Gramsci ha triunfado en Cataluña

Las imágenes de policías golpeando a personas que solo pretendían pacíficamente votar han dado la vuelta al mundo, muy bien aprovechadas propagandísticamente por el Gobierno de la Generalitat

Cuando escribo este artículo se está pendiente de lo que pueda ocurrir en Catalunya en los próximos días tras el 1-O, jornada que no dudo en calificar de un gran éxito independentista a pesar de las voluntaristas explicaciones del gobierno de Madrid. Las imágenes de policías golpeando a  personas que solo pretendían pacíficamente votar han dado la vuelta al mundo, muy bien aprovechadas propagandísticamente por el Gobierno de la Generalitat y los partidos que le apoyan, aunque hayan dado cifras tan increíbles como las de casi 900 heridos, de los cuales todos menos cuatro o cinco andan tan campantes.

El Gobierno español ha perdido esta batalla, al menos de la de imagen, y los independentistas han ganado el relato, a pesar de que hayan vulnerado sistemáticamente todas las leyes y hayan mentido de manera descarada.

Estamos a la espera de lo que suceda los próximos días, quizás la Declaración Unilateral de Independencia (DUI). Ojalá se busquen vías de diálogo para soluciones justas.

Sin embargo, si es aventurado predecir nada sobre el futuro siquiera a días vista, no está de más analizar el pasado y los porqués. Más allá de la jornada del Referéndum, de la actuación de la Policía y la Guardia civil, de la ceguera del Gobierno de Rajoy que persiste en decir que no ha habido referéndum a pesar de que cientos de miles de personas se abocaron a unos colegios electorales  más o menos formales y se enfrentaron a los guardias cuando querían sacar las urnas.

Yendo más al fondo, en mi opinión, un aspecto muy determinante de todo lo ocurrido está en que Antonio Gramsci, el dirigente comunista italiano creador del eurocomunismo, ha triunfado en Cataluña. Al menos su método, aunque no sea la ideología comunista el sustrato de la mayoría de los independentistas catalanes que constituyen Junts pel Sí.

Cambiar la sociedad antes que la política

La estrategia promovida por Gramsci se basó en una forma distinta de conquistar el poder sustituyendo a la revolucionaria promovida por Lenin. Lo que debía conseguirse, planteaba Gramsci, era cambiar la cultura, la mentalidad de las personas, sus valores. Una vez conseguido esto, el poder político caería como fruta madura de forma pacífica, incluso con los votos ciudadanos.

Varias décadas de trabajo nacionalista han llevado a que una parte muy importante –se desconoce cuánta, ni siquiera después de este referéndum, pero sin duda alta- de la sociedad catalana se ha convertido en independentista. Sin duda a ello han contribuido los grandes errores e incomprensiones desde el centro de España, la ceguera de algunos partidos y el no atinar que había un problema político real, no un simple souflé. Destacando la absurda actuación de hace unos años del Partido Popular de recoger firmas en España contra el Estatuto de Cataluña. Que en realidad era contra Cataluña porque les daba votos en otras partes.

Más allá de lo ocurrido en los últimos meses, sin embargo, hay que remontarse al fondo, al cambio de mentalidad y de valores en la sociedad catalana. Del mismo modo podrían analizarse aspectos más trascendentes, como los espirituales, pero aquí nos centraremos en los político-sociales en relación con el nacionalismo.

Décadas de lluvia fina o no tan fina

El nacionalismo catalán ha sabido utilizar a la perfección los instrumentos de que ha dispuesto a lo largo de varias décadas. En primer lugar la enseñanza. Más de treinta años dependiendo de la Generalitat han sido de una lluvia habitualmente fina pero continuada, y en algunas ocasiones no tan fina, de adoctrinamiento nacionalista. En no pocos casos fomentando una aversión a España o, para ser más exactos, al Estado Español, porque la palabra España no suelen utilizarla. En la mayoría de centros no promoviendo odio, pero sí “olvidando”. Para muchos chicos España “no existe”. O mejor, si existe es solo como opresora, impositiva. Ni se plantea en la enseñanza que Cataluña es una parte de España.

Por supuesto, tendencia a dejar en la cota mínima el uso del castellano en las aulas. Que quede en la simple asignatura de “castellano”, de importancia menor, porque la lengua vehicular, prácticamente única, es el catalán.  Y la historia, reescribirla. No existió el Reino de Aragón sino, como máximo, la Confederación catalano-aragonesa; ni la unidad de España como ha sido explicada hasta ahora; y la Guerra de Sucesión de inicios del siglo XVIII no fue tal sino una guerra de España (la de Felipe V) contra Cataluña. Incluso no falta alguien para quien el conflicto 1936-39 fue otra guerra contra Cataluña. Ha ido penetrando el concepto de que la patria es Cataluña, en absoluto España.

La lengua castellana sigue siendo muy utilizada entre la gente en Cataluña, y no es verdad que se sancione a nadie por usarla como a veces ha dicho alguna prensa de Madrid, pero sí es cierto que ha sido absolutamente descartada en la comunicación habitual de las administraciones, que solo recurren al castellano si el ciudadano en concreto lo pide. Ningún ayuntamiento, por ejemplo, envía sus informaciones en castellano. Las empresas de servicios han seguido y la factura del gas o del agua son también en catalán. Hubo una ley que sancionaba con multas los rótulos de las empresas que no tuvieran al menos como lengua principal el catalán, aunque después podían haber otras.

Otro elemento fundamental ha sido TV3. Es el agit-pro en estado puro. En la misma línea también la pública Catalunya Radio, y les siguen diversas emisoras privadas. Por supuesto las emisoras locales, la prensa comarcal y hasta en buena parte la de Barcelona, con subvenciones de la Generalitat por ser en catalán.

Se ha aprovechado también el Barça como el equipo de Cataluña. Es patente en el campo y en las banderas.

La culpa es de Madrid

Acción continua también en el campo directamente político. Se resume en aquella frase que lo ejemplifica: “Tant de dia com de nit, la culpa és de Madrid” (tanto de día como de noche, la culpa es de Madrid). Cualquier deficiencia en lo que sea, desde las infraestructuras hasta la sanidad o los servicios sociales, siempre tiene un mismo culpable.

Vendría luego el “Madrid ens roba” con las balanzas fiscales. Y se inventó aquello que ha hecho fortuna de que cada año Cataluña aporta 16.400 millones de euros a las arcas españoles que ya no vuelven. Es cierto que Cataluña aporta al conjunto de España, por ser un territorio más desarrollado que la media, pero la forma de calcular las balanzas fiscales son diversas y los resultados muy diferentes. Se utilizó sistemática y sectariamente la que atribuía mayor déficit para Cataluña, cuando otros cálculos dan mucho menos. Otros recuerdan, además, que hay también el déficit o superávit comercial, que beneficia a Catalunya porque vende al resto de España más de lo que compra. Pero aquellos supuestos 16.400 millones anuales calaron entre una gran parte de la ciudadanía y el eslogan persiste aunque se repita menos.

Creando desafección

Aspectos tan negativos como la corrupción en la política española han servido al nacionalismo como una baza más para distanciar y presentar España como un país nada recomendable. Bien cierto es que la corrupción ha sido una lacra tremenda, pero se da la circunstancia de que también se da en Cataluña y ésto se olvida.

Se ha conseguido también –y no deja de ser un éxito para quienes lo difunden- hacer creer que España es un país jacobino en extremo, casi insoportablemente centralista para las periferias, cuando es uno de los más descentralizados del mundo como dicen los expertos en Ciencia Política comparada. Eso sí, los gobiernos centrales a lo largo de décadas no han tenido ni siquiera visión política para hacer alguna lógica concesión, y han creado infraestructuras como el AVE con la misma estructura radial con centro en Madrid, cuando no se ha hecho un enlace, por ejemplo, de Barcelona con Valencia y Bilbao, mucho más utilizables que buena parte de aquellas líneas construidas. O la estúpida propuesta del Gobierno de Rajoy de que el Eje Mediterráneo pase por Madrid o de construir un Eje similar por el centro del país.  Estos desvaríos han sido utilizados ad infinitum, en buena parte con razón, por el independentismo. O las autovías gratuitas en la mayor parte de España, cuando en Cataluña son de peaje casi todas.

Aún con todo ello, el independentismo no superaba cotas muy superiores al 20 o 25 por ciento, pero la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 sobre el Estatut disparó la reivindicación independentista hacia un punto álgido. En realidad el TC no recortaba gran cosa las competencias del Estatut, pero lo grave era que emitía su sentencia cuatro años después que aquél hubiera estado aprobado en referéndum por el pueblo catalán. Desde las organizaciones independentistas se presentó como una burla, un desprecio a Cataluña. Ya no cabía actuar dentro del Estado Español. La vía era la independencia, que se promovió con grandes manifestaciones o concentraciones desde 2012.

Mentiras del final

Con todo lo anterior se ha conseguido la desafección hacia España, de una manera especial entre las jóvenes generaciones. Cuando tal desafección prima y está consolidada, y, además, quienes promueven las protestas tienen una gran práctica de movilizaciones y disponen de importantes recursos, y cuando se ha deificado la patria catalana como si fuera una religión, no es nada difícil que muchísima gente quiera la independencia y esté dispuesta a luchar por ella. Y a creerse todo cuando venga de los líderes independentistas y nada de lo que llegue desde Madrid o de otras instancias.

Con estas premisas resulta claro que no hayan hecho mella las afirmaciones repetidas infinitas veces por los principales responsables e instituciones de la Unión Europea de que una Cataluña que se separe de España –o un territorio de otro estado miembro que hiciere lo mismo- queda automáticamente fuera de la Unión y para entrar ha de cubrir todo el proceso de petición de ingreso y tramitación que implica largos años y que, además, exige tener la unanimidad de los estados. Pero como los dirigentes de ERC y del PdeCAT dicen que “seremos un estado de Europa” la mayoría lo cree así.

Algo similar ocurre con la afirmación de que la legislación internacional da vía libre para poder producirse legalmente la autodeterminación de Cataluña. Legislación que no existe, porque estaba prevista para las colonias, no para una parte de un Estado Democrático.

Crear un mito ilusionante

Todo el proceso tiene una culminación fundamental, gran mérito conseguido por los independentistas catalanes: crear en la conciencia colectiva la idea y la ilusión de construir una nación nueva, maravillosa, una arcadia feliz, un país en el que todo será perfecto y mejor, desde las infraestructuras a las pensiones de los jubilados. Se nadará en la abundancia entre otras cosas con aquellos 16.400 millones de euros de más cada año del presupuesto público. Un paraíso en la tierra.

Esta ilusión, impregnada de épica, contrasta además con una gran falta de ambición y de proyecto en España, culpa de todos los partidos, los gobiernos y de la sociedad en general en los últimos años, pero de forma muy especial de un gobierno de Madrid que cree que lo único importante es la economía sin atinar que en el ser humano late algo más.

Los nacionalistas catalanes por el contrario, han conseguido sumar a su proyecto con ilusión a una gran parte de la sociedad catalana y, además, la más movilizada, la más activa. Han cambiado la mente colectiva. Es posible conseguir su objetivo. Todo ello es Gramsci en estado puro excepto en la ideología comunista.

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One comment

  1. 1

    Análisis a mi parecer bastante objetivo y retrata hasta qué punto el referéndum era algo accesorio para utilizar a sus propósitos, al margen de sus resultados y de la acción policial. Totalmente de acuerdo respecto a la ceguera del gobierno de Madrid, ceguera interesada por otra parte.

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