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15/08/2012 - La firma
Reflexionando sobre la humildad
La humildad tiene una gran fuerza liberadora, porque la renuncia al "ego", nos da vía libre para el encuentro con el otro
Antoni Pedragosa

Es curioso que Teresa de Ávila, repita en sus textos que la humildad es la puerta de entrada a la verdad. Desde la humildad, reconocemos nuestra pequeñez y nuestras limitaciones. Pero al mismo tiempo, es una condición necesaria, para situarnos de una manera nueva delante de los demás. Es muy difícil, por no decir imposible, abrirse a los otros desde la arrogancia y la prepotencia.

La persona arrogante cree que ella siempre tiene la razón y los otros no la tienen nunca. En el fondo, no es que crean tener la razón, si no que les interesa hacer ver que la tienen porque así defienden sus intereses. La arrogancia es una actitud humanamente inmadura, porque nos priva de algo tan importante como entrar en contacto con los demás, desde la igualdad.
 
La humildad, contra lo que parece, tiene una gran fuerza liberadora, porque la renuncia al "ego", nos da vía libre para comprender que el encuentro con el otro, es un momento sagrado que no podemos desperdiciar. Es como el reconocimiento del gran valor que tiene la persona humana por el simple hecho que tiene la capacidad de amar. Y aquí vendría el punto clave de la reflexión. Nos podríamos hacer esta pregunta: ¿tenemos o no tenemos esta capacidad de amar? ¿No será que no la hemos descubierto nunca, y estamos en una especie de tiniebla que va de la indiferencia por el otro hasta el caso más extremo y desgraciado que es el odio?
 
Esta es la gran alternativa que tenemos en la vida. Estar contra los otros, o estar a favor de los otros. Si estoy contra los otros hago de la vida una auténtica guerra que no construye absolutamente nada. Todo es enfrentamiento y confrontación. Lástima de energías gastadas inútilmente. Por el contrario, si estoy a favor de los otros, la confrontación desaparece para dar paso a la cooperación. El otro ya no es el que quiero superar y dominar, si no que es con el que quiero convivir. A partir de aquí, se va haciendo un descubrimiento que no tiene límites. Abriendo espacios de diálogo y generando vínculos, estamos haciendo lo que la humanidad necesita. Y siempre se puede ir ampliando el radio de acción. La abertura a los otros deberá empezar por el ámbito mas inmediato. Esto nos pondrá prueba nuestro grado de humildad y nuestra capacidad de relación. Si aquí, naufragamos, difícilmente estaremos en condiciones de abrirnos a las personas que procedan de culturas y convicciones distintas. El encuentro con el otro, para que sea humanamente enriquecedor, requiere tomar la iniciativa en el arte de amar, sin esperar nada a cambio. Pero generalmente surge la sorpresa, de que la iniciativa genera reciprocidad. Cuando se dan los primeros pasos en esta aventura, ya no hay vuelta atrás y uno no esta está dispuesto a abandonarla, porque es la experiencia mas apasionante de la vida.
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