Es indignante que un servicio público imponga a todos los usuarios las restricciones horarias propias de las festividades de Barcelona. Cuando la capital catalana celebra sus fiestas locales, RENFE suprime varios trenes de cercanías.
¿Acaso todos los usuarios viven en Barcelona? ¿Es que no hay gente que trabaja en otras ciudades del área metropolitana? ¿En qué piensan los responsables políticos de esta compañía? ¿Y los que tanto apostaron por el nuevo Estatut como si fuera la panacea que resolvería los grandes problemas de Cataluña?
Para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Bastaba modificar la financiación y reducir el déficit crónico del Estado en inversiones e infraestructuras. Que nadie se lleve a engaño: este pernicioso déficit va carcomiendo la economía catalana y, por ósmosis, la española.
Las empresas pierden competitividad y todos sufren las consecuencias. Los empresarios y los trabajadores –hablen o no el catalán en público o en privado– acaban cerrando sus negocios y yéndose al paro.
RENFE es como correos… pero aún peor. Peor incluso que el pequeño aeropuerto de El Prat. Las cartas postales llegan más tarde que en el siglo XIX, aunque al menos sus destinatarios las acaban recibiendo. En cambio hay muchos pueblos que antes disponían de un servicio de trenes y ahora no tienen ni estaciones.
Con o sin Estatut el usuario debe recurrir al automóvil o al autobús, colapsando las carreteras. En las secundarias abundan los puntos negros que, año tras año, se cobran centenares de vidas. Por lo general se hallan en un estado lamentable, mientras que las autopistas “Rolex” son como estos relojes: prohibitivas por los desmesurados precios de los peajes.
En RENFE no suelen atenderte en catalán. Es increíble que una empresa pública minorice una de las lenguas cooficiales del Estado. En Telefónica son más inteligentes. Hasta hace poco, cuando llamabas a información –pagando, claro–, te decían que si querías ser atendido en catalán “ polsessis ” –en vez de “ premessis ”– el número correspondiente.
La opción para ser atendido en catalán siempre suele comunicar. Un día, a fuerza de esperar e intentarlo infinidad de veces, por fin logré que me respondiesen en catalán. La operadora me confesó que en la centralita sólo atendía ella en lengua catalana, y que también lo hacía en castellano.
Lo normal –me dijo– es que Telefónica no ponga a nadie en la opción en catalán. Por eso comunica una y otra vez. Luego escuchas una voz automática que repite que las líneas están colapsadas… y que van a pasarte a un operador en castellano. Genial.
Pero el caso de RENFE es más descarado. Los nuevos informadores nunca me han atendido en catalán. Me dicen que les repita la misma pregunta en castellano. Las tres veces que requerí información se equivocaron. No acertaron ni con el número de la vía. ¿Quién los forma?
En RENFE la seguridad no se percibe como antaño. ¿Dónde están los revisores? ¿No era preferible un revisor por cada tren que varios “seguratas” subcontratados, que van de compadreo charlando juntos mientras dejan abandonados los restantes vagones y trenes?
¿Y qué decir del AVE? Las tarifas no son precisamente asequibles. El tramo Lleida-Madrid es estadísticamente el más caro. Nada que ver con otras ciudades. Además, en honor a la verdad, al AVE habría que llamarlo TMV: “Tren de Media Velocidad”.
Ya no se trata de reivindicar un trazado distinto por Barcelona. Esto es una tarea harto difícil viendo la cripticidad del gobierno municipal. A la espera de lo que ocurra con los cimientos de la Sagrada Familia, lo vergonzoso es que se anuncie con descaro que el “TMV” todavía no llegará a Barcelona hasta el 2012. ¡Lejos queda Francia! Esto es propio de países tercermundistas.
Pero lo peor, cuando no hay descarrilamientos, son los retrasos que tanto estresan el día a los usuarios. Dado que no se han resuelto las incidencias e impuntualidades permanentes (no estamos en Japón), ahora puedes consolarte pidiendo la devolución del importe del billete. ¿Y los daños y perjuicios? ¿Por qué no se tienen en cuenta?
El Estatut había de ser un instrumento jurídico que permitiera, entre otras cuestiones, cohesionar la sociedad y aumentar la competitividad. Creo que, pese a la abstención, la sociedad española debería entender los motivos que impulsaron a muchos catalanes de buena voluntad a votar afirmativamente en el referéndum.
Sin embargo, todo apunta a que el Estatut servirá para muy poco. Como su desarrollo ulterior depende de negociaciones políticas, difícilmente solucionará por sí sólo el déficit crónico de RENFE y de las otras infraestructuras básicas.
Viendo cómo va la gestión pública, hay quien se pregunta si no hubiera sido preferible centrarse en mejorar la financiación autonómica y seguir una estrategia menos vistosa pero más eficaz y eficiente, es decir, pactista y posibilista.
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