Podemos sentirnos en buena medida desolados ante el alud cotidiano de informaciones que señalan no sólo la extensión de la corrupción en las instituciones políticas y financieras, es el caso de las cajas, sino también aquellas corruptelas, aquellos comportamientos, que sin ser propiamente delitos revelan una escasa sensibilidad por la forma de abordar el bien común, por la manera en que se utilizan los recursos públicos. Muestran actitudes que permiten constatar como demasiadas personas, al alcanzar un determinado cargo, asumen con facilidad que éste es procurador de privilegios que toman como algo normal.
Al afirmar esto, no somos robesperianos, nada más lejos de nuestra voluntad. Es evidente que las personas que ejercen determinadas responsabilidades públicas tienen el derecho, incluso derivados de la necesidad, de desarrollar sus actividades en determinadas condiciones. Han de vivir y disponer de unas determinadas facilidades, porque así lo exige precisamente el buen servicio que han de prestar a la institución, es decir a todos nosotros. Pero esto, que es perfectamente compatible, no puede incurrir en el abuso, en la irresponsabilidad, y no digamos ya en el delito. La reflexión a que nos conduce todo ello es que la respuesta no está en si son galgos o podencos políticamente, en si son blancos o negros. Todos participan de manera parecida. Esto es tan evidente que no hay ningún grupo que alce el dedo diciendo: “no, los corruptos son los otros”. Porque el nivel de contaminación es tal que por una mínima vergüenza nadie se atreve a realizar tamaña afirmación por el descrédito en que incurriría.
Pero, situadas así las cosas, ¿qué se puede hacer? Pensamos que la respuesta es clara. Todo esto sucede porque el servicio público, la política, la magistratura, todo aquello que se relaciona con la prestación directa del bien común, se viene desempeñando ante la ausencia de una exigencia por parte de los ciudadanos. La de que quien lo desempeña sean hombres y mujeres virtuosos. No puede haber honradez sin hombres honestos, verdad sin personas verdaderas, y así podríamos seguir sucesivamente. Las virtudes son prácticas buenas que permiten la realización de determinados valores.
Nuestra sociedad ha expulsado prácticamente el concepto, no digamos ya la exigencia, y la consecuencia es el desorden moral en el que vivimos. Todo esto nos está costando muy caro, demasiado caro. O sea, al menos por egoísmo todos, tirios y troyanos, blancos y negros, y también aquellos que son la mayoría que no tienen ningún color, deberían pasar de la indolencia a la exigencia virtuosa de los demás y de sí mismos para convertirse en personas dotadas de virtudes para el ejercicio de las responsabilidades públicas.
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