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04/04/2012 - Documentos
30º aniversario de la guerra de Malvinas: “Salva su honor, bendice su bandera”
Este lunes, 2 de abril, se han cumplido 30 años del inicio de la Guerra de las Malvinas. Por su interés, reproducimos a continuación la homilía de monseñor Antonio Marino, obispo de Mar del Plata, en la invocación religiosa por el 30º aniversario de esa efeméride
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A treinta años del inicio de la gesta de recuperación de las Islas Malvinas, los argentinos hacemos memoria de aquellos hombres que participaron en el conflicto y ofrendaron sus vidas en defensa de la integridad de la patria. Al mismo tiempo honramos a los excombatientes que entonces se expusieron al riesgo de caer en el combate en cumplimiento de su deber.

 

Por encima de toda división de legítimas opiniones, la ciudadanía se unió en aquella oportunidad en un sentimiento común, que no se experimentaba desde hacía mucho tiempo. No se trataba tanto de opinar sobre el camino a seguir, cuanto de fortalecer la convicción de que no podíamos olvidarnos de un fragmento territorial de nuestra patria que permanecía irredento.

 

A pesar de tratarse de un operativo militar, según expresas intenciones, procuraron nuestros hombres evitar un inútil derramamiento de sangre. No obstante, el primer héroe en caer fue de nuestra parte, el capitán de fragata Pedro Edgardo Giacchino.

 

Casi un mes después, los ataques aéreos de las fuerzas británicas se generalizaron desde el 1º de mayo hasta el 15 de junio, fecha de la rendición firmada entre el Gobernador argentino de las Islas Malvinas y el Comandante de las tropas británicas.

 

La patria aportó el valor y la pericia de sus hombres, preparados por libre elección vocacional para defenderla. Pero también multitud de jóvenes que fueron reclutados según la ley para este momento de tensión y de riesgo. Muchos no regresaron nunca a sus hogares.

 

El hundimiento del crucero General Belgrano, el día 2 de mayo, con las 323 bajas de marinos argentinos, causó casi la mitad de las muertes de toda la guerra. Los hogares argentinos se vestían de luto, ante el modo inesperado del ataque.

 

Conocemos el desenlace de la guerra. La jerarquía eclesiástica acompañó entonces con su reflexión del día siguiente a la rendición, el 16 de junio, el momento de grave adversidad y fuerte prueba, procurando abrir un sendero de luz y de esperanza. Como muestra de solidaridad con los tristes acontecimientos, el Papa Juan Pablo II nos había visitado días antes, sabiendo que se avecinaban tiempos en que nos enfrentaríamos con una cruda realidad. En esa oportunidad nos dijo: “La universalidad, dimensión esencial en el Pueblo de Dios, no se opone al patriotismo ni entra en conflicto con él. Al contrario, lo integra reforzando en el mismo los valores que tiene, sobre todo el amor a la propia patria, llevado, si es necesario hasta el sacrificio…”

 

En el mismo documento ya citado de los Obispos, estos decían en su declaración unas palabras que mantienen vigencia: “Así como no es el caso renunciar al legado territorial que nos dejaron los fundadores de la Patria, tampoco podemos renunciar al anhelo y esperanza de constituir una nación grande y sobre todo justa en la trabazón de las reacciones internas, y como reflejo de esa justicia interior, también justa en su comunicación con los demás pueblos”.

 

Celebrar este aniversario en la catedral de Mar del Plata tiene un especial significado, dado que esta ciudad tiene muchos motivos para el recuerdo de la gesta. Numerosos excombatientes se hallan aquí presentes y seguirán conservando hasta el final la memoria de lo vivido. Dan gracias a Dios por haber conservado sus vidas y recuerdan ante él a sus compañeros desaparecidos. ¿Cómo olvidar a nuestros muertos, si ellos nos han representado y defendido?

 

Siempre será difícil el juicio moral sobre la guerra en determinadas circunstancias. Pero algunas cosas nos quedan claras.

 

Ante todo, como cristianos y católicos, oramos por los difuntos como nos lo enseña la fe de la Iglesia. No sólo por los que murieron en el combate, sino por aquellos que sufrieron duras secuelas una vez terminado el conflicto. Oramos además por sus parientes y familiares que los seguirán llorando y añorando.

 

Honramos también a los excombatientes, aquí presentes, y no olvidamos a los ausentes. Ellos nos ayudan a mantener en alto los ideales de recuperación de estas islas y los objetivos de nuestros justos reclamos.

 

Junto con el resto de los ciudadanos y con los gobernantes anteriores, actuales y futuros, reivindicamos nuestros derechos de soberanía sobre las islas que seguimos llamando Malvinas. Pero al mismo tiempo, reafirmamos la irrevocable decisión de elegir la vía pacífica y la negociación diplomática como medio de solución de un conflicto no cerrado.

 

También reafirmamos nuestra voluntad de diálogo y reconocimiento de los derechos de los habitantes de esas islas, quedando a salvo nuestra soberanía.

 

Quiera el Señor de la paz, en esta Semana Santa, derribar el muro de nuestras discordias y llevarnos a encontrar soluciones honrosas para las partes. Se lo pedimos por la intercesión de la Virgen de los Dolores.

 

Deseo concluir con las palabras de un conocido himno: “Cristo Jesús en ti la patria espera (…) Salva su honor, bendice su bandera, dando a su faz magnífico esplendor”. 

 

Monseñor Antonio Marino, obispo de Mar del Plata

Catedral de Mar del Plata, 2 de abril de 2012

 

 

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1 Comentario:
Juan Pablo
Triste. Es el mejor término que se me ocurre para calificar esta homilía. Soy argentino, tenía apenas 3 años cuando se desarrolló esta guerra y nunca he conseguido que mis familiares me explicaran qué pasó. Pero con el paso de los años he (y creo que muchos conmigo) podido abrir los ojos. ¿"Gesta de recuperación nacional"? ¿En qué mundo vive este obispo evocando la épica bélica? ¿De verdad queremos que nuestra Iglesia siga anclada en estos anacronismos? Nada de gesta, sino una agresión que no venía a cuento de nada más que justificar la existencia de un gobierno militar que, a falta de cualquier tipo de legitimidad, se lanzó a un vergonzoso discurso nacionalista y patriotero contra una potencia histórica como Gran Bretaña que, para más inri, estaba gobernada por una teórica aliada en la lucha contra el comunismo. ¿Sentido de la guerra? Nulo. Pero, además, ¿qué es eso de que "la patria" ofreció hombres preparados vocacionalmente? La patria no ofrece nada, los militares obedecen a un mando. Se entiende que el obispo quiera dar consuelo y sentido a aquellos que fueron a pelear, pero decir que fueron también "multitud de jóvenes que fueron reclutados según la ley" es repulsivo y doblemente vergonzoso. Porque obvia (o, peor, justifica vía eufemismo) el que se reclutaran a menores de edad sin preparación y olvida que por hechos como ese hoy en Argentina la desafección hacia el ejército es total en los jóvenes, que ni locos se plantean hacer el servicio militar. En fin, una homilía para olvidar.
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