03/06/2005 - La firma
Carod y Maragall: el camarote de los hermanos Marx
El nuevo marxismo de algunos políticos es de Groucho, no de don Carlos
Josep Miró i Ardèvol
Todo el mundo lo sabe. Maragall en funciones de su cargo de presidente de la Generalitat, su conseller de Economía Castells -que parecía un tío serio– y, Carod-Rovira reprodujeron la memorable escena de los hermanos Marx en el camarote, confirmando así, una vez más, su orientación ideológica, que no procede tanto de Don Carlos como de Groucho.
La cosa, “éxito excepcional”, según Maragall, es una suma de conflicto de banderas ante la tumba del héroe nacional judío y premio Nobel de la Paz Isaac Rabin, visita posterior al Museo del Holocausto, donde para arreglarlo se hizo desaparecer de la ofrenda floral la cinta con los colores de España y, en mientras tanto, el Ayuntamiento de Barcelona, en su línea habitual de aciertos y objetividad ideológica, había publicado un manual para maestros que compara el régimen nazi con la muralla que construye el gobierno israelí (y con los americanos, faltaría más). Resultado: protesta del embajador de Israel en pleno viaje de Maragall.
Pero con la ayuda de Clos no era suficiente, hacía falta una nueva y oportuna intervención de ERC, presentando en el Congreso de los Diputados la petición de que el Gobierno congele la cooperación técnica con Israel y solicite a la UE la suspensión del acuerdo de colaboración.
Si ello debe ser así para los republicanos ¿por qué el viaje dirigido a establecer más acuerdos? Efectivamente, todo esto sería una broma sino fuera porque se juega la dignidad de unos países: Cataluña, España e Israel a través de sus símbolos. Eso es la bandera, la tumba, el mártir, como Rabin. Y es también la corona de espinas.
Porque en todo ese gran estropicio que fue el viaje a Israel, Maragall y Carod cometieron, en este caso por iniciativa propia, una ofensa más a muchos cristianos. Visitaron la Iglesia del Santo Sepulcro, el lugar más santo de la Cristiandad, para a la salida burlarse con una corona de espinas que Maragall dio primero a Carod-Rovira y después al Conseller Castells, parodiando el significado. Son unas imágenes que han dado la vuelta al mundo, porque lo que han hecho en este caso, no se limita a dañar y ofender a catalanes, españoles o judíos, sino a los cristianos de todas partes; también a musulmanes y a los palestinos y judíos cristianos, ofendidos en su propia casa.
Carod-Rovira, tan pronto a saltar por un símbolo, la bandera, se regodea con el más universal, la corona de espinas. ¿Así hace más fuerte y respetada a Cataluña? Maragall, tan presto a buscar soluciones a crisis de las banderas, no le importo ser el promotor de tamaña insensatez. ¿Así nos representa a todos? Naturalmente a ninguno de ellos se le habría ocurrido elegir un candelabro judío de siete brazos, la menorá, o un cuadro con versículos del Corán, que también se venden, para ejercitarse como payasos. Se atreven, eso sí, con los seguidores de un hombre que dijo que había que poner la otra mejilla. Es más cómodo, lo reconozco, y mezquino.
Maragall ha pedido disculpas, mientras al día siguiente la directora general de relaciones internacionales, Margarita Obiols, responsable primera de todo el desaguisado, y que por dignidad debería dimitir o ser cesada, lo ha vuelto a estropear con sus declaraciones.
Pero Carod-Rovira no, Carod-Rovira no considera necesario excusarse. Mientras no lo haga, su imagen aquí y en buena parte del mundo, será recordada, denlo por seguro, como un personaje que aúna lo ridículo, con una incapacidad congénita para el respeto. Un político que ni para los propios resulta ya recomendable.
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