Ustedes nos perdonarán pero estamos empezando a cansarnos de tanto lugar común, de tantos comentaristas verbales, visuales o escritos, de tanta opinión popular que se apunta a la tesis entre nosotros, el pueblo, ‘los buenos’, y ellos, los políticos, ‘los malos’, como si estos políticos surgieran de debajo de una col o los trajeran de París.
Creo que fue Samuelson, el Nobel de Economía, quien dijo que el problema no son los elegidos, que a fin de cuentas se les puede cambiar, sino los electores, que es imposible modificarlos. Nosotros añadimos que cambiarlos no es posible, pero que se cambie cada uno a sí mismo sí lo es porque la verdad y la realidad es esta.
Los políticos que vemos, porque están en la primera línea de la escena, responden a unos partidos que están formados por decenas y centenares de miles de personas, que a la vez están articulados con millones de votantes fieles. Queremos decir sólo aquellos que los votan una y otra vez en las elecciones. Todo esto constituye una red muy grande de este país y hay que preguntarse qué es lo que hacen mal estas grandes redes para que el resultado político sea tan nefasto. Pero, si formulamos la pregunta, automáticamente nos damos cuenta de que es una cuestión que interpela a todos y cada uno de los ciudadanos implicados en ella, poco o mucho, que tienen el carnet de éstos o de los otros. Una cifra, repitámoslo, de millones de personas. Y si pasamos a los sindicatos nos encontraremos con algo parecido, hay decenas de miles de delegados sindicales, de liberados, y millones de votantes. Si los sindicatos no responden a las expectativas, alguna cosa debe fallar, como mínimo de pasividad, de indolencia o de ignorancia por parte de todos aquellos que están comprometidos.
Desde aquí nos desplazamos hacia los empresarios y sus organizaciones profesionales, incluidas las cámaras de comercio. También podríamos desempeñar una reflexión semejante, y no sólo eso, la propia Iglesia, las miles y miles de comunidades parroquiales, los centenares y centenares de asociaciones, movimientos, grupos, la cantidad de congregaciones religiosas, el número de diócesis con sus obispos al frente: ¿qué están aportando toda esta ingente cantidad de personas teóricamente muy socializadas? –en la práctica también contaminadas por la desvinculación- que además cuentan con la ventaja, al menos teórica, de disponer de un cuerpo de pensamiento de la Doctrina Social de la Iglesia, que aporta criterios para una opción común. ¿Qué está haciendo tanta gente? Y de ahí podríamos pasar a nuestras escuelas: ¿cuál es la conciencia cívica que se está forjando en estos momentos de dificultades?, ¿qué cultura del esfuerzo, de la participación, para resolver los problemas comunes, para ver que el cainismo no es una respuesta, se está dando la escuela? Y, en último término, que en realidad es el primero, en las propias familias: ¿qué hacen las familias que no soportan la crisis, que en realidad viven exactamente igual, un poco arriba, un poco abajo, que antes que ésta sucediera?, ¿cómo manifiestan su respuesta práctica a las desgracias y sufrimientos que afectan a tantas personas?
Todo esto no se resuelve con un programa de televisión, como hizo TV3, un modelo de este pensamiento emotivista que también es producto de la desvinculación, se resuelve con actitudes coherentes y virtuosas de todos y cada uno de nosotros. Tenemos los políticos, los sindicalistas, los banqueros, los responsables que nos merecemos, ni más ni menos. Hasta que no reconozcamos esto y seamos capaces de trabar complicidades que se puedan traducir en cambios en pos de las virtudes cívicas que deben impulsar la acción colectiva, nuestra situación será mala. Pero todos, en una medida variable evidentemente, tendremos nuestra parte de responsabilidad.
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