Adiós al nacionalismo

Señor Miró: llevo varios años leyendo no sólo este diario digital, sino también sus distintas intervenciones gracias a la newsletter de E-Cristians, l…

Forum Libertas

Señor Miró: llevo varios años leyendo no sólo este diario digital, sino también sus distintas intervenciones gracias a la newsletter de E-Cristians, las Actas de Católicos y Vida Pública, su libro en Planeta… La verdad es que, personalmente, no le conozco como "nacionalista" ni tampoco le tengo encajado como tal, sino lisa y llanamente como "católico público". Poco a poco -y principalmente por sus propias palabras- he ido sabiendo de su actividad en política y su alineación ideológica con CiU, y en principio tampoco eso me supone ningún conflicto a la hora de apreciar su labor al frente de su asociación y las más que sensatas y razonables propuestas que ofrece de tanto en tanto desde este periódico. No dudo de que es posible un nacionalismo moderado y con los pies en la tierra, integrador y realmente conocedor del terreno "nacional" del que nace como movimiento político. He defendido esto ante quien lo ha negado y no me importará seguir haciéndolo (más aún, mi novia ha votado al partido nacionalista de su ciudad y jamás me ha parecido mal que lo hiciera). Ahora bien, ya llevo un tiempo pensando que este nacionalismo sensato no es más que eso… una posibilidad, meramente teórica. Porque, a la hora de articularlo como opción política, son tantas las decisiones a adoptar para mantener esa opción dentro de unos límites razonables, y tantas las medidas a prolongar para que esa opción continúe existiendo… que, más tarde o más temprano, acaba convirtiéndose en ideología, en un proyecto con tintes utópicos y, lo que es más grave, en una desvinculación con la realidad "nacional" de la que partía. Es esta falta de pertenencia la que más me preocupa al leer ciertas noticias relativas a miembros de CiU. Que los diputados del PSC y ERC no pertenezcan a nada ni a nadie no me sorprende en nada: los unos sólo piensan en términos de poder y de experimentos sociales, los otros en su sueño de una república colectivista "sui generis" caiga quien caiga. Quizá el problema esté en que querer imponer estos proyectos a una tierra con tanta historia como Cataluña esté inevitablemente abocado a ejercer cierta violencia. Que Cataluña tiene ciertos rasgos nacionales me parece indudable. Y que en la defensa de esos rasgos haya sido necesaria cierta oposición y diferenciación respecto al Estado español es lógico. Ahora bien, no me parece tan obvio si esos rasgos nacionales son tan profundos como para constituir un país aparte. Soy el primero que me negaría a retener a nadie "dentro de España" si ese alguien quiere marcharse, pero lo cierto es que la clase política catalana lleva intentándolo -de un modo retórico los moderados, de un modo explícito los más extremos- durante décadas y todavía sigue habiendo resistencia. Insisto, no veo ningún inconveniente en defender esos rasgos nacionales, pero habría que pensar en si suponen un factor diferenciador tan grande cuando resulta que la única manera de defenderlos ha sido mediante una política de tintes victimistas y siempre "contra" alguien, "contra" el otro. ¿Qué ocurrirá cuando ya no haya nadie al que oponerse? ¿y cuando tampoco haya nadie del que diferenciarse? El problema de este proyecto es que, en lugar de respetar la realidad catalana tal como es y buscar la defensa de sus características propias, quizá cuando los políticos vieron que esas diferencias no eran tan significativas, comenzó un proyecto de "homogeinización" social ciertamente alarmante. O, lo que es lo mismo y en sus términos, un proyecto de construcción nacional. Ahi estaría el primer paso hacia la desvinculación de la realidad "real" de la sociedad catalana. Y no parece que haya marcha atrás. Los diputados de CDC cada vez tienen menos pertenencia y, consecuentemente, cada vez abandonan su propio pensamiento y perspectiva para alinearse con las tesis de la corrección política estándar (ideología de género, desvinculación), e incluso la militancia de Unió se ha radicalizado de tal manera que -en mi opinión- es indudable que cuando Durán desaparezca, se irá con él el último dique de contención hacia el nacionalismo radical. ¿Qué hacer ante esta situación? Aunque en la teoría todo es argumentable y defendible, en la práctica quizá no quede otra: despidámonos de los nacionalismos, olvidémonos ya de tanto discurso para intentar legitimarlos, comencemos a denunciar su carácter ideológico y proyectista, y volvamos a colocar las cosas en su sitio. Si los catalanes quieren marcharse de España, por mi, perfecto, adiós y hasta luego. Ahora bien, esta política maquiavélica de ir construyendo una sociedad para que dentro de 20 ó 30 años esté asegurado el "si, quiero, vámonos" conlleva unas consecuencias horribles. Sobre todo, por el tipo de sociedad homogénea, sin raíces y sumisa al poder que acabará "marchándose de España" (y, quizá habría que añadir, "también de Catalunya"). Por todo ello, señor Miró, le recomiendo: rompa definitivamente todo tipo de vínculo sentimental y/o afectivo con CDC, un partido que no se parece ni por asomo a lo que usted ayudó a fundar; abandone toda esperanza en un cambio que no va a llegar nunca. Olvídese de lo que pueda decirle Artur Mas en privado. En política, lo que cuentan son los hechos, no las intenciones ni los deseos. Quizá, si acaso, forme un nuevo partido. Querer sacar agua de un pozo que hace tiempo se secó no sólo es una pérdida de tiempo: es imposible. Atentamente,

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