La Iglesia no puede estar continuamente pidiendo perdón

Precisemos. Cuando en este caso nos referimos a la Iglesia, nos ceñimos a aquellos que detentan la autoridad pastoral, aquellos que su voz expresa la del conjunto. Pues bien, se ha ido extendiendo, con el paso de los últimos años, una práctica, que si en momentos muy concretos distingue a la Iglesia por su humildad, la petición de perdón es un acto humilde; si se reitera una y otra vez, si se refiere a hechos recientes, a las propias declaraciones que se han hecho o escrito un tiempo antes, entonces, esto se vuelve perjudicial, porque significa que con demasiada frecuencia se formulan cuestiones sin la necesaria reflexión, o bien -mucho nos tememos– se reacciona presionado por la losa de lo políticamente correcto y una excesiva búsqueda de la oportunidad; es decir, oportunismo.

La Iglesia no saldrá – no sale- bien parada de esta moda que le resta credibilidad puertas afuera, y la debilita y desorienta puertas a dentro. Es una práctica que ha de terminar, entre otras razones, por una de fundamental: no es el camino de la imitación de Cristo. ¿Cuantas veces pide perdón para sí mismo en los evangelios? Ninguna. En todo caso pide que los demás sean perdonados, Perdónalos Padre porque no saben lo que hacen, o Él mismo perdona. ¿Cuál es la característica de dirigirse Jesucristo a las gentes? La autoridad, el hablar con autoridad. Es decir, expresar ideas y hechos con claridad y convencimiento. La Iglesia debe recuperar, allí donde lo haya pedido, su sentido histórico de autoridad si no quiere confundirse con el paisaje, y quedar reducida a algo anecdótico, pintoresco en unos casos, benéfico en otros, marginal en el balance.

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