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16/08/2004 - Economía
Despegue económico de China, ¿éxito de la globalización?
Contradicciones del milagro económico chino: hay más dinero, pero también más desigualdades, crisis de recursos y deterioro del medio ambiente
Los rascacielos de Shanghai apuntando hacia el cielo son un símbolo del despegue económico de China
La producción en serie, modelo de efectividad de la industria china
Los componentes electrónicos fabricados en China son altamente competitivos
Según Pekín, más del 40 por ciento de las pantallas de ordenadores en el mundo se fabrican en China
Isabel Ordóñez

A finales de julio pasado, una veintena de empresarios catalanes acudía a Shanghai para intercambiar impresiones sobre el papel de Cataluña y de España en la economía mundial. Al mismo tiempo, uno de los objetivos de estos empresarios era el de valorar futuras inversiones en el mercado chino. A los pocos días de debates con sus colegas, su sorpresa fue mayúscula al constatar que, hoy por hoy, China se ha convertido en una auténtica potencia como inversor mundial y sus grandes multinacionales preparan el asalto al mercado internacional. El reto ahora para muchas firmas europeas es encontrar estrategias para contrarrestar este efecto. ¿Se trata de una muestra de las posibilidades que la globalización ofrece a los países en vías de desarrollo? Sin embargo, el despegue económico de China está descubriendo también la cara amarga del cambio: hay más riqueza, pero mal repartida; se acentúan las desigualdades sociales; se prevé una crisis de recursos y un progresivo deterioro del medio ambiente. En definitiva, el nuevo modelo económico chino refleja como un espejo todas las contradicciones del mundo de hoy.

 

La sorpresa del despegue

 

“Llevo sólo dos días en Shanghai y me he dado cuenta de que tenemos que cambiar de chip: creía que debíamos pensar en cómo invertir aquí y ahora pienso que son ellos los que van a venir a invertir en España y en el mundo”, afirmaba después de los primeros contactos Ildefonso García, responsable de Grey Publicidad y decano del Colegio de Publicitarios y Relaciones Públicas de Cataluña. Las nuevas multinacionales chinas, animadas y protegidas por su propio gobierno, se preparan para ser operadoras internacionales con la suficiente capacidad para competir con sus homólogas de los países más avanzados. No pasará mucho tiempo antes de que veamos aparecer en las vallas publicitarias de Estados Unidos y de Europa marcas amparadas por las grandes potencias industriales chinas. “Los chinos han visto lo que hacen los demás y han aprendido. Incorporan cada vez más I+D y no pasará mucho tiempo antes de que inviertan en Europa... Y van a ser un competidor formidable”, asegura Javier Serrano, representante del Banco Sabadell en Beijing.

 

¿Éxito de la globalización?

 

China está mostrando al mundo las inmensas posibilidades de su integración en la economía de la globalización... ¡y a buen precio! Su enorme capacidad como “fábrica global”, dotada de un gran ejército agrario de reserva industrial, así se lo permite, a la vez que ofrece a un sistema mundial en crisis la posibilidad de regenerarse. Los chinos producen más de la mitad de las cámaras fotográficas que existen en el mundo; el 30 por ciento de los aparatos de aire acondicionado y de televisores; el 25 por ciento de las lavadoras; casi el 20 por ciento de las neveras y el 70 por ciento de los juguetes. Además, algunas compañías chinas se están convirtiendo en líderes en determinados artículos, gracias a la mejora de los acabados y a la calidad de sus componentes.

 

Un último apunte destaca que China tiene como objetivo para el año 2020 cuadriplicar su PIB del año 2000 y, además, ha venido doblando su renta per cápita cada 7 años. Un verdadero récord si tenemos en cuenta que la Inglaterra de la revolución industrial tardó sesenta años en doblar una sola vez la suya, o que en la segunda mitad del siglo XIX Estados Unidos necesitó más de 40 años para hacer lo propio. Ante todos estos datos, cabe preguntarse si China no es un buen ejemplo para mostrar al mundo que, ante las desigualdades Norte-Sur, la globalización es una autopista de dos direcciones en la que también pueden circular los países pobres. ¿Por qué no también África o América Latina?

 

El precio a pagar

 

Pero, como en todo cambio sustancial que genera un beneficio, siempre hay un precio a pagar. En este caso, el despegue económico de China puede llegar a generar unas inquietantes consecuencias. Si los chinos llegan a consumir en la proporción en que lo están haciendo actualmente los países occidentales, el mundo entero se resentiría al enfrentarse a una más que probable escasez de recursos energéticos y de todo tipo. China casi dobló su consumo de energía per cápita entre 1980 y 1996. Desde 1990 hasta el 2001 el consumo de petróleo aumentó un 100 por cien; la demanda de gas natural un 140 por ciento; la de acero un 143 por ciento; y la de cobre un 189 por ciento, según confirma el viceministro de Protección Ambiental, Pan Yue. Además, el consumo de energía eléctrica para alumbrado se ha multiplicado por 3,4 en 11 años y el de electrodomésticos por 3,8. Entre 1977 y 2002, el consumo de agua para fines domésticos ha aumentado en 7,3 miliardos de metros cúbicos, por el crecimiento de las ciudades. Hay que tener en cuenta que en 1978 el 17,9 por ciento de la población china vivía en las ciudades, mientras que hoy se calcula en un 40 por ciento ese porcentaje y las previsiones para el 2020 son de un 55 por ciento. Además, los costes de la degradación medioambiental sobre la economía son tan altos como el propio crecimiento, reconoce el ministro de Medio Ambiente, Xie Zhenhua.

 

Más desigualdades sociales

 

Otro de los precios a pagar está siendo el progresivo aumento de las desigualdades sociales, a pesar del aumento de las rentas. Un estudio de la Academia de Ciencias Sociales pone al descubierto que un 10 por ciento de la población goza de ingresos altos, un 9 por ciento de los ingresos son equivalentes a los de la clase media y un 82 por ciento apenas se beneficia de los cambios económicos. Ha disminuido la pobreza, pero todavía existen 400 millones de personas que viven con menos de 2 dólares diarios. Según el vicedirector del Centro de Investigaciones del Desarrollo, “en sólo 20 años China ha pasado de ser un país igualitario a ingresar en el grupo de los países con gran desigualdad”. El problema de la sanidad también se ha disparado. Antes de la reforma del mercado, en el campo había una estructura de sanidad básica que funcionaba como un reloj, los llamados “doctores en alpargatas”, mientras que en las fábricas estatales el puesto de trabajo incluía una red de seguridad social. Todo este entramado sanitario prácticamente ha desaparecido y cerca del 90 por ciento de los campesinos e inmigrantes carecen de protección sanitaria.

 

Cuestionando el modelo

 

La sostenibilidad, pues, pasará factura antes o después al meteórico despegue económico de China. De hecho, el desarrollismo chino pone en evidencia todo el modelo de civilización occidental. China está consumiendo más grano, acero, carbón y fertilizantes que Estados Unidos. Si la población china, de unos 1.400 millones de personas, consumiera proporcionalmente tanto pescado como la japonesa, necesitaría cien millones de toneladas anuales de productos del mar, es decir, más que el actual volumen de pesca mundial. Si los chinos alcanzaran el nivel de número de coches por cada mil habitantes que tiene Estados Unidos, el país necesitaría anualmente más que toda la producción global de crudo, y lo mismo vale para las emisiones por combustión de carbón por habitante, con la aceleración del calentamiento global en curso. Si las pautas de comportamiento de los chinos, pues, siguen el modelo de despilfarro occidental, el mundo va a tener que confrontar una crisis de recursos sin precedentes. De hecho, “China nos muestra que el modelo de desarrollo industrial occidental no es viable ni para ella ni para el mundo en general, sencillamente porque no hay suficientes recursos”, dice el investigador y analista de todos estos datos Lester R. Brown, fundador del prestigioso Worldwatch Institute y presidente del Instituto de Políticas de la Tierra.

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