Ermanno Olmi es uno de los pocos directores de cine vivos cuya obra, dedicada en gran parte a la expresión religiosa de la vida, se ha convertido en un referente en la historia del arte cinematográfico. El pasado 17 de noviembre presentó su última película, Cien clavos, en la Filmoteca de Cataluña.
“El cine de auténtico contenido crítico ha sido cristiano y marxista”, dice Olmi en una entrevista publicada recientemente en el diario LA VANGUARDIA.
“Hace medio siglo, cuando empecé en la profesión, en Italia estaban muy vivas ambas corrientes. Pero también el capitalismo o el liberalismo son religiones”, añade.
“Rechazo el integrismo y fundamentalismo”
El cineasta que ha ganado los dos grandes festivales europeos, La Palma de Oro en Cannes con El árbol de los zuecos y el León de Oro de Venecia con La leyenda del santo bebedor, considera que “uno puede ser cristiano, marxista, liberal... Lo que rechazo, tanto en la línea cristiana como en la marxista, es el integrismo y el fundamentalismo”.
Saltó a la escena internacional en 1961 con El empleo, donde “buscaba una narrativa que trascendiera la realidad, aportándole la cultura que me rodeaba, es decir, la cristiana”, dice Olmi en una entrevista publicada recientemente en el diario LA VANGUARDIA.
En otro momento de la entrevista, Olmi, que intervino como ponente en el Congreso Internacional sobre Teología y Cine, organizado por la Facultad de Teología de Cataluña, reconoce que El empleo tenía algo de autobiográfico: “Yo nací en Bérgamo, donde el cristianismo no es sólo una religión, sino una forma de vida”.
Cien clavos
En referencia a la polémica que su última obra cinematográfica, Cien clavos, ha generado, el cineasta italiano asegura que “políticos e intelectuales han sido quienes peor han reaccionado, aparte de la Iglesia oficial”.
“Los intelectuales son los sacerdotes de la iglesia académica; les molestó que el protagonista, eminente profesor, atraviese los libros con clavos. Yo también estaría dispuesto a martillear clavos en todos los libros del mundo para no hacerlo con un ser humano”, concluye Olmi.
Nacido en Bérgamo en 1931 en el seno de una modesta familia de recios principios católicos, donde la precariedad económica era frecuente, a los quince años abandonó los estudios para trabajar en una fábrica de Milán.
Con el sueldo que le proporcionaba dicho empleo estable ayudó a mantener el núcleo familiar, puesto que el padre, obrero ferroviario, había fallecido durante la Segunda Guerra Mundial, teniendo la madre que empezar a trabajar en las fábricas Edison.
Olmi realizó cursos de declamación en la Academia de Arte Dramático de Milán aprovechando sus horas libres, mientras practicaba teatro como aficionado y la fotografía.
Entre 1953 y 1961 el cineasta rodó numerosos cortometrajes sobre canteras alpinas, construcción de pantanos o tendidos de líneas eléctricas, lo cual le permitió experimentar con técnicas de laboratorio fotográfico y nuevas tecnologías cinematográficas. Durante esa época rodó además algunos cortometrajes de ficción como Grigio, en el que su amigo Pier Paolo Pasolini ejerció de coguionista.
Su debut en el largometraje se produjo con El tiempo se ha parado, a la que siguió El empleo, que entroncaba con una derivación de la corriente neorrealista que tantos éxitos internacionales le había reportado al cine italiano.
Este relato sobre la búsqueda de un empleo por parte de dos jóvenes supuso el primer éxito internacional de Olmi, quien se sensibilizó especialmente sobre los problemas que aquejaban al ciudadano de a pie ante la indiferencia de las autoridades.
Su filmografía más reconocida comprende los siguientes títulos: El empleo (1961), Un cierto día, como director y guionista (1968), El árbol de los zuecos (1978), La leyenda del santo bebedor, de nuevo realizando también el guión (1988), lo mismo que en El oficio de las armas (2001) y en la última película, Cien clavos (2007).
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