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Nuestra vida es eterna desde el momento de su concepción. De ahí el anhelo humano de eternidad. Su naturaleza experimenta un cambio de estado al que llamamos muerte. Hasta llegar a ella, nuestra experiencia habitual está limitada por la percepción de cuatro dimensiones en las que estamos constreñidos; las tres que definen el espacio; y el tiempo. La muerte significa el fin de esta limitación. En la nueva fase, el espacio y el tiempo dejan de tener sentido, no existen “lugares” ni “momentos”. La muerte no separa ambos estados de manera absoluta.
El ser humano tiene percepción de su condición eterna y puede gozar de instantes de eternidad en la mística religiosa sobre todo, pero también en el amor de donación, en la belleza de la manifestación artística, de la naturaleza, incluso en un particular hallazgo, o contemplación científica.
El cambio de fase comporta la idea de un juicio, del reconocimiento del bien y del mal practicado. Este juicio, el de Dios, es en realidad el resultado de la propia conciencia, radicalmente sincera de como hemos vivido la vida, que se produce con la muerte. Es así porque la creación significa que Dios ha otorgado la individualidad y autonomía a la criatura humana, haciéndola responsable de si misma. En realidad Dios no nos condena; lo hace lo que hemos hecho, que en la ausencia del tiempo, que ya no existe, queda fijado para siempre. Es lo que llamamos eternidad. Esta percepción absoluta podrá ser beatífica, feliz, y es lo que llamamos cielo, u horrible por el daño cometido por acción u omisión, y es el infierno. Ya lo advertía Macario el Grande: “El abismo está en tu corazón, el infierno en tu alma”. El infierno es descubrir que a causa de nuestra falta de amor hacia Dios, y hacia los demás, te encuentras en el peor de los males: la soledad, una negra, infinita, inacabable soledad. Solo, vacío, grito silencioso de desesperación surgido de una doble y perfecta conciencia, la del mal practicado, y que la felicidad, ahora inalcanzable, podías haberla logrado. Bastaba con asumir la gracia de Dios en lugar de rechazarla, y actuar de acuerdo con ella.
La tragedia de este llegar tarde es la que narra la parábola del rico y el pobre Lázaro en el evangelio de Mateo (16,19). Quizás la pena no sea eterna, porque nadie conoce el significado último del amor y la justicia de Dios, pero en todo caso sí es subjetivamente interminable.
Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos
(Publicado en La Vanguardia el 11 de junio de 2012)
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