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28/02/2012 - Opinión
La reforma educativa que estamos necesitando
Hay que acabar con la politización nefasta que ha convertido a la escuela no en un lugar de encuentro con la cultura y el humanismo, como debiera ser, sino en un lugar de adoctrinamiento donde priman los intereses ideológicos de los gobiernos de turno
Hoy más que nunca la figura del profesor necesita ser potenciada, la educación será lo que sean los profesores que la llevan a cabo
Ángel Gutiérrez Sanz

No hace falta conocer los informes OCDE y PISA para saber que la educación en España pasa por malos momentos. Los fallos de nuestro actual sistema educativo son tan clamorosos que saltan a la vista, baste recordar que el fracaso escolar anda rondando el 30%, solamente superado por Portugal. No hay otra salida, la reforma educativa debe hacerse, puede hacerse y es responsabilidad del Gobierno hacerla ahora que dispone de mayoría absoluta. Es una oportunidad histórica que no debiera desperdiciarse.

 

José Ignacio Wert, actual ministro, ya ha manifestado su intención de introducir unos cambios, tales como la sustitución de la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía por otra que pasaría a llamarse Educación Cívica. Reducir un curso de la ESO en beneficio del Bachillerato, permaneciendo la obligatoriedad de escolarización hasta los 16 años. Se piensa también en la modificación del Estatuto de Centros, orientada a recuperar la autoridad del profesorado y poner en práctica una mejor selección del mismo. Sin entrar en la valoración de estas medidas, lo que cabe decir es que me parece a todas luces insuficientes; pequeños cambios para que fundamentalmente todo siga igual. La situación es grave, no nos engañemos, y ha de ser tratada como conviene. A grandes males grandes remedios.

 

La reforma educativa que España necesita es de gran calado, para ello hay que comenzar por extirpar el cáncer, origen de todos males educativos que padecemos. Me estoy refiriendo a una politización nefasta que ha convertido a la escuela no en un lugar de encuentro con la cultura y el humanismo, como debiera ser, sino en un lugar de adoctrinamiento donde priman los intereses ideológicos de los gobiernos de turno. Todos debiéramos ser conscientes de que la escuela es de la sociedad y no del Estado, lo que convierte a las familias en protagonistas con derecho a decidir que tipo de educación ha de ser preferida, según reconoce la carta de los Derechos Humanos y el articulo 27 de la Constitución Española. Son ellas las que deberían refrendar el sistema educativo que consideren más adecuado a través de un referéndum con el que se pondría fin a las veleidades de los gobiernos de turno, que con tantas reformas y contrarreformas están volviendo locos a profesores y alumnos, acabando con la paciencia de los padres y provocando la indignación de todos los ciudadanos, sobre todo después de que los políticos hayan demostrado su incapacidad para llegar a un consenso educativo que garantizara un mínimum de estabilidad en materia educativa. En poco más de dos décadas estamos a la espera de la séptima reforma educativa en España y todo esto para que las cosas sigan de mal en peor. ¿Es esto serio?

 

A la politización de la enseñanza nos tenemos que remitir nuevamente cuando queremos encontrar una explicación del fracaso escolar y al bajísimo nivel de conocimientos alcanzado por nuestros escolares y universitarios. Fue un error político de planteamiento tratar de aplicar el principio de igualitarismo social al mundo de la enseñanza. Fue un disparate pretender medir a todos los escolares por igual. Como se viene demostrando, este principio político aplicado a la enseñanza acaba con la calidad de la misma. A todos los alumnos hay que darles las mismas oportunidades, esto es evidente; pero ello no significa que todos tienen que llegar a la misma meta, dadas las distintas capacidades de los alumnos. El igualitarismo académico sólo sería posible bajando el nivel de aprendizaje a grados ínfimos, es decir igualando a todos por abajo, que es lo que por desgracia ha sucedido, y no vale justificar esto diciendo que es preferible “el poco saber de muchos que el mucho saber de pocos” o que era necesario elegir entre una mala educación para todos o una buena educación para unos cuantos. No, no es esa la cuestión, de lo que se trata es de obtener los mejores resultados según las posibilidades de cada cual y esto solo se consigue aplicando criterios pedagógicos y no criterios políticos. A estas alturas todos deberían saber que uno de los grandes descubrimientos de la pedagogía contemporánea ha sido que los mejores rendimientos van asociados a la enseñanza personalizada, que es lo que los políticos ideologizados se niegan a reconocer.

 

Decir que el sistema educativo ha de estar presidido por una sana antropología debiera resultar una obviedad. La instrucción no es suficiente, es necesaria también la formación de la persona en todas su dimensiones. Cuando educamos hay que hacerlo teniendo en cuenta al hombre entero en toda su integridad. Cualquier reforma educativa hoy en España debiera comenzar por aquí. No podemos contentarnos con profesionales competentes, hay que enseñarles también a ser personas integras. Semejante obviedad no parece que lo sea tanto para muchos de nuestros legisladores. Desde la reforma de la LODE, los sucesivos sistemas educativos sólo parecen tener presente un modelo de ciudadano adornado con unos valores determinados, olvidándose de la persona que todo ciudadano llevamos dentro. En este sentido, el cambio anunciado de la asignatura de Educación para la Ciudadanía  por la de Educación Cívica  y Constitucional no me deja del todo satisfecho. Se sigue tomando al ciudadano como protagonista a quien se intenta adoctrinar en los valores característicos del sistema político actualmente vigente. ¿Y del resto de la persona qué? Más allá de la provisionalidad de las ideologías políticas del signo que sean, existe una Antropología avalada por la mejor tradición pedagógica que apunta al ser humano en toda su integridad, algo de lo que nunca debimos olvidarnos. En mi libro La Educación en su dimensión humana, editado por la Fundación Universitaria Española, se pueden leer estas palabras que encabezan el capítulo VI titulado ‘La Educación Integral’, pag 169: “la educación humana ha de dejarse sentir en todas las capacidades del hombre de forma coordinada y armónica. La educación afecta a todos los estratos del ser humano y está abierta a todas sus nobles aspiraciones, incluso a las trascendentes”. No hacerlo así es violentar la propia esencialidad del ser humano.

 

En otro orden de cosas, la Constitución Española de 1978 habla de un único sistema educativo común para todos los españoles, cosa lógica y normal. Lo que sucede es que la fuerza  política de las autonomías ha ido creciendo y ello les ha permitido configurar un sistema educativo ajustado a su medida. En el punto en que nos encontramos actualmente, sería difícil decir si en España hay un sólo sistema educativo común para todos los españoles o son diecisiete, con lo que ello supone de anarquía. Innecesario es insistir en la gravedad del problema, porque pienso que está en la conciencia de todos los españoles. ¿Por qué tanta diferenciación? No ciertamente en atención al interés pedagógico, sino en consideración a intereses políticos. Es evidente que detrás de los planes educativos autonómicos se mueven los hilos de la política, sobre todo en aquellas comunidades autonómicas gobernadas por partidos nacionalistas.

 

Uno llega a la conclusión de que han sido más los inconvenientes que las ventajas de una descentralización educativa que ha hecho olvidar valores humanos, culturales y artísticos enraizados en lo hispánico para quedarse con valores regionalistas que no siempre han servido para enriquecer nuestro patrimonio cultural, sino que también han traído división. Programas y contenidos se han elaborado con miras partidistas, acontecimientos históricos, incluso nombres de reyes varían según las Comunidades. El nivel lingüístico ha caído en picado a causa de que el castellano está postergado. Esto sucede en un momento en que los lenguajes tienden a internacionalizarse en torno a grandes núcleos lingüísticos como puede ser el español. El resultado es que generaciones de estudiantes autonómicos pueden salir perjudicadas. La prueba nos la brinda el Informe Pisa al comunicarnos que en el furgón de cola se encuentran el País Vasco y Cataluña por lo que se refiere a capacitación lingüística, en contra de lo que tradicionalmente venía sucediendo. Estos son los efectos de la politización. La situación es tan grave que, por sentido de la responsabilidad, el Ministerio de  Educación debiera reservarse el derecho de intervención en el caso de que los programas, el material didáctico o las prácticas en uso, después de serias advertencias continuaran no ajustándose a lo establecido.

 

Hablando de la reforma educativa, es obligado referirse al lamentable funcionamiento interno de los centros educativos. Las leyes previstas por la Constitución para regular la intervención de padres y alumnos y resto de personal en el control y gestión de los mismos no han contribuido a la mejora de la enseñanza. Los profesores han ido perdiendo prestigio y autoridad, los seminarios apenas tienen capacidad de decisión, los claustros carecen de la necesaria autonomía y el director ha visto recortadas sus atribuciones en el ejercicio de sus funciones. Los centros educativos que debieran ser ejemplos modélicos de disciplina y orden parece como si hubieran quedado a merced de un populismo más o menos incontrolado donde la anarquía, incluso la violencia, han hecho acto de presencia. Algo está fallando. Bien está responsabilizar a los alumnos y padres en el proceso educativo, concienciándoles de que les asiste unos derechos; pero también unos deberes. Los alumnos son los agentes principales de la educación, ¿quien lo duda? Por lo mismo, lo primero que tendría que hacerse es iniciarles en el ejercicio del esfuerzo, la disciplina y la responsabilidad. Los padres también tienen una misión importante que cumplir; pero sin intromisiones indebidas que puedan obstaculizar el proceso educativo. Su principal misión tanto en los consejos escolares como en las asociaciones de padres de alumnos debiera ser la de control y vigilancia para que los profesionales de la enseñanza cumplan con su sagrada misión de educar y educar bien. Esta es la cuestión.

 

Hoy más que nunca la figura del profesor necesita ser potenciada. No nos llamemos a engaño. La educación será lo que sean los profesores que la llevan a cabo. Después de haberlos seleccionado cuidadosamente, hay que dejar que sean ellos los que eduquen, porque se supone que son los que mejor saben hacerlo, sin crearles más dificultades de las que ya de por sí misma tiene la ingrata labor de educar. Es entonces cuando se les podrá exigir. Es ya hora de comenzar a reconocer que en materia de educación los profesores tienen unas competencias sagradas que deben ser respetadas por todos. Ello exige una revisión en profundidad de estatutos y reglamentos de régimen interno de los centros.

 

Quiero acabar por donde comencé y lo haré diciendo que no es la educación la que tiene que servir a la política, sino exactamente al revés. Ésta es la clave. Otra cosa es que haya coraje para ponerlo en práctica.

 

Ángel Gutiérrez Sanz. Doctor catedrático de Filosofía

 

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