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La burguesía como grupo social empezó a configurarse hacia el siglo XIII, pero no sería hasta doscientos años después cuando eclosionó con fuerza, sobre todo en el norte de Italia, Holanda y en buena parte de Alemania. En España su presencia apenas fue perceptible con la excepción catalana, propiciada por Barcelona. Comienza así un proceso de substitución histórica del grupo social dominante, la aristocracia, que culmina con su práctica extinción como portadores de un proyecto político y cultural.
A finales del siglo XIX, y sobre todo en el siglo siguiente, se produce otra transformación revolucionaria: la burguesía se expande “hacia abajo” y surge la gran clase media. Este hecho acaba por destruir el pensamiento de Marx: el de un mundo polarizado entre una mayoría proletaria y una minoría burguesa propietaria de los medios de producción, con visiones enfrentadas de la vida. Este proceso, unido al consumo en masa, gracias a la creciente productividad, también permite la generación de un ahorro popular que acaba teniendo una presencia subordinada en la bolsa. Ha nacido el capitalismo popular. Todo este extenso grupo, que va de los menestrales y pequeños burgueses a la gran burguesía, comporta un determinado sistema de valores que pueden ser ejercidos gracias a las virtudes en las que son educados sus miembros. Las diferencias económicas entre sus heterogéneos componentes son considerables, pero les une una concepción semejante del mundo y del papel que se ocupa en él.
Pero, a partir de finales de los sesenta, se produce una gran ruptura cultural y moral, es lo que simbólicamente conocemos como Mayo del 68. Es una revolución cultural fruto de la acumulación de vanguardias contra la Modernidad presuntamente fracasadas: futuristas, dadaístas surrealistas, poetas beat, situacionistas, hippies, marxistas-freudianos, y demás revolucionarios contra la modernidad, explotan en un fracaso político y un éxito cultural. El resultado lo explica Charles Taylor en su extraordinaria obra, Orígenes del Yo, y que resumo hasta la caricatura pero sin traición al original: el estilo de vida propio de algunas minorías bohemias del siglo XIX es lo que caracteriza hoy a nuestra sociedad.
Han sido una parte de los hijos de la propia burguesía quienes, deseando explorar nuevas dimensiones hedonistas y narcisistas, en gran medida vinculadas a la libertad sexual, han desarticulado la tradición cultural, y renunciado a sus fuentes. Junto con ellos, otros componentes propios del Romanticismo, como el deseo de autenticidad, la subjetividad sin restricciones, y la convicción de que la realización personal significa solo y únicamente la satisfacción del propio deseo han contribuido a configurar el nuevo sistema de valores ahora hegemónico.
En esta dinámica, la burguesía se ha degradado hasta desaparecer en aquello que le daba sentido, una determinada visión del mundo y de la persona que proyectaba un liderazgo social y cultural, hoy en manos del dinero sin atributos y de los profesionales de la vida bohemia, desde los medios culturales y de comunicación. El resultado es una sociedad descuajeringada y en crisis, en la que crece la desigualdad y explota el sinsentido de nuestro tiempo.
Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos
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