En su homilía del pasado Jueves Santo, el Papa respondía a un sector contestatario del clero de la Iglesia católica preguntándose, de entrada, si la desobediencia es verdaderamente un camino para renovar a la Iglesia. Entre sus profundas reflexiones, hizo notar que a Jesús le preocupa, precisamente, la verdadera obediencia frente al arbitrio del hombre. Así lo reflejó en su propia vida terrena (nuestro modelo y camino), a partir de su comunicación con el Padre, a cuya voluntad se sometió en todo.
Pero, Cristo también se refirió a la obediencia de manera insistente en el mensaje de la Divina Misericordia, que en los años treinta del siglo XX tuvo como destinataria y primera difusora a Santa María Faustina Kowalska. En el diario de esta santa se recogen las siguientes palabras de Jesús: “He venido para cumplir la voluntad de mi Padre. He sido obediente a los padres, obediente a los verdugos, soy obediente a los sacerdotes”. Si, como nos dice el Evangelio, “no ha de ser mayor el siervo que su amo”, ¿con qué autoridad algunos sacerdotes pueden pretender que la Iglesia se someta a sus opiniones? ¿Y por qué las suyas? ¿Cómo podríamos saber dónde reside la verdad si no fuera, precisamente, por la Iglesia que el mismo Cristo fundó? Recordemos que Thomas Moro dio su vida por mantenerse fiel al Papa y a la Iglesia. En cambio, ¿quiénes darían hoy su vida por Cristo, de los que ni siquiera están dispuestos a renunciar a sus propios criterios?
Contemplando el germen de la división en su propia Iglesia, entre otras realidades no menos dolorosas, Cristo quiso que el primer domingo después de Pascua de Resurrección se instaurara la festividad de la Divina Misericordia. La cual nos ha dicho que nace de la sangre y el agua que brotaron de sus entrañas al ser traspasado con la lanza, y que son fuente de vida y justificación de las almas. Para sumergir al mundo en la Divina Misericordia, nos invita a hacer una novena, iniciándola el Viernes Santo y contemplando los varios grupos de almas, entre las que se incluyen las de los “herejes y cismáticos”, calificados desde el Concilio Vaticano II como “hermanos separados”. Ellos, según sus propias palabras, “durante mi amarga Pasión, desgarraron mi Cuerpo y mi Corazón, es decir, Mi Iglesia. Según regresan a la Iglesia, mis llagas cicatrizan y de este modo alivian mi Pasión”.
En la festividad de la Divina Misericordia, según dice Cristo, “El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas”. Además, nos ha dado la imagen y la “coronilla de la Divina Misericordia”, pensando especialmente en la salvación de todos y prometiéndonos obtener, por su medio, gracias incluso inimaginables: “Ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús en ti confío”. “Me queman las llamas de la misericordia, las quiero derramar sobre las almas (y) las almas no quieren creer en mi bondad”. “Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como mi gloria”. “Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo a las almas pecadoras”.
Cristo derrama su infinita misericordia sobre todos. Pero, para ello, nunca recurre a la adulteración, o al relajamiento del mensaje del Evangelio, sino a los méritos de su Pasión. También dice Cristo, “…esta imagen ha de recordar las exigencias de mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil”. Aunque aclara, “Yo no recompenso por el resultado positivo, sino por la paciencia y el trabajo emprendido por mí”. Es decir, como también decía el Papa en su homilía del pasado Jueves Santo, “Dios no mira los grandes números ni los éxitos exteriores, sino que remite sus victorias al humilde signo del grano de mostaza”. A quienes le queremos y le seguimos nos pide, pues, que hagamos solamente lo que tenemos que hacer. El resto debemos dejarlo confiadamente en sus manos.
Nadie podrá negar que la obediencia a la Iglesia y, por tanto, al Papa se exige con mayor razón a los pastores de la Iglesia, y a los religiosos, a través de los votos. Pero también por el Diario de Santa Faustina sabemos, por boca del mismo Cristo, que la obediencia debe imponerse, incluso, a la razón guiada por la mejor voluntad; que es irrelevante que aquellos a quienes se debe obedecer puedan estar equivocados; que la obediencia es fuente de santificación, contrapuesta al propio arbitrio; y que tal es el valor de la obediencia, en sí misma, que la debida al superior y al confesor, en el caso de los consagrados, prevalece aun sobre la voluntad del mismo Cristo, si ésta fuera otra.
Así, en el Diario de la Santa leemos, por ejemplo, que Cristo le había mandado pedir una mortificación a la Madre superiora, y que denegándosela ésta, le dijo luego: “Estuve aquí durante la conversación con la Superiora y sé todo. No exijo tus mortificaciones, sino la obediencia”. En otra ocasión escribió Santa Faustina: “Se me ocurrió la idea de no tomar la medicina a cucharita llena, sino un poco a la vez, porque era cara. En el mismo momento escuché una voz: “Hija mía, no me gusta tal comportamiento, acepta con agradecimiento todo lo que te doy a través de tus superioras y de este modo me agradarás más”. Anotó también estas palabras del Maestro: “Justifica siempre dentro de ti la opinión de las superioras y del confesor”. En la misma línea, respecto de la dirección espiritual: “Jesús me amonestaba por el menor descuido y acentuaba que los asuntos que yo confiaba al confesor, Él mismo los juzgaba “y cualquier desobediencia frente a él me alcanza a Mí”; “… antepón su opinión a todas mis peticiones, él te guiará según mi voluntad; si no te permite cumplir mis solicitudes, quédate tranquila, no te juzgaré por ello; este asunto quedará entre Yo y él. Tú debes obedecer”. Asimismo, Cristo le dijo estas palabras: “Ninguna acción hecha de propio arbitrio, aunque te cueste mucho esfuerzo, no me agrada”. “Hija mía, has de saber que con un acto de obediencia me das mayor gloria que con largas plegarias y mortificaciones”.
En definitiva, ningún cristiano puede pretender ser más bueno que Quien es la Bondad infinita y fuente de toda bondad. Y si Cristo ha dicho, refiriéndose a la Divina Misericordia, que “muchas almas se salvarán y santificarán por medio de esta obra”, lo que no cabe es practicar la “bondad” por unos caminos que no son los que Él nos ha marcado y que, por tanto, no nos conducen a Él.
|
Identificarse
|


