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10/07/2012 - Religión
“Los milagros no son exhibición de potencia sino signos del amor de Dios”, afirma el Papa
Benedicto XVI comenta desde su residencia estival el evangelio de San Marcos, que narra la dificultad de los habitantes de Nazareth para reconocer la divinidad de Jesús
Benedicto XVI en Castelgandolfo
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En su primer domingo en Castel Gandolfo el Papa se asomó a mediodía al balcón del patio interior del palacio apostólico para rezar el Ángelus con los fieles allí reunidos. Benedicto XVI comentó el evangelio de San Marcos que narra la dificultad de los habitantes de Nazareth para reconocer la divinidad de Jesús y el escándalo que suscitaba entre ellos que “el carpintero”, hijo de María, que había vivido entre ellos predicase como un profeta.

 

A este respecto el Santo Padre recordó la frase: “Nemo propheta in patria” (Nadie es profeta en su tierra) y explicó que esa actitud podía ser comprensible, porque “la familiaridad a nivel humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. Para ellos era difícil creer que este Hijo de un carpintero fuera Hijo de Dios”. El mismo Jesús se identifica con los profetas de Israel recordando cómo los despreciaron. Debido a esta cerrazón espiritual 'no pudo hacer prodigios en Nazareth; sólo impuso las manos a algunos enfermos y los curó', dice San Marcos. “Efectivamente, los milagros de Cristo -explicó el Papa- no son una exhibición de potencia, sino signos del amor de Dios que se cumple allí donde encuentra la fe del ser humano, en la reciprocidad”.

 

“Al estupor de sus paisanos que se escandalizan corresponde la maravilla de Jesús. ¡También El, de alguna manera, se escandaliza! A pesar de que sabe que 'nadie es profeta en su tierra' la estrechez de corazón de su gente sigue siendo oscura e impenetrable para Él. ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazareth es la transparencia de Dios; Dios vive en Él plenamente. Y mientras nosotros buscamos siempre otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el Signo verdadero es Él: Dios hecho carne, Él es el milagro más grande del universo: todo el el amor de Dios encerrado en un corazón humano, en un rostro humano”, concluyó el Santo Padre.

 

Después de rezar el Ángelus el Papa, saludando a los peregrinos franceses dijo: “En este período estival, no dejéis a Dios de vacaciones, rezad e id a Misa los domingos”.

 

También se dirigió a los fieles polacos y recordó a los que participan en la peregrinación de la Familia de Radio María al santuario de Jasna Gora (Czestochowa) que rezan “por la patria, la familia y la libertad de expresión” y saludó a los miembros de la fundación “Obra del Nuevo Milenio” reunidos en Lublin, junto a creyentes de diversas religiones, que, esta noche en el ex campo de concentración de Majdanek rezarán por la paz. “Me uno espiritualmente a estos actos -dijo- , imploro el bien y la paz para el mundo, para Polonia y para cada uno de vosotros”.

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1 Comentario:
María Rosa Gutés Pascual
Pues sí, en la tierra de Jesús, -como les ocurre también hoy a muchos, entre nosotros- estaban ciegos para lo importante y sólo veían lo material. Y a Jesucristo como el hombre que era, hijo de unos padres que todos conocían. Cuenta la beata Ana Catalina Emmerick, que estando Cristo en la sinagoga, dijo a los "maestros de la ley", que no preguntasen de dónde venía, sino que meditasen su enseñanza y su obrar, que quien hace la voluntad de Padre, ése es hijo del Padre. Narra la misma beata, que mientras predicaba otro día a la gente de su pueblo, le dijeron algunos: "No conocemos otro pan del Cielo que el maná". Y Jesús les respondió: "Este no es el Pan de la Vida, porque vuestros padres, que lo comieron, murieron todos, a pesar de haberlo comido". Luego añadió lo que recoge el Evangelio: "Yo soy el Pan que vivo y el que come de él vivirá eternamente". Éste es, efectivamente el milagro más grande, como observa el Santo Padre, y el único que nos basta. Por ello Jesús, cuando sana, lo hace no sólo en el cuerpo, sino en el espíritu, perdonando los pecados y exhortando a no pecar más.
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