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La Ilustración tenía la pretensión de que relegando a la Religión, más exactamente al Cristianismo, imperaría la ‘Razón’. En realidad se trataba de un determinado tipo de razón, la instrumental, porque la razón como tal ya existía desde los inicios de nuestra tradición cultural en Atenas y en Israel. Sin embargo, se trataba de una razón objetiva que el cristianismo envolvió, compatibilizó y le dio un mayor sentido; la razón objetiva, que es la característica común de todas las civilizaciones, excepto la del Occidente actual.
De aquel intento, la Ilustración se agotó en su lucha contra el cristianismo, y la Post-ilustración ha explotado en un océano de contradicciones y aforías que han facilitado el retorno de la magia. Una concepción mítica donde las divinidades son esclavas de los encanterios humanos. Los dioses, prisioneros de los hombres, de sus palabras y de sus gestos, unos diocesillos.
En la magia, el agua ya no es agua ni el bosque es bosque, es el paraíso de los iluminados y los aprovechados, el reino de la sinrazón. Qué gran contradicción, el camino de la razón ha devuelto a las prácticas más irracionales, más negras de nuestra historia. Qué gran contradicción, una sociedad que mitifica la ciencia hasta endiosarla irracionalmente, en particular la sociedad española, es al mismo tiempo prisionera de magos, adivinos y horóscopos.
Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos
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