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En el tipo de narración que estamos considerando siempre se suprime al Imperio Romano de Oriente, o se pasa por encima de un plumazo, lo cual es una omisión histórica brutal. La razón de este proceder es muy concreta: su existencia impide presentar al cristianismo como los destructores del conocimiento antiguo, en lugar de ser sus receptores y trasmisores como en realidad fue, desde el siglo IV hasta el XV, cuando otros musulmanes, en este caso turcos, lograron lo que no consiguieron los árabes, la destrucción de Bizancio.
El Imperio de Oriente, también en un tópico, reduce a la minima expresión la tesis de que fueron los árabes musulmanes quienes recogieron los restos de la civilización clásica griega y la trasmitieron a Occidente, cuando en realidad la conservación y desarrollo de esta cultura fue prima facie de sus herederos, los cristianos orientales. Los propios cristianos de Occidente a pesar de su fragilidad mantuvieron viva la cultura antigua en la medida de lo posible, sobre todo la latina, pero también en pequeña medida la helénica, porque hubo un importante flujo cultural del cristianismo griego al latino. Véase en este sentido una pequeña gran obra de Paul Vignaux del Fondo de Cultura Económica, El Pensamiento en la Edad Media, que ha continuado reeditándose desde 1938. Escribe: “en el siglo XII Paris parecerá la nueva Atenas. Los textos atestiguan que la Edad Media conservó el sentimiento de una transmisión cultural desde la Antigüedad. Alcuino, en sus De las Virtudes, le muestra explicando a Carlomagno que virtud, ciencia, verdad, valen lo mismo. ‘¿Y los filósofos?’. Ellos supieron que estas cosas pertenecen a la naturaleza humana y las cultivaron con extremo cuidado. ‘¿Pero entonces que diferencias hay entre tales filósofos y cristianos?’. La fe solamente y el bautismo. Los Cristianos solo se distinguen en el orden de la Gracia”. Este texto ejemplifica muy bien como se veían a sí mismos y contemplaban la tradición antigua en el Cristianismo latino, y deshace los estereotipos ideológicos que desde la Ilustración se han manejado, constituyendo un sistema de perjuicios que Jesús Mosterín resume a la perfección en su artículo.
La cultura clásica también se propagó entre los árabes musulmanes invasores a partir de la cultura cristiano siriaca autóctona, es decir que detentaba la cultura de los Antiguos. Así se produjo la culturización helenística de los árabes musulmanes por los cristianos de oriente, hasta que se consideró peligrosa su influencia y fue primero restringida y luego prohibida en el Islam, a partir del siglo XII. En ocasiones, antes, cuando los musulmanes ocupan Alejandría en el siglo VII, suprimen su famosa escuela filosófica neoplatónica que los cristianos habían mantenido.
Es un error histórico referirse al Islam de aquellos siglos iniciales como una cultura de la que emanaba fuentes del conocimiento que luego se generalizarían. El Islam inicialmente es la religión de las tribus árabes del desierto, cuyas capacidades artísticas, técnicas, y científicas eran mínimas. En sus brillantes conquistas militares, fruto de la fuerza unificadora del la religión, dominaron el territorio del cristianismo oriental y el occidental del Norte de África y de la Península Ibérica, así como el Imperio persa de los Sarsanidas. Es este sustrato, el de los pueblos conquistados, el que aporta las bases de la cultura helénica: filosofía, medicina, aritmética, geometría o ciencias naturales, que estas comunidades mantienen y propagan entre los árabes conquistadores, y se mantiene y desarrolla entre ellos durante unos pocos siglos.
Pero esa cultura no surge del mundo musulmán sino del cristiano, latino y oriental, que a su vez ha accedido a la tradición cultural de sus antiguos. La diferencia es que mientras la civilización cristiana acrecienta y desarrolla aquella tradición, en un continuo, el Islam simplemente la hace desaparecer a partir de un momento dado. Platón, tan vivo en la Cristiandad y hasta hoy en día, no deja rastro en el mundo árabe musulmán. Y en buena medida esta es la causa, por lo que no hay nada parecido a un Renacimiento clásico en él. Sobre estas cuestiones resulta imprescindible la obra de Sylvain Gouguenheim Aristóteles y el Islam. Las raíces griegas de la Europa cristiana, de la Editorial Gredos.
Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos
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