De nuevo en Europa se plantea la regulación legal del matrimonio entre personas del mismo sexo. Recientemente, en Gran Bretaña, el Gobierno del conservador Cameron propugnó legalizarlo con la denominación “matrimonio”, mientras que en España el Gobierno de Rajoy no deroga la ley que en el mismo sentido se dictó durante la legislatura de Zapatero y espera ahora una resolución del Tribunal Constitucional. ¿Volveremos a debatir en España sobre el mal llamado matrimonio homosexual? Si lo hacemos, llegamos tarde. Sí, llegamos tarde porque el momento para un debate como el que se suscita debió de haber tenido lugar cuando en 1981 se propuso la introducción del divorcio.
Admito la sorpresa e incluso la lógica pregunta: ¿y qué tiene que ver el divorcio con el autodenominado matrimonio homosexual? Mucho. ¡Muchísimo! Ambas cosas tienen una misma raíz: el empleo de la norma civil para modificar la naturaleza del matrimonio. Ambas precisan de la manipulación del lenguaje a fin de que una palabra indudable—“matrimonio”— amplíe su significado a situaciones que un elemental sentido común indica que no son matrimonio. Y, en ambos casos, el efecto pedagógico de la ley cumple la perniciosa función de convencer a la sociedad de que las cosas pueden ser incluso lo que no son. Ya se sabe que el papel lo soporta todo, pero la naturaleza no.
La asociación entre divorcio y matrimonio entre personas del mismo sexo merece una mayor explicación. Durante siglos se admitió que el contenido del matrimonio —uno con una, para siempre y abierto a la vida— forma parte del ser del hombre, de todo aquello que no puede darse a sí mismo y que le viene propuesto por una naturaleza que le pide integrar su sexualidad en el ámbito del amor humano. Así fue hasta que los cambios culturales que trajo la revolución sexual presentaron al matrimonio como algo que forma parte del “hacer” o “hacerse” del hombre, de su ámbito de libertad. En las sociedades occidentales, la institución quedó desde entonces sujeta a un criterio político: el matrimonio será lo que apetezca a la mayoría social representada por un parlamento elegido democráticamente.
Con el divorcio, se introdujo el matrimonio temporal y, en consecuencia, desapareció de la ley el verdadero concepto de matrimonio natural, sustituido por una institución que, tal vez para hacerla comprensible, se ha seguido llamando “matrimonio”, pero que no puede serlo porque no casa. Y no casa porque no vincula definitivamente una unión cuya efectividad se condiciona al éxito de la convivencia de los esposos. El divorcio culminó un proceso de abandono de la naturaleza y su sustitución por algo distinto, pero legal, una especie de naturaleza social del ciudadano. Debió entonces debatirse con el divorcio lo que se pretende ahora con el matrimonio homosexual, es decir, si por ley es posible redefinir algo que está en la naturaleza de las cosas. Ese era el momento de decir que se estaba manteniendo el mismo nombre para algo que era diferente del matrimonio.
Desde entonces, la ley trata al matrimonio como cualquier cosa distinta que pretende llamarse igual. Así llegamos a la idea de matrimonio que hoy en día domina en todo Occidente: un certificado legal y reversible de convivencia entre ciudadanos, en género y número que determine la mayoría parlamentaria de turno. ¿Por qué ese empeño en llamar “matrimonio” a algo que realmente difiere de él? Porque el matrimonio es la respuesta de la civilización a la pregunta sobre el amor humano. Es la mejor respuesta, pero no la única. Pese a esta evidencia, la cultura occidental parece empeñada en hacer del matrimonio no ya la mejor, sino la única respuesta humana a la pregunta sobre el amor.
Esto explica esa obsesión por llamar “matrimonio” a cualquier unión con independencia de la condición de sus miembros. Pese a la actual ceremonia de la confusión, el auténtico matrimonio, ese que no precisaba de calificativos como “clásico” o “tradicional”, solo desaparecerá del planeta cuando lo haga el ser humano. Si de golpe desaparecieran las legislaciones matrimoniales de todos los ordenamientos jurídicos del mundo, sucedería lo mismo que si de repente se suprimiera toda regulación sobre paternidad y filiación. La naturaleza seguiría su curso y, en consecuencia, los humanos seguiríamos teniendo una natural tendencia a unirnos entre personas de distinto sexo con voluntad de exclusividad y permanencia y abiertos a la vida. No cabe duda de que brotarían matrimonios como las hierbas silvestres que nunca mueren, puesto que la supresión del derecho jamás llevará consigo la del hecho matrimonial.
El matrimonio tiene, además, una connotación propia y exclusiva. El matrimonio es el prestigio del amor. Eso es precisamente lo que está impidiendo que los humanos apliquemos un principio clave en la idea de progreso, que es el de distinguir toda innovación con un nombre también nuevo. Si el matrimonio es el prestigio del amor, puede percibirse como desprestigiada cualquier variación que no se denomine también “matrimonio”. ¿Pero ha de llamarse “matrimonio” a cualquier unión de dos que quieren convivir y que desean que se reconozcan determinados efectos a esa convivencia?
En el mundo del ciclismo, por citar un ejemplo, distinguimos con una sola palabra el triciclo, el tándem y el monociclo, diferentes todos ellos de la bicicleta, pero todos se mueven con dos pedales. En materia de amor, tan dada a propuestas individuales, cada cual quiere construir a su antojo su artilugio, pero —eso sí— que se llame “matrimonio”. Creativos en todo, menos en el lenguaje; ahora bien, alguien inventó “homofobia” y resulta que cuajó. Es que no hay como llamar a cada cosa por su nombre. En materia de amor, Occidente sufre “neofobia”, es decir, aversión al neologismo. La prueba es que seguimos llamando “matrimonio” a cualquier innovación amorosa que signifique convivencia. Mira que somos poco originales. Con lo que me gustan palabras como “matrivorcio” y “comprohomomiso”…
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