El hombre sabio, modelo de hombre para la educación (y III)

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La segunda cosa que le falta a una cabeza enciclopédica para ser la cabeza de un hombre sabio es la sabiduría moral. ¿Qué es la sabiduría moral y cómo se consigue? La mejor respuesta que conozco para esta doble pregunta está en la Sagrada Escritura, sobre todo en el Libro de la Sabiduría.

En este libro, cronológicamente hablando, el último libro del Antiguo Testamento, la sabiduría viene caracterizada como un espíritu de una riqueza insondable. Así la describe el autor sagrado al final del capítulo 7: “La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, inmaculado, diáfano, invulnerable, amante del bien, agudo, incoercible, benéfico, amigo de los hombres, firme, seguro, sin inquietudes, que todo lo puede, todo lo observa, y penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles. La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento y en virtud de su pureza lo atraviesa y lo penetra todo” (Sab 7, 22-24). No parece poca cosa, ¿verdad? No lo parece y no lo es, porque se trata de una sabiduría que “viene de lo alto” y “la sabiduría que viene de lo alto es intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera” (St 3, 17).

Cualquiera puede entender -y tal vez objetar- que esto es un asunto de fe. Ciertamente, y a quien lo entienda de esta manera le asiste toda la razón. Así es, esto lo sabemos por la fe y sin fe debe costar mucho asumirlo, si es que se asume. Esa es la clave, la fe, en la cual hay que situar las notas de esta sabiduría moral. Fe para entender y aceptar que este espíritu de sabiduría no está al alcance de las fuerzas del hombre por más ahínco que ponga en hacerse con él. Fe para entender y aceptar que esta sabiduría, que es sabiduría de Dios, no se obtiene a base de puños ni de codos, ni resulta más accesible con grandes sumas de dinero o con alta tecnología. Fe para aceptar que la da Dios a quien se la pide y fe también para pedirla. Estas palabras, tomadas de la carta del apóstol Santiago no dejan lugar a dudas: “Si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá. Pero que pida con fe, sin titubear nada” (St 1, 5-6).

A la hora de pedir, cada cual personaliza sus peticiones según su propio modo de ser y obrar; ahora bien, es bueno saber que como “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rom 8, 26) y por eso la propia Palabra de Dios nos dice cómo tenemos que hacerlo. La liturgia de la Iglesia, dentro de los textos para la oración de laudes, tiene recogida esta oración tomada del Libro de la Sabiduría que es un magnífico modelo de oración de petición:

Dios de los padres y Señor de la misericordia,

que con tu palabra hiciste todas las cosas,

y en tu sabiduría formaste al hombre,

para que dominase sobre las criaturas que tú has hecho,

y para regir el mundo con santidad y justicia,

y para administrar justicia con rectitud de corazón.

Dame la sabiduría asistente de tu trono

y no me excluyas del número de tus siervos,

porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,

hombre débil y de pocos años,

demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

Pues aunque uno sea perfecto

entre los hijos de los hombres,

sin la sabiduría, que procede de ti,

será estimado en nada.

Contigo está la sabiduría conocedora de tus obras,

que te asistió cuando hacías el mundo,

y que sabe lo que es grato a tus ojos

y lo que es recto según tus preceptos.

Mándala de tus santos cielos,

y de tu trono de gloria envíala,

para que me asista en mis trabajos

y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,

y me guiará prudentemente en mis obras,

y me guardará en su esplendor.

       Libro de la Sabiduría 9, 1-6; 9-11

Una última precisión me parece importante. Esta sabiduría de Dios no viene a solaparse ni a sobreponerse con la sabiduría que proviene de la razón. Podría pensarse que todos los hombres poseemos una sabiduría humana a la cual algunos, porque tienen fe y Dios se la da, añaden esa sabiduría divina. No es así. La sabiduría adquirida por la razón y la que proviene de la fe no son dos sabidurías, sino una sola, la sabiduría humana en la que podemos distinguir estos dos planos, pero en sí misma constituye una unidad de naturaleza espiritual. El que no tiene más sabiduría que la humana, con ella se maneja. El que tiene fe y recibe de Dios la sabiduría que él ha querido darle, no tiene dos sino también una sola, en la cual se encuentran fundidos, formando un todo único, todos los elementos de la sabiduría de Dios y todos los que proceden de nuestra naturaleza racional. De tal modo, que si hubiera elementos humanos contrarios a la sabiduría que viene de lo alto, los primeros serían desplazados por la sabiduría de Dios. Si a la luz de la razón unimos este espíritu de sabiduría dado por Dios, entonces ya podemos encarar la vida con garantías, independientemente de la trayectoria profesional o vocacional o de cuál sea nuestro puesto en este mundo.

En eso consiste la perfección del hombre, en que sin dejar de ser hombres y actuar como tales, a la vez podemos pensar y sentir como Dios piensa y siente, podemos manejarnos con los criterios de Dios y hacerlos vida. Por este motivo el hombre sabio es modelo de hombre para toda educación que se precie. Modelo en cuanto patrón de hombre para el educando y modelo de educador para hacerlo posible.

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