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Las generaciones centrales de nuestra sociedad están literalmente consumiendo no sólo el presente sino también el futuro, de tal manera que los grupos más jóvenes van a encontrarlo terriblemente esquilmado. Cuando se dice que, por primera vez en la historia, los hijos pueden vivir peor que los padres en realidad se está formulando la siguiente constatación: los ‘padres’, en este caso como un concepto genérico que atañe a las respectivas generaciones, se han despreocupado del futuro de los ‘hijos’ anteponiendo sus deseos a las necesidades de aquellos. Aquí podríamos considerar las causas profundas, el cómo la cultura de la desvinculación está destruyendo a nuestra sociedad, pero esto alargaría de una manera extraordinaria e imposible el actual texto.
Este problema de falta de solidaridad es percibido desde muchas instancias, incluidas, como es lógico, las de carácter universitario, y abundan los estudios en este sentido. Quizá la política resulte poco sensible, y este es un grave defecto del sistema democrático. Los dirigentes, los partidos políticos, no apuestan a largo plazo porque saben que esto no tiene recompensa en votos. En el ámbito más académico, la respuesta que se da con mayor frecuencia al problema a mi me parece tópica y fruto de los lugares comunes. Se plantea con contenidos diversos el contrato intergeneracional como solución. No es nada más que una aplicación de este concepto genérico ilustrado del contrato social. Cuando una sociedad occidental no va bien y no se sabe muy bien qué decir siempre sale alguien formulando la necesidad de un nuevo contrato, en este caso entre generaciones.
Cuando se actúa así se está prescindiendo de una evidencia. Hoy los contratos sirven sobre todo para que sean rotos. El ejemplo paradigmático es el contrato por excelencia, el matrimonial, que vale muy poco y en el caso concreto de la legislación española absolutamente nada.
Carece de valor porque es el único que es posible romper unilateralmente por una de las partes sin que exija ningún tipo de responsabilidad. En realidad, el contrato no es nada más que una ficción jurídica que se basa en un determinado nivel de confianza previa. En otros términos, el contrato funciona mejor en la medida en que existe un mayor capital social, pero cuando éste es débil el contrato vale para muy poco.
Tanto es así que hoy en día los costes para blindar los contratos de todo tipo y naturaleza en el conjunto del funcionamiento económico de la sociedad, lo que en buena medida constituyen los llamados costes de transacción, poseen una magnitud económica extraordinaria. De ahí precisamente la ventaja de las sociedades con mayor capital social, porque éstas tienen unos menores costes de transacción, es decir, existe un mayor nivel de confianza previa.
Pero, si esta vía no funciona, ¿cuál es la que puede hacerlo? Claramente, la recuperación del compromiso, y esto significa la recuperación de la fuerza del vínculo; en otros términos, la recuperación de la comunidad, el sentirse miembro de una comunidad que está unida por vínculos muy fuertes. Una comunidad familiar, de memoria, de proyecto de vida, un conjunto de estos elementos; una comunidad de trabajo que tiene como elementos característicos alguno de estos elementos vinculantes, el deber, el honor y el amor, que a su vez se expresa de maneras multiformes.
La comunidad fue lo que permitió en el pasado que los agricultores no sacrificaran la fertilidad del suelo a una mayor renta presente, sino que limitaran ésta a través del barbecho, para mantener lo que hoy llamaríamos una agricultura sostenible. En definitiva, una agricultura que mantuviera su valor de cara a los descendientes. En el pasado, las comunidades, las que fueren concernidas por esta materia, eran capaces de plantar robles y encinas porque ya concebían esta acción no en términos de su beneficio personal, sino en el de sus descendientes. Los padres sacrificaban su consumo presente para que los hijos consiguieran estudiar en unas condiciones donde esto era mucho más caro y difícil que ahora. Los padres asumían que tener hijos era un compromiso para toda la vida, un deber y un amor de donación.
Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos
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