógino o abortismo selectivo de niñas. En India por fin se ha prohibido este aborto selectivo, pero no el abortismo en sí. De tales hechos se hacen poco eco muchas organizaciones abortistas que se proclaman “feministas”. Todo lo más son “hembristas” y obedientes a la denaturalista ideología de género y su ingeniería social. 

[13] ) En las escasísimas y tristes ocasiones en que se ha producido un acto violento contra cirujanos o empresarios aborteros (y sólo en Norteamérica), la totalidad de los representantes providas del ámbito afectado lo ha condenado sin paliativos. En cambio, lo menos indigno que hacen los medios y asociaciones abortistas ante las reiteradísimas y crecientes agresiones o atentados contra personas o asociaciones providas, es guardar silencio. Véase, por ejemplo, el reciente caso del anciano enfermo Jim Pouillon, tiroteado durante su pacífica actividad provida. Es lógico en quienes promueven una brutal violencia sistemática. Y es común a todos los violentos el esgrimir como justificación la excusa de querer evitar un mal mayor o el fingirse víctimas vindicativas de una injusticia. El ejercicio de la violencia les resulta adictivo y siempre quieren más. Es su truculenta manera de autoafirmarse.

[14] ) Para facilitarles el negocio y tratar más inhumanamente al feto humano, en marzo de 2008 el gobierno del PSOE, con la complicidad de sus habituales socios de “izquierda” y del Partido Popular, decretó que los fetos abortados de hasta siete meses no se consideren «restos humanos». Esto pone de manifiesto nuevamente que en el sistema parlamentario español no hay ninguna formación digna de considerarse demócrata, pues ninguna respeta derechos humanos tan básicos como el derecho a la vida y el derecho al reconocimiento de la dignidad de todo ser humano. También es exigible un respeto hacia los difuntos.

[15] ) Para la ministra pesoísta de “igualdad” es indistinto el grado de desarrollo del feto. Ella no especifica a qué tipo de feto humano niega su condición humana. El ciudadano que se dirigió a ella, había mencionado las trece semanas antes de preguntar si un feto es un ser humano. En tal fecha, superado el período embrionario, hace semanas que ya funcionan todos los órganos del feto, se es sensible al dolor y se tiene evidente figura humana. Puede oírse la intervención radiofónica en http://www.youtube.com/watch?v=-iNpYU2RKYI.

[16] ) Probablemente el mejor estudio sobre los inconfesables intereses económicos del abortismo es el de David del Fresno, El Imperio de la Muerte (Quién se está forrando con el negocio del aborto), 2008. Además, despliega una amplia información sobre el entramado y las tácticas del imperialismo abortista y sus múltiples organismos impulsores. Un buen esquema de la estructura organizativa del abortismo lo encontramos en la página 69. Algunas entidades están muy implicadas y otras lo hacen de modo discreto.

[17] ) Un ejemplo es el barco abortero que en 2008 visitó Valencia para realizar abortos ilegales y exigir al gobierno que impulsara aún más el aborto en España. La página publicitaria de la organización abortera holandesa “Women on waves” es http://www.womenonwaves.org/index.php.

[18] ) Desde una perspectiva antropológica y sociológica, el sociólogo pragmático francés Luc Boltanski analiza las hondas contradicciones que el aborto implanta en la vida social (La condition foetale. Une sociologie de l’engendrement et de l’avortement, 2004, 424 p.). El aborto, según Boltanski, se oculta en la sombra en virtud de un pacto tácito de mala conciencia social. Crea una contradicción entre la unicidad del ser humano y su reemplazabilidad demográficamente necesaria. Se asume la humanidad del feto por una especie de adopción simbólica que entraña una discriminación arbitraria difícilmente soportable para la sociedad y el individuo. Se contrapone un feto adoptado por sus padres que le dan un nombre, frente al “feto tumoral”, que no se considera sujeto de un proyecto de vida.

      Sobre la organización del abortismo en Francia y sus secuelas sociales es muy completo el “Livre blanc de l’avortement en France”, (2005, 141 p.), del Colectivo “30 ans ça suffit”.

[19] ) Célebre es el caso de Samuel, hoy en día un niño nacido y sano, que con sólo veintiún semanas dentro del útero materno fue operado de espina bífida. Una foto recogió el momento en que el feto con su manita agarró el dedo del cirujano que estaba terminando de operarle.

[20] ) Sobre las dimensiones genocidas e insuperadas del abortismo es muy elocuente y documentado el libro del periodista italiano Antonio Socci “El genocidio censurado (Aborto: mil millones de víctimas inocentes)”, 2007, 203 p.. Sobre el gran alcance anticultural del abortismo y su correspondiente réplica puede consultarse: J. R. Ling, Responding to the culture of death (A primer of bioethical issues), 2001, 128 p.; R. Latorre Cañizares, La cultura de la vida, 2000, 139 p..

[21] ) En el conjunto de las décadas del gran boom abortista del siglo XX el aborto ha aumentado mucho. Ahora bien, tal crecimiento trepidante no podía mantenerse y al menos desde 1995 a 2003 se ha registrado una disminución de cuatro millones (de cuarenta y seis a cuarenta y dos millones). Dicho sea con la reserva que debe producir la fuente de estos datos: el muy abortista “Guttmacher Institute”, que se presenta como promotor de “salud sexual y reproductiva”. Tal institución no explica de dónde obtienen una información verídica sobre países en desarrollo donde provocar un aborto es ilegal. En todo caso, el crecimiento se sigue dando en el plano de su extensión a más y más países, que hasta ahora estaban libres de abortismo. En la actualidad la gran acosada sistemáticamente es Iberoamérica.

[22] ) La definición ética de la democracia y su fundamentación: diálogo, altruismo y libertad, tesis doctoral defendida en Roma en 1994.

[23] ) “La forma en que una sociedad se comporta en este conflicto, siempre expresa algo esencial sobre la identidad de una comunidad” (Historia del aborto).

[24] ) En el VIII Curso internacional de verano de bioética titulado “Bioética global: ciencia, religiones y derechos humanos en diálogo” (Ateneo P. “Regina Apostolorum”, Roma, 2009), el rabino jefe de Roma y médico Ricardo Di Segni y el filósofo y profesor de bioética islámica Dariusch Atighetchi (vid. Islam e bioetica, 2009, 317 p.) coincidieron en destacar la ingente diversidad de posiciones dentro de las bioéticas judía y musulmana. Cada uno por separado, también coincidieron en señalar, en contraste con la Iglesia Católica, la falta de un magisterio central actualizado en sus propias tradiciones religiosas como el origen de tal dispersión de respuestas ante los sucesivos desafíos de la problemática bioética. El experto islámico subrayó, además, el carácter “excepcional” de tal magisterio unitario católico en el marco de las grandes religiones. A nuestro parecer, la presencia de tal magisterio unitario, universal y actualizador es, antes que una causa, una consecuencia de otros planteamientos previos en el carácter y estructura de la apostolicidad histórica de la Iglesia. La unidad de criterios se manifiesta a través de un magisterio unitario, pero propiamente este magisterio o enseñanza no crea la norma. Todas las demás grandes confesiones religiosas tienen también su enseñanza actualizada o magisterio, pero está muy dividido o atomizado. En todo caso, otra razón de fondo de esa enorme dispersión judía e islámica es el escaso o nulo recurso en bioética a la mera razón humana o natural en ambas tradiciones religiosas semitas. Todas las exposiciones de los dos insignes expertos se remitían exclusivamente a las propias fuentes sagradas. El profesor Atighetchi subrayó que en los más de cincuenta Estados confesionalmente islámicos se evita incluso el mostrar razonamientos naturales al margen de las fuentes jurídico-teológicas islámicas. Vimos, además, que en ambas tradiciones se apela a argumentos científica y filosóficamente desfasadísimos. Así, en base al Talmud, en el judaísmo rabínico se espera cuarenta días de embarazo para reconocer una clara y definitiva protección al nasciturus, cuya pérdida nunca se equipara a la del niño nacido. En el islam se espera al día ciento veinte, en el que se insuflaría el alma. En sus amplias exposiciones lo más significativo fue que ninguna de las dos tradiciones semitas mostraron sin fisuras una neta defensa de la vida. En cambio, es habitual que en bioética los expertos de cultura católica abunden en los argumentos filosófico-científicos propios de un humanismo universal que no ceden ante ninguna agresión utilitarista contra los seres humanos más débiles. Con todo, frente al ilimitado extremismo del abortismo laicista y generista, y desde una equilibrada laicidad y un mínimo respeto a la naturaleza humana, musulmanes, judíos, cristianos y demás humanistas podemos y debemos unirnos para proteger a los más indefensos desde el seno materno hasta la muerte natural. Lo corroboraron ambos ponentes.

[25] ) Sin embargo, su menor unidad operativa, doctrinal, cultual y espiritual también se resiente en la menor contundencia de su acción y testimonio conjuntos por la vida. Una clara falla ético-antropológica en las doctrinas habituales de ortodoxos y protestantes se da en su permisivismo incauto y acomodaticio ante la contracepción artificial masiva. Un sólido estudio sobre la ortodoxia bizantina a este respeto lo tenemos en Basilio Petrá, La contraccezione nella tradizione ortodoxa (Forza della realtà e mediazione pastorale), 2009, 133 p.. “Fuerza de la realidad” es un eufemismo muy repetido en el libro para reconocer que son tantos los ortodoxos que utilizan la contracepción, que ya no se puede desestimar o rechazar, “aunque no sea el ideal”. “Mediación pastoral” es otro eufemismo que apunta a la pura casuística que aplicaría cada director espiritual. Pero es un dato de ciencia social que en la medida en que se propagan la mentalidad y la práctica contraceptivas en una población, se mantiene o crece la mentalidad antinatalista y el aborto. Un buen estudio que desmiente que la contracepción reduzca el aborto, es el de Renzo Pucetti, “Does contraception prevent abortion?. An empirical analysis”, en Studia Bioethica, Roma, vol. 1, nº 2-3, 2008, pp. 133-141. Además, el contexto relacional de amor y espiritualidad, tan importante en la procreación, suele verse alterado. Esto enseñó también un gran maestro de humanidad no cristiano como Gandhi (vid. sus textos publicados en India en Wisdom for all times, Mahatma Gandhi and Pope Paul VI on Birth Regulation, 1978, 45 p.). Y, entregados al consumo o al consumismo de los medios artificiales anticonceptivos, los mucho más humanos métodos naturales de regulación de la paternidad responsable como el Billings caen en total olvido o desconocimiento.

[26] ) Esto no se confunde con que no podamos aprender también de textos de diferentes confesiones o credos, ya sean religiosos, filosóficos o políticos. En todo caso, cualquier texto valorativo se redacta desde unas coordenadas, premisas y creencias. No existe un limbo de neutralidad. Es suficiente ser sincero y argumentar del modo más imparcial y objetivo posible. Y, a poder ser, que la única “parcialidad” sea la de optar preferentemente por los más pobres e indefensos. No tengamos, pues, inconveniente alguno en recomendar la lectura de una encíclica contemporánea y centrada en la defensa y promoción de la vida humana naciente y menguante como es “Evangelium vitae”, de Juan Pablo II. Obviamente, este texto del papa polaco hunde sus raíces en el respeto a la ley natural y en las enseñanzas amorosas de la Biblia. Igualmente podemos recomendar “Bioética cristiana (Una propuesta para el tercer milenio)”, del biólogo y pastor protestante Antonio Cruz (2003, 476 p.). Ampliando horizontes, también nos congratulamos de la actividad de asociaciones como: la Liga de ateos y agnósticos providas (http://www.godlessprolifers.org/home.html); la de anarquistas providas (http://www.l4l.org/); la de feministas providas (http://www.gargaro.com/lifefem.html); y la Alianza provida de gays y lesbianas (http://www.plagal.org/).

[27] ) Véase, por ejemplo, el conocido testimonio del Dr. Bernard N. Nathanson: "Yo practiqué cinco mil abortos" (http://www.vidahumana.org/vidafam/aborto/nathanson.html). Como ejemplo de burda manipulación abortista cabe mencionar un editorial de “El País” (21-X-06). Al respaldar el negocio de empresas abortistas españolas ante el nuevo referéndum portugués sobre el aborto, alega las habituales cifras desorbitadas de muertes por “abortos inseguros” y sintetiza así las dos posturas: “yo soy dueña de mi vientre” frente a un tosco “abortar es pecado mortal”. Aunque se sea abortista, hay que respetar la inteligencia del lector.

[28] ) Estas comparaciones son insoportables para los que tienen la profunda mala conciencia de apoyar el abortismo con diversas excusas “bien intencionadas”. Pero el hecho es que como el mar engulló Nueva Orleans en el país más poderoso del mundo actual, así el abortismo hipoteca y hunde todo nuestro futuro humano. Es un dato objetivo que el número de víctimas del 11-S viene a ser casi tan grande como el número de abortos diarios en EEUU, mientras que el número de víctimas del terrorismo golpista del 11-M se acerca al de abortos diarios en España.

[29]) Alternativas como las que ofrecen el doctor y la señora Willke en “Abortion, questions and answers. Love them both” (pp. 296-325), ya traducido al español (obra citada).

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