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La mayoría de la población europea, por edad y por reflexión, no tiene una conciencia suficiente de lo que ha significado durante las últimas décadas el extraordinario proceso de unidad que se ha vivido. Los padres fundadores del mismo rompieron con un estado de cosas marcadas por el conflicto y el antagonismo permanente que dieron lugar a numerosas y grandes guerras europeas, especialmente desde el siglo XVII. El pasado nunca vuelve como una repetición mecánica, pero sí reaparece como gran tendencia y la Europa actual, aun considerando la diferencia en las circunstancias históricas, puede vivir un proceso de fragmentación ocasionado por la crisis, la forma inadecuada de abordarla y las tensiones sociales que se generan. De hecho, no sería nada extraño que lo que llamamos posmodernidad, o modernidad decadente, o ‘sociedad líquida’, sea en realidad la sociedad de la desvinculación, caracterizada por la incapacidad de las personas y las instituciones que se han dotado de mantener vínculos fuertes como acto de voluntad o simplemente como hecho asumido y vivido sin más.
Este proceso desvinculador que atomiza a las comunidades y las fragmenta, que se manifiesta de manera específica en el campo religioso bajo el nombre de secularización, no tiene por qué hacer una excepción con Europa. El desarrollo brutal de la subjetividad, la pulsión por la satisfacción del deseo personal sin mayores consideraciones, se han convertido en una categoría política y esto lógicamente debe traducirse en el proceso europeo. Si esta dinámica no se frena, agitada por la crisis y por los partidos que ven la solución en la ruptura europea podemos terminar mal, francamente mal. Lo grave del caso es que no se ven fuerzas capaces de contrarrestarla. Merkel, en lugar de continuar el papel vertebrador que Alemania ha venido realizando después de la II Guerra Mundial, está inyectando más gasolina al fuego por su incapacidad de comprender la realidad. Los partidos socialistas han demostrado hasta la saciedad que simplemente son unos pequeños agitadores que, cuando alcanzan el poder, lo único que consiguen es profundizar más en la crisis. El Partido Popular Europeo es un ensamblaje débil y poco cohesionado que en nada se parece a la Unión Europea democratacristiana de los años 50 y 60, que fue en definitiva quien vertebró Europa. También la socialdemocracia, pero sobre todo la visión y el empuje de Schuman, De Gasperi, Adenauer y de sus más inmediatos sucesores.
¿Qué le queda a Europa? En realidad le queda mucho, según como se mire, o muy poco. Todo depende de cómo se valoren las actuales instituciones transnacionales. Sobre todo lo que le queda a Europa es la Iglesia y el cristianismo, pero hasta ahora ella tampoco ha sabido encontrar ni propiciar un interlocutor válido en el campo político y social. La Iglesia no ha sabido llenar el vacío que la atomización de la democracia cristiana produjo, ni la desaparición de los sindicatos del mismo signo. No se trata de remendar el pasado, pero sí de poner sobre la mesa la inexistencia de un instrumento político potente a escala europea, que quiere decir también a escala de los estados miembros, que sea capaz de recuperar el sentido de unidad que solo el cristianismo sabe aportar de una manera conciliadora y pacífica.
Desde España esto se puede ver de una manera extraña, porque es uno de los pocos países que nunca ha tenido un gran partido democratacristiano. Por lo tanto, esta historia europea puede resbalarle en buena medida. Sería un error, porque precisamente esta desemejanza no es nada más que un elemento que señala junto a otros muchos que España permaneció alejada de Europa durante mucho tiempo; también su Iglesia. Los dos últimos Papas han lanzado reiteradas llamadas para recuperar las raíces cristianas de Europa, para decir que la identidad europea bebe en el cristianismo. Quizás ha llegado el momento de pasar de la Pastoral, de la Filosofía, de la Teología a la acción política.
Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos
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