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30/04/2012 - Cartas de los lectores
El sacramento del matrimonio
Miguel Rivilla San Martín

No gastaré mucho esfuerzo en explicar un hecho cierto y contrastado. Cada día se percibe son menos las parejas que por libre decisión y sobre todo por motivos de fe, deciden casarse por la Iglesia. Para los pastores y responsabilidades de las comunidades cristianas en parte, les debería quitar el sueño tan dolorosa situación, que conduce, al indiferentismo, a la nueva descristianización y pérdida de valores trascendentes en las familias, sociedad y en el ámbito global. Sería interminable, intentar y analizar con detalle la diversidad y multiplicidad de las causas y remedios, a esta situación actual.

Me fijaré solo en algún aspecto de la preparación y celebración de este sacramento, que espero, sin pesimismos, que puedan y deban atajarse para el bien de todos. Partiendo de la dura realidad, tan difícil de cambiar, no se puede ignorar lo siguiente: -Gran parte de las parejas que vienen a casarse, no solo ‘en’, sino ‘por’ la iglesia, carecen de una adecuada instrucción y formación religiosa y cristiana, que les lleva a ignorar hasta lo esencial de su fe. - La mayoría de estos novios viven, han vivido y convivido en pareja, como algo natural sin plantearse problemas de conciencia. Sus padres son “sabedores”, “consentidores” y a la vez se sienten “impotentes” y “desfasados” ante esta situación de hecho social. -Tales parejas están llenas de serios prejuicios de toda índole, contra los curas, los obispos, el Papa y contra los que son fieles practicantes de la Iglesia, sin excluir a sus mismos padres y parientes cercanos. ¡Dura tarea la de quitar los prejuicios arraigados! -Muchas de estas parejas guardan una fe muy infantil, difusa y confusa -aunque raras veces negativas- sobre la figura de Jesucristo. Buscan con avidez seguridad para su vida presente y futura. Siempre les resulta atractivo el conocer más y más a Jesús, tal como lo cree, enseña y vive la fe de la Iglesia. - En el tema de la sexualidad y de la natalidad se muestran reticentes, contrarios y sobre todo cuesta hacerles comprender que el matrimonio cristiano debe estar abierto siempre a la vida, que por voluntad de Dios es indisoluble y para siempre.
 
Ante este panorama un tanto desolador, hay que concluir que los cursillos previos a su boda son algo no solo necesarios, sino imprescindibles, para bien suyo y de la misma comunidad eclesial. Que son en verdad como un remedio paliativo para enfermos en situación crítica y pretender vivir en plenitud y felicidad la vida que tienen por delante. Así son y así vienen gran parte de las parejas de novios que piden y quieren casarse ‘en’ o ‘por’ la Iglesia.
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