La Iglesia y las dos tradiciones, un pasado a superar (I)

Iglesia

Los católicos españoles han quedado constreñidos en gran medida y desde la guerra del Francés, por dos tradiciones. A la derecha, por haber sido proclive a relacionar religión con absolutismo, primero, y con autoritarismo, después, con una gran querencia a descalificar todo catolicismo que no fuera el suyo. A la izquierda, abusando hasta extremos en ocasiones sangrientos de aquel alineamiento y denotando un claro prejuicio hacia la Iglesia, aunque, a pesar de ello, ha encontrado católicos dispuestos a acoger sus planteamientos, o como mínimo, desde una posición que se autocalifica de liberal, a estar más pendientes de la crítica a los “otros” católicos, que de la construcción común. Eran el reflejo de tres culturas separadas en dos bandos que ha recorrido con diversas manifestaciones toda la historia de España.

Creo que aquella herencia le sigue pesando a la Iglesia en una medida excesiva, de manera que incluso sin demasiada conciencia de ello, como un mecanismo reflejo de seguridad, el catolicismo español está bloqueado por el miedo a su clasificación en relación al pasado, por una parte, mientras que, por otra, siguen clasificándose mutuamente en relación a él. El resultado es estéril y favorece su marginalidad. Su inmenso capital cultural y moral significa muy poco para la sociedad española, porque no encuentra la forma de hacerlo efectivo. Esa es la realidad pura y dura; otra cosa es que quiera ser asumida.

A riesgo de equivocarme, porque toda opinión entraña esta posibilidad, creo que la causa última de porqué esto sucede es que se encuentra aprisionada por una realidad que no existe. Ya no hay dos “malas tradiciones” que estiran hacia un lado o hacia el otro, y que necesariamente exigían estar pendiente de reojo de la “otra posición”, como tampoco ya no existe una modernidad con la que dialogar desde el respeto, el pluralismo real y la razón, porque la modernidad ha sido devorada por su vástago bautizado con múltiples nombres, postmodernidad, modernidad tardía, sociedad liquida, sociedad desvinculada. El pluralismo ha sido sustituido por la dictadura blanda y la condena al ostracismo de quienes no asumen lo políticamente correcto, y la razón ha sucumbido a manos del emotivismo. El yo siento se ha convertido en la única y definitiva razón, y por eso todo el juego público se centra en excitar las emociones.

En este nuevo estadio de nuestra sociedad ya no hay dos tradiciones, solo una, la de la cultura hegemónica y sus marcos de referencia, sus frames dominantes, y esto es común, con contadas excepciones, a derecha y a izquierda. También en España, donde el PP se aproxima a la cultura católica solo cuando no gobierna, porque cuando está en el poder asume con algún matiz todos los componentes de la cultura hegemónica, y como máximo no los profundiza. Cierto, menos da una piedra, pero es evidente que con ese bagaje no se va a parte alguna. Y esto es grave porque la dinámica de este marco de regencia imperial que exige nuestro sometimiento es el de las élites globalizadas disfrazadas de “progresismo”, de la sustitución de todo cuestionamiento profundo de la desigualdad por la ideología de género, de la realización personal entendida únicamente como satisfacción de la pulsión del deseo de medios que han convertido en fines, dinero, sexo, siempre al servicio del poder, y que considera que el ser humano solo puede realizarse sin el Dios cristiano; en todo caso, con el sucedáneo de espiritualidades difusas que tienden a absolutizar el ser humano en relación a Dios, y a rebajarlo en relación a  la naturaleza.

Los católicos estamos demasiado aprisionados por un pasado que no existe, en lugar de mirar el presente y construir una nueva cultura, otro marco de referencia que aporte mejores respuestas a las necesidades humanas, religiosas, materiales y de sentido, y del que pueda surgir autónomamente una nueva política. Construir este marco alternativo desde la fe y también desde el catolicismo cultural es la gran tarea, uno de cuyos vectores pasa necesariamente por la misión de evangelizar y de crecer interiormente y formarnos para ello.

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One comment

  1. 1

    Creo que España no es única. La Iglesia está renaciendo aquí en los EEUU también. No será lo que era antes del Consejo, ni será lo que ha sido desde el Consejo. Los signos de la futura Iglesia se ven en muchas partes ya, especialmente en donde celebran la Misa en su Forma Extraordinaria que ya está atrayendo muchos, pero muchos, jóvenes en los EEUU. Muchas parroquias “ordinarias” están haciendo caso. Gracias Don Josep.

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