Hollande y Puigdemont, o la destrucción del Estado de derecho

Estado de derecho

Casi al unísono se han producido dos sucesos que la sociedad y los medios que la modelan parecen asumir con indiferencia, cuando no con satisfacción, protagonizados por dos personas cuyo principal vínculo es su responsabilidad política, en absoluto simétrica, pero político, a fin de cuentas.

En el caso de Hollande se trata del indulto pleno que ha concedido a la mujer que asesinó a su marido porque sufría su violencia. Es el resultado de una campaña que viene de lejos, a la que ya nos referimos y que tenía un objetivo político: el asesinato del hombre por parte de la mujer ha de ser plenamente exculpado. Hay que precisar que este conflicto familiar grave no fue el resultado inmediato de la muerte, porque no se produjo en el contexto de una pelea, ni como respuesta impulsiva a una agresión, sino que fue premeditado y cometido con alevosía en el momento que escogió la mujer. Las voces que lo justifican remiten a la legítima defensa. Obviamente, no es el caso, porque no era consecuencia de una reacción de temor o de protección para evitar un mal, sino una decisión meditada y tomada en frío. En todo caso, deberían hablar de “legítima venganza”. Pero es que, además, y esto es decisivo para no incurrir en la barbarie, la defensa, para que sea tal, debe estar presidida por la proporcionalidad. Responder a una patada con otra es legítima defensa, contestar con una cuchillada es una agresión, y dejar pasar unos días y matar al agresor es un homicidio. Si se pierde el criterio de la proporcionalidad, se pierde un principio básico de la justicia. Se retrocede, no ya a la justicia del “ojo por ojo, diente por diente” que estableció un cierto principio de proporcionalidad, de reciprocidad, sino que se va mucho más atrás, a respuesta de mayor barbarie. La Ley del Talión imponía un castigo “idéntico” o “semejante” al daño causado. Era una justicia primitiva que el cristianismo enmendó. Pero el indulto de la asesina de su marido nos retrotrae a algo todavía más primitivo: al escarmiento, porque no se trata de producir un daño equivalente como acto de justicia, sino de escarmentar, de producir un daño mucho mayor para amedrentar, advertir a los otros para que no vayan por el mismo camino. Es la crucifixión romana, la matanza de defensores en las ciudades que se rebelaban, es el control politico por el miedo a la represión. Es la lógica punitiva de la perspectiva de género contra el ser humano, el hombre en este caso. Con esta decisión la sociedad que promulgó los “Derechos del Hombre y del Ciudadano”, asume un precedente destructor del derecho: la justificación de que cada cual -si es mujer- tome la justicia por su mano, y lo haga no como defensa sino como escarmiento

En el caso de Puigdemont, el presidente de la Generalitat de Catalunya, el tema es otro, aunque también forma parte de los fundamentos del Estado de derecho. Sostiene, en unas recientes declaraciones, que el referéndum unilateral para la independencia de Catalunya, que quiere convocar, ganaría quien consiguiera el 50% más un voto, sin ninguna exigencia sobre la participación, razonándolo con la penosa afirmación de que como hay partidos que no están de acuerdo y plantearían la abstención, “no hay que hacerles el juego”. Es una brutalidad democrática, porque oponerse a un referéndum es tan legítimo como estar a favor de él. La finalidad de este tipo de consulta es conocer la opinión de la mayoría de la población, de ahí que se establezcan cuórums de participación más o menos exigente, pero en ningún caso puede aceptarse que este sea minoritario, o peor aún, inexistente. Pero es que, además, es una estupidez política. Un referéndum unilateral en estas condiciones no solo es contrario a la legislación española, es que es una payasada internacional, porque nadie se tomará en serio una votación en estas condiciones. Y, por si fuera poco, es un paso más en la destrucción de la unidad de la sociedad catalana, al imponer una tesis tan radical como la independencia a base de que vote el, digamos, 40%, y gane el sí con la mitad de los votos: el 20% más uno de los electores habría decido. Solo un irresponsable cree que se puede construir un país con estos supuestos.

Hazte socio

También te puede gustar