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30/12/2009 - Cultura
'Lluvia de albóndigas': un apocalipsis grasiento y alucinado
Aunque los valores de la película son correctos, algunas de sus animaciones pueden asustar a los niños
P. J. Ginés

En estas fiestas navideñas los padres con niños tienen que elegir títulos en el cine con los que contentar a los pequeños. Una opción de lo más extraña es "Lluvia de albóndigas", una película de dibujos animados por ordenador de Sony Pictures, que ha merecido adjetivos como "psicodélica", "bizarra", "abigarrada", "arriesgada" e "irresistible".
 
A mi hijo de 6 años la película le gustó y divirtió. A mí me dejó un poco perplejo: no es una obra aburrida para adultos, y tampoco tiene nada explícitamente malo para niños, y sin embargo hay tantas imágenes extrañas que quizá haya niños que puedan sentirse asustados o perturbados.
 
La película está inspirada en un libro para niños escrito por Judi Barrett, titulado "Cloudy with a chance of meatballs" ("Nuboso con posibilidad de albóndigas"). En el libro, un científico intenta resolver el problema del hambre en el mundo con una máquina. En la película, un joven genio, Flint, crea la máquina que fabrica comida a partir del aire y, por un pequeño error, la máquina sale disparada al cielo. Allí, creará lluvias de pizza, tormentas de hamburguesas, filetes, helados, tornados de espagueti... todo tipo de comidas.
 
El protagonista, que era un típico cerebrito despreciado por todos, pasará a ser agasajado por el ambicioso alcalde local y por toda la población, que, como en el cuento ruso del pececito de oro, pedirá más y más comida, cada vez más desperdiciada y menos apreciada, hasta que la máquina se estropee y llegue un apocalipsis que deja pequeño al 2012 de Emmerich. Donuts colosales, pollos asados titánicos, gigantescos trozos de pizza voladores y rastreadores, como cazas del Imperio de Star Wars... todo tipo de entrañables viandas se convertirán en hostiles amenazas.
 
Si se analizan los personajes sobre el papel, todo parece educativo. Por ejemplo, el chaval aprende a perseguir sus sueños, a no depender del "qué dirán los demás". Todos sus inventos, incluso los que parecían más absurdos, al final resultan ser útiles para salvar a la humanidad, igual que esos objetos mágicos y aliados que encuentran los héroes en los cuentos de hadas y usan al final para derrotar al ogro. (La única excepción sería la televisión con patas que camina, pero es muy divertido ver a esta televisión asaltar una tienda de electrodomésticos cuando llega el fin del mundo y llevarse al dependiente).
 
Flint enseña a la chica de la película a aceptar lo que fue en su infancia: una chica lista seducida por la climatología. Ella había rechazado su don para ser aceptada por la gente, había adaptado un look de "nena mona y tonta" y así le habían aceptado en el canal climático de televisión porque "al público le gusta ver a las becarias moninas".
 
Cuando todo el mundo tiembla bajo un ragnarok de grasas y calorías, un técnico de televisión ayuda a los protagonistas: resulta que el anodino personaje era médico, piloto, ingeniero... pero, como emigrante argentino, tenía que trabajar de lo que podía.
 
Y el padre de Flint, que parecía ser sólo un gruñón, todo cejas y bigote, incapaz de aceptar nada fuera de su tienda de sardinas, cuando ya están esquilmados los caladeros, resulta tener un gran corazón. ¡A pesar de que no sabe enviar un e-mail!
 
Así pues, los valores de la película son insistentes: todos tenemos algo valioso, muy valioso, a menudo escondido. También tu padre que no sabe de Internet. Por otra parte, la avaricia y la vanidad nos pueden llevar a hacer tonterías, y éstas pueden dañar a mucha gente.
 
El ritmo de la película es, a partir de cierto momento, vertiginoso, desencadenado, alucinógeno, febril... de nuevo, hace que 2012 parezca una película sueca de reflexión paisajística. Grasas extravagantes lo encharcan todo, como si las plagas bíblicas se convirtiesen en nutrientes, un castigo divino contra una civilización opulenta y narcisista. Uno sospecha que los guionistas (Chris Miller y Phil Lord, debutantes como directores) han visto algún cuadro medieval del infierno en que los pecadores de gula son condenados a comer hasta explotar y han querido multiplicarlo hasta lo exhuberante.
 
Por ese exceso de deformidad en algunos personajes, por imágenes como la de los pollos asados gigantes, no todos los niños deberían ver esta película. Pero si lo hacen acompañados por los padres, éstos le pueden sacar partido pedagógico.
 
 
 
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