Robert Spaemann, el revelante filosofo alemán, advierte sobre Europa: ¿Una comunidad de valores? ¿O un ordenamiento jurídico? Sobre este hecho, está el que se pretenda situar como fundamento de Europa una determinada comunidad de valores donde la tolerancia se eleva a valor supremo y se coloca en el lugar de las convicciones. En este supuesto, tener convicciones es ser ya intolerante. Porque la tolerancia que está ligada a la alteridad, al otro, tiene sentido en la medida en que existen unos y otros con valores distintos que trabajan para la mutua comprensión. La tolerancia se convierte en la nada totalitaria cuando lo que proyecta es la prohibición de toda convicción personal.
El futuro comisario Rocco Buttiglione, al confesar con sinceridad que la homosexualidad es pecado, está expresando el fruto de su convicción religiosa, de su moral. Puede cuestionarse su sentido de la oportunidad o su mayor o menor habilidad en el discurso, pero esto no altera el fondo del debate. Que Buttiglione considere pecado algo le importa a él y a su conciencia, porque este “pecado” sólo resulta inteligible en el marco de los valores religiosos que profesa. El sistema de libertades de Europa se basa precisamente, y eso es doctrina ilustrada y liberal a tope, en que la moral personal no tiene por qué ser considerada en los asuntos públicos. Éste era el argumento cuando Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno entre 1982 y 1991, ejercía públicamente de bígamo o cuando el ex presidente estadounidense Bill Clinton descubría, es un decir, nuevas utilidades al puro habano.
En estos casos, los sectores que se autoproclaman progresistas ponían el grito en el cielo, también es un decir, porque se utilizasen estos aspectos del ámbito moral, personal, para juzgar sus actuaciones públicas. ¿Por qué se sigue con Buttiglione un método distinto? Porque los diputados socialdemócratas, liberales y de izquierdas del Parlamento europeo también defienden una moral particular, la suya. No juzgan a Buttiglione por sus habilidades como futuro ministro, sino por su moral personal. Al actuar así, se sitúan fuera del marco de juego democrático de que nos hemos dotado y, si esa tesis prospera en la democracia, en Europa se habrá abierto una vía de agua de grandes proporciones. Y es que su tolerancia termina allí donde encuentran personas que piensen de manera distinta. Sólo son tolerantes con los suyos.
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