El actual debate sobre el aborto, desde la perspectiva de la nueva ley, ha de significar al mismo tiempo la posibilidad de plantear de una manera integral lo que debe ser una política pública favorable a la vida.
La primera cuestión que debe ser impulsada es el debate cultural, porque el aborto, por parte de quienes lo defienden, es considerado como una opción al mismo nivel que la maternidad y como derechos equivalentes el uno y el otro. Han declarado que mujer y madre ya no son relaciones necesarias. Esto, que desde el punto de vista de la racionalidad es un absurdo, se encuentra en el meollo del asunto y ha de formar parte del debate. Mientras esta losa no sea apartada el aborto gozará de predicamento en nuestra sociedad. En esta misma línea del debate cultural, hay que subrayar que hoy la sociedad no asume bien la maternidad. La mujer que tiene muchos hijos es vista con conmiseración y el tenerlos ya no es un premio sino que en muchos casos es visto como una carga. Naturalmente, aquí también hay mucho de contradicción, porque, al mismo tiempo que se produce esta circunstancia, se dan esfuerzos desesperados por parte de muchas mujeres para superar las limitaciones que la naturaleza les impone para ser madres, o que buscan en batallas incansables la adopción de un hijo.
La maternidad ha de ser vista como realmente es, como un punto máximo de realización de la mujer, y esto no es distinto de su significado para el hombre, aunque para ella tenga un valor mucho más profundo e íntimo. La mejor vocación del hombre realizado es la de padre. Ningún título, ninguna riqueza, puede suplirla.
La desaparición del feto y del embrión es una de las características del debate desde el punto de vista abortista. Todo queda circunscrito a la mujer como un ser aislado, incluso del contexto social. Ella sola decide sobre un aspecto sobre el que no existe ninguna otra consideración que su propio deseo, una manifestación más de la sociedad desvinculada, y el ser humano que no ha nacido no existe. Naturalmente, esto es una brutalidad conceptual y una ofensa a la razón, pero así se plantea habitualmente el debate. Hay que volver a reintroducir el embrión, el feto, en el centro de la cuestión, y esto es lo que parece que la ley que impulsa Gallardón va a producir desde el punto de vista legal.
Ahora bien, hay que acompañar esta cuestión desde la perspectiva de las ideas que presiden la formación de opinión en nuestra sociedad. Esta es otra de las batallas que deben de ganarse. Como también debe ganarse la batalla de aquellos que niegan toda consecuencia. El aborto es un acto sin consecuencias, sólo así puede mantenerse y defenderse. Naturalmente, esto es falso. Existen, son graves, negativas, tanto para las personas concernidas como para el conjunto de la sociedad. Y esto también ha de ser puesto de relieve.
En definitiva, las políticas públicas que debe impulsar el Gobierno han de ir en la dirección de restringir el aborto, pero también en la de revalorizar la maternidad, para que ésta deje de ser vista como una carga para la mujer y para las empresas. Pero, para que esto se produzca, deben darse dos condiciones. Primera, la de las leyes y los medios. Pero, también, segunda y decisiva, la de la aportación de razones y sentido que vuelvan otra vez a situar el llevar la vida al mundo como el acto más positivo con el que se puede contribuir a la realización de la propia vida y de la sociedad.
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