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10/07/2012 - Colaboraciones
El sexo y el crecimiento demográfico (y II)
De poco sirve nuestra posición antiaborto y provida si no tenemos claro el camino a seguir en lo conyugal, el propio camino más que el del prójimo
Francesc Martínez Porcell

Señala la encíclica, preguntando en voz alta, si extendiendo al campo de las relaciones conyugales la aplicación del llamado ‘principio de totalidad’, “¿no se podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control lícito y prudente de los nacimientos?”, “¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de sus actos?”.

 

Es decir si ya tengo hijos y creo que ya cumplo, ¿no se podría admitir moralmente que yo ya he cumplido y por tanto tengo venia para prácticas contraceptivas temporales o definitivas en lo sucesivo? Esa pregunta es la que en mayor o menor medida revolotea en las conciencias de los cónyuges, también en los cristianos. De su respuesta bien cimentada depende que la bendición bíblica de su propia descendencia se manifieste en sus vidas y ante el prójimo.

 

Es una pregunta constante que se intensifica con el paso de los años conyugales por lo menos hasta que la mujer alcanza la menopausia. Es una pregunta que no se resuelve sólo con respuestas de manual y consejos públicos de consejeros espirituales. Es una pregunta que sólo puede resolverse en la oración personal y en el confesionario si es el caso.

 

Pero es una pregunta que -si en conciencia se contesta de modo indebido- explica muy bien, más allá de las crisis económicas generales y particulares, el porqué en nuestro primer mundo occidental el número de nacimientos, hoy, es inferior al número de defunciones. Es la explicación plausible del porqué del descenso de la tasa de natalidad.

 

Si además la predicación de la Humanae Vitae brilla por su ausencia en los templos y en las catequesis, cuando no se da una oposición descarada –abierta hace unos años y tácita en la actualidad- al Magisterio de la Iglesia en eso, el resultado es el que hay. Lo que brilla por su ausencia es el hecho diferencial cristiano en eso, en los cónyuges y en los novios enamorados.

 

Con todo “se pregunta también si, dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no ha llegado el momento de someter a su razón y a su voluntad, más que a los ritmos biológicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad”.

 

Señala la competencia del Magisterio y la alabanza y gratitud al trabajo de los expertos para ponderar mejor su papel. “…después de madura reflexión y asiduas plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar nuestra respuesta a estas graves cuestiones” (el Nos no es el nosotros. Era el modo como los Papas se referían a su propia persona expresando de este modo que actuaban en nombre de un Dios trinitario)

 

La Encíclica entra en materia a partir de este momento. Se tratan en ella cuestiones tales como el amor conyugal y sus características, la paternidad responsable, el respeto por la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial, la unión y la procreación como aspectos inseparables, la fidelidad al plan de Dios, las vías ilícitas para la regulación de los nacimientos, la licitud de los medios terapéuticos, la licitud del recurso a los períodos infecundos, las graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad. La Iglesia no como árbitro, sino como depositaria e intérprete, proclamándola con humilde firmeza, toda la ley moral, natural y evangélica.

 

Sugiero al lector que lea esta encíclica o que la vuelva a leer, que la medite y que actúe en consecuencia. No es sólo para mí. Es para todos y todas cuantos hemos sido llamados al Matrimonio como Sacramento. De poco sirve nuestra posición antiaborto y provida si no tenemos claro el camino a seguir en lo conyugal, el propio camino más que el del prójimo.

 

 

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