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28/03/2012 - La firma
Caminos de paz y diálogo
El emblemático trabajo de Francisco de Asís, en favor de la paz y del diálogo, motivó que en el año 1986 Juan Pablo II escogiera Asís para convocar a los líderes de las principales religiones
Antoni Pedragosa

A lo largo de la historia de la humanidad, siempre ha habido y hay personas que han tenido una afición especial, por la barbarie, la violencia y la guerra. Pero también es cierto que ha habido y hay personas, mas inteligentes, mas humanas, y mas generosas, que han trabajado y trabajan incansablemente para construir una cultura de la paz y del diálogo. Fue alrededor del año 1200, que aparece un personaje insólito. Un hombre que renuncia a sus riquezas y sorprende a propios y extraños con actos que la gente de su tiempo lo consideraba como auténticas locuras. Este hombre conoció la cárcel, a raíz de  unos disturbios, entre Asís y Perugia. Allí se dio cuenta que en la cárcel solo había gente pobre. Era la época de las "Cruzadas". A pesar de su linaje, Francisco, no sintió la solidaridad militar con los suyos, sino que corrió el riesgo de ir al campo adversario para hablar con el Sultan Melek el Kamel. Aquello que muchos de sus conciudadanos consideraban como una peligrosa excentricidad, no era otra cosa, que una profunda fidelidad al Evangelio, que nos propone siempre la paz y el amor a los otros sin mirar quien son o que creen.

Este emblemático trabajo de Francisco de Asís, en favor de la paz y del diálogo, motivó que en el año 1986, Juan Pablo II, escogiera esta ciudad italiana de Asís, para convocar a los líderes de las principales religiones, para orar juntos por la paz. Y tras este encuentro, se han sucedido otros, todos con el mismo objetivo. El último que recuerdo haber vivido, fue en Barcelona el año 2010. Al final se redactó un manifiesto que nos sirvió a todos como una profunda reflexión. La reflexión podía tener un carácter colectivo referido a la relación entre países y pueblos, pero también podía referirse a nuestra relación personal con los demás.
 
No podremos estar en paz con los demás, si primero no estamos en paz con nosotros mismos. Si nuestro corazón, si nuestra conciencia, no está pacificada, no seremos capaces de construir la paz a nuestro alrededor. Hemos de ser capaces de mirar de una forma nueva a los demás. Limpiarnos la mente y el alma de prejuicios. Hay que ir mucho mas allá. Y superar el criterio mezquino, de aceptar a este porque es de los míos, y rechazar a aquel, porque es de los otros. Cuando miramos con simpatía a aquel que tiene mis convicciones, y miramos con recelo a aquel que piensa diferente, no somos constructores de paz. Hemos de mirar el mundo como una gran familia de pueblos.
 
Nunca conseguiremos la paz, con la victoria de los unos, sobre la derrota de los otros. No podrá haber paz entre los pueblos, sin paz entre las religiones. Cuando usamos el nombre de Dios, para sembrar el odio y la muerte, estamos ultrajándolo. En un mundo plural y diverso, será necesario aprender el arte del diálogo. Solo con el diálogo, se mejora la calidad de la convivencia. Pero el diálogo a de ser siempre, de igual a igual. Nadie por encima de nadie. Si somos capaces de dar este paso, nos daremos cuenta que lo importante de esta vida, ni se compra ni se vende. ¿Cual será el resultado de este deseo  Oiremos voces que nos dirán que somos unos soñadores. Que la paz es una utopía inalcanzable. No importa. Hemos de estar convencidos que un mundo sin paz es un mundo sin futuro. Y sentir aquel sano orgullo de pertenecer al grupo de los que creemos, que el mundo puede ser mucho mejor.
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