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14/03/2012 - Familia
¿Hay algo peor para la familia que el divorcio? Sí, no casarse por miedo al fracaso
Occidente empieza a concienciarse de los horrores del divorcio, pero no cree ni apuesta por el matrimonio: se estanca en la falta de compromiso
Por miedo al fracaso, ni lo intentan... una sociedad de miedo al compromiso
P. J. Ginés

En Madrid (datos de 2011) las mujeres se casan a los 33 años, y los hombres, a los 35. En Estados Unidos, la edad de matrimonio está en torno a los 27 años, pero se va retrasando más y más.
 
La enseñanza tradicional en casi todas las religiones de que lo mejor es mantenerse casto y esperar al matrimonio para tener relaciones sexuales, por el bien de la pareja y de los posibles hijos, se hace más difícil en una sociedad que se casa a los 35 que en una que se casa con 21 años.
 
Y, sin embargo, muchos se enamoran profundamente con 18 o 20 años. ¿Cuánto pueden esperar a casarse? La realidad es que en Estados Unidos, primero, y poco a poco también en Europa, la sociedad se ha ido concienciando de los horrores del divorcio, con su reguero de niños dañados, de parejas peleadas, de efectos educativos nocivos, de secuelas emocionales...

Pero este miedo al divorcio no lleva a la gente de a pie ni a las instituciones a reforzar el matrimonio, a prepararse para luchar por crear uniones sanas.

Más bien el miedo al divorcio lleva a no luchar en absoluto: a no comprometerse. El divorcio es malo para la familia, pero el miedo a casarse por miedo a divorciarse es peor. Todo junto hace que el matrimonio retroceda. Las parejas o no se casan o esperan muchísimo a hacerlo... y mientras tanto les pasa de todo.

Un estudio de 2011 de la Cornell University mostró que dos tercios de las parejas que cohabitaban no se casaban por miedo al divorcio y sus heridas. Pero la ruptura de parejas que cohabitan también deja heridas.
 
La cohabitación no tampoco ayuda a los niños
 
También estas parejas cohabitadoras tienen hijos (y cuanto más retrasen el casarse, más hijos habrá fuera del matrimonio: en EEUU la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio, excepto cuando las madres han tenido educación superior).
 
Los hijos de parejas no casadas que se rompen también sufren mucho: por lo general, el padre desaparece de sus vidas casi completamente. Otras veces, como los hijos de divorciados, han de crecer rápido y aprender a tratarse on semi-parientes, hermanastros y familiares de la/s nueva/s pareja/s de mamá.
 
Lo mejor: casarse entre los 22 y 25 años
 
A las parejas jóvenes y enamoradas, que con pasión y entusiasmo se casarían jóvenes, se les desanima diciéndoles que los que se casan jóvenes fracasan matrimonialmente. Sin embargo, en el reciente libro "Premarital sex in America", de Mark Regnerus y Jeremy Uecker, se recuerda que esto solo es así para los que se casan MUY jóvenes. Más concretamente: los que se casan a los 21 años o después ya no entran en las estadísticas de mayor ruptura. Si la gente se casase con 21 años, en vez de con 35, no habría más divorcio del que hay actualmente. Y lo que es seguro es que habría más matrimonio.
 
Más aún, en "Premarital Sex in America" se analizan cinco encuestas sobre felicidad matrimonial y la conclusión es rotunda: los que se casaron entre los 22 y 25 años expresan más satisfacción conyugal en todos los aspectos que los que lo hacen más tarde. Casarse razonablemente joven es estadísticamente bueno y disminuye la etapa de exposición al sexo prematrimonial.
 
Maniáticos del control bajo la ilusión materialista
 
Eve Tushnet, en "The American Conservative" plantea que, al menos en Estados Unidos (pero podríamos aplicarlo a España) los jóvenes quieren tener sensación de control, de seguridad, de dominio del futuro... y esa sensación la quieren basar en lo material, el dinero. La forma de demostrar que podemos casarnos es demostrar que tenemos una magnífica economía con una boda de ensueño, carísima. Hasta las mujeres de menos ingresos, directamente pobres, asocian casarse con gastar mucho dinero en una gran boda. Cuanto más gastan en la boda, mayor es la sensación de que hay un verdadero compromiso entre la pareja, no como cuando simplemente convives... porque la cohabitación no se celebra con ningún gran gasto.
 
Pero esto no es celebrativo y gozoso, sino engañoso y muy materialista. Expresa confianza en el dinero... y hasta que no hay mucho, no hay boda, porque no hay control. Eve Tushnet reivindica sin embargo que "el matrimonio, como la paternidad, trata sobre todo de la aceptación, el perdón y la flexibilidad ante los cambios y los traumas". Es decir, voluntad de adaptarse a lo que venga... no falsa seguridad basada en un control que nunca existirá.
 
El miedo no basta; hace falta esperanza
 
Por último, saber que el divorcio es una solución desastrosa y que debe evitarse no es suficiente para generar una sociedad sana. El miedo no es un buen maestro. Es fácil imaginar una sociedad que sea cruel con los divorciados... y que al mismo tiempo genere miedo al matrimonio. Así, por miedo al divorcio se extiende el mito de que "es mejor cohabitar antes" (algo que han refutado mil estudios pero la gente sigue sin creerlo) y se podría llegar a castigar socialmente (con chismorreos, malas miradas, mala imagen) a los que viven noviazgos castos por no haber cohabitado. Igual que se podría castigar socialmente a los que se casan con 21 o 23 años. ¡Las conductas que favorecen matrimonios fuertes!
 
El miedo al divorcio puede llevar a que menos se casen, igual que el estigma contra los hijos fuera del matrimonio puede llevar a más aborto. Así, por miedo a dos cosas malas, se cae en otras dos que también lo son, o incluso peores. Estigmatizar no es buena solución por sí misma.
 
"Lo que la gente necesita es esperanza: saber que los matrimonios pueden perdurar, no porque los esposos fueron muy inteligentes en su inicio, sino porque pueden ser suficientemente amables y flexibles durante muchos y largos años tras la boda".
 

 

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5 Comentarios:
Barras
El miedo no,la prudencia a acabar debajo de un puente por falsas denuncias,a que te echen de tu casa,a que no puedas ver mas a tus hijos y a que seas manipulado como persona.Mucha soledad plantea esta sociedaad liberal.....triste pero es lo que pasa.
vicente becares
partamos de la base que la juventud no acepta la moral de la Iglesia en un 80 % ?, además alega que Dios nos ha hecho sexuados, por lo que consideran que hacer uso del sexo es lo más natural, contando que con la píldora y el "durex" se evitarán todos los problemas. quien puede casarse entre 21/25 años, el/la que a ido a la enseñanza profesional; los que han estudiado una carrera universitaria, con suerte la habrán acabado a los 25 años. unos y otros tendrán que encontrar trabajo, hacer prácticas los profesionales, masters los universitarios, etc, estos ultimos hasta pasados los 30 años no se casan. coincido con lo que se dice en otro comentario, lo de la cohabitación a prueba, no es típico de los países nórdicos, conozco varios casos, unos se casan y han ido bien, algún otro lo han dejado correr. tengo 66 años y a las últimas bodas que he asistido la mujer pasaba de los 35 y el varón de los 40, y es que no hay dinero.
Silveri Garrell
El único problema es la ausencia de vivencia y fe religiosa cristiana. Cuando ésta falta todo vale, tanto cohabitación como apareamiento como poligamia y demás. Es curioso que siempre se discute el porqué no se casan los jóvenes hoy día y casi nunca se hace mención de que "casarse" en cristiano significa vivir la Fe. El casarse por el civil no tiene merito ya que se puede deshacer en "divorcio expres". De una juventud descristianizada no podemos esperar que se vuelvan piadosos en temas matrimoniales.
María Rosa Gutés Pascual
Bueno, no sé si la edad es realmente un factor decisivo en el éxito del matrimonio, aunque me imagino que los que se casan jóvenes, no llevan el lastre de los fracasos anteriores, cuando los ha habido, y eso los debe hacer psicológicamente más sanos y resistentes. En todo caso, la cuestión decisiva creo que es más el tipo de educación afectiva que se ha recibido, que suele ser muy pobre cuando se proviene de familias rotas y desestructuradas (algo cada vez más extendido). Me temo, además, que por el tipo de sociedad en que vivimos (legitimación de todo lo que produce placer, rechazo a todo lo que no me da satisfacción, promiscuidad extendida y aceptada como normal), los jóvenes son cada vez más inmaduros y menos resistentes a las frustraciones. Yo recomiendo a los jóvenes que lean a Michel Quoist (Amor. El Diario de Daniel; o Háblame de amor) y a Enrique Rojas (El amor: la gran oportunidad; Una teoría de la felicidad; Los lenguajes del deseo, entre otros).
Francesc Martínez Porcell
Y yo añado: el miedo al compromiso, el miedo a vivir la sexualidad al alcanzar la mayoría de edad, el miedo a proclamarla en sociedad abierta a la transmisión de la vida. El miedo del hombre a rendirse por amor ante la mujer que le ha rendido el suyo.
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