Francesc Martínez Porcell
“A falta de un principio general tomamos a veces un hecho que no tiene más verdad y certeza de la que nosotros le otorgamos. ¿De dónde tantos sistemas para explicar los fenómenos de la naturaleza? De una suposición gratuita que el inventor del sistema tuvo a bien asentar como primera piedra del edificio. Los mayores talentos se hallan expuestos a este peligro siempre que se empeñan en explicar un fenómeno careciendo de datos positivos sobre su naturaleza y origen. Un efecto puede haber procedido de una infinidad de causas; pero no se ha encontrado la verdad por sólo saber que ha podido proceder, es necesario demostrar que ha procedido. Si una hipótesis me explica satisfactoriamente un fenómeno que tengo a la vista, podré admirar en ella el ingenio de quien la inventara; pero poco habré adelantado para el conocimiento de la realidad de las cosas.
Este vicio de atribuir un efecto a una causa posible, salvando la distancia que va de la posibilidad a la realidad, es más común de lo que se cree, sobre todo cuando el razonador puede apoyarse en la coexistencia o sucesión de los hechos que se propone enlazar. A veces ni aun se aguarda a saber si ha existido realmente el hecho que se designa como causa; basta que haya podido existir y que en su existencia hubiese podido producir el efecto de que se pretende dar razón”.
Así empieza el apartado VI del capítulo XIV acerca de El Juicio de la obra El Criterio escrita por el presbítero catalán D. Jaume Llucià Antoni Balmes y Urpià (1810-1848), nacido en Vich (escrito con ‘ch’ en la lengua secular catalana antes de ser reinventada en el siglo XX por un médico llamado Pompeu Fabra). Tal vez por la preeminencia que otorgamos a nuestra libertad de pensamiento para razonarlo todo, colocamos a ésta como razón última para explicarlo todo. Sin necesidad social requerida de demostrar nuestras afirmaciones, colocamos a éstas como fundamento irrebatible en todo lo opinable, después de otorgar la característica de opinable a casi todo. Sustituimos la certeza y la evidencia por un criterio propio. Hasta cierto punto es aceptable que así sea en una época en las que las categorías de verdad y razón se han sustituido por las de opinión y suposición en todo y a todos los niveles.
Ese modo de proceder tiene su lógica en el ámbito de las ciencias. Han avanzado de este modo. Ahora bien cuando trasladamos esto al pensamiento epistemológico en nuestros razonamientos metafísicos, teológicos y políticos se llegan a conclusiones categóricas que pasan por irrefutables. Si además la opinión verbal y escrita parece no tener límites de razón o sumisión a la Sagrada Escritura, acaba formulándose como verdad objetiva la opinión expresada por cualquiera de nuestros congéneres, empezando por la propia, aunque no se exprese en periódicos, libros o programas de televisión, ni tan siquiera a nuestros familiares y vecinos. Basta con sus visos o apariencia de seriedad en base a las denominadas libertades de pensamiento y expresión ajenas o no al menos común de los sentidos, el sentido común.
La tertulia amable queda arrinconada, menospreciada. Corremos el peligro de no querer ni necesitar aprender nada de nadie. El diálogo ya no nos estimula como factor convivencial con actitud de escucha activa. Nos miramos en la prepotencia del propio ombligo tentados en la senda de la insolidaridad con apariencia de amabilidad. No hablo de otros. Hablo por mí. He necesitado algunos años de vida para no cuestionar que vivir consiste en eso. En redescubrir las verdades de siempre, las formuladas en el pensamiento de la antigüedad griega y desarrolladas políticamente por Roma a pesar del paganismo de ambas civilizaciones. Asumidas luego en los cenobios iluminadas por la Verdad del Evangelio con ellas se ha edificado nuestra Civilización secular. La Modernidad la cuestiona al sustituir el realismo de la Verdad demostrada por meras posibilidades gratuitas afirmadas anónimamente o sin mojarse en ellas del nuevo orden que pretende edificar con las mismas. Con imposiciones de opinión y mi resistencia natural a darles crédito de racionalidad.