Institucionalización de la percepción psicótica (y III)

Es difícil encontrar a alguien con quien la relación no sea bajo los parámetros del utilitarismo e interés temporal y transitorio

interesado

La psicosis (medicada o no) con toda la parafernalia que la acompaña, se trata de una enfermedad de moda, alentada por el estar sin estar propio de aquellos mujeriegos o dependientes de las relaciones sociales (esos habitualmente mal llamados “relaciones públicas”), y también por internet y las redes sociales, que al mismo tiempo la retroalimentan. Pues favorecen mucho el caldo de cultivo de que uno se considere el centro e importante por tener tantos “seguidores”, y hasta que otros se sientan fracasados por no tenerlos, hasta tal punto que es difícil encontrar a alguien con quien la relación no sea bajo los parámetros del utilitarismo e interés temporal y transitorio. De hecho, esta enfermedad y esta actitud son la raíz de otros males tan generalizados en nuestra sociedad, como el aborto, la eutanasia, el divorcio, la corrupción, el abuso de menores… y otros tantos. Todo es temporal, transitorio, y solo lo uso en la medida en que me es útil. Por eso es difícil encontrar una familia que no esté rota (y las que habrá si seguimos así, que parece que sí, que vamos en aumento). Sin embargo, en sus familias y ambientes sociales, los enfermos de la ideología del deseo se aúpan mutuamente, pues son conscientes de que van todos en el mismo barco y que si no se ayudan, ninguno llegará y reventarán todos. Es lo que resume bien una frase escrita en la camiseta de una política de la izquierda radical, que decía: “O jugamos todas, o pinchamos la pelota”, si bien en otro contexto. Una especie de esa enfermedad se da también y se camufla con una pátina de falsa práctica religiosa, de esos que van por el mundo fingiendo o creyéndose perversamente que son unos perfectos católicos, apostólicos y romanos. En realidad, son los peores y los que más daño hacen, porque consiguen en un principio que todo el mundo los siga y reverencie, tan buenos y abnegados que son con su familia, los pobres, patrones de tantas fundaciones… pero tarde o temprano la verdad se impone. Así llegamos todos a saber lo desdeñosos y déspotas totalitarios que son en realidad, pero incapaces de ayudar al prójimo que la Providencia les pone en la mano y no lo identifican como peldaño o lo ven más inteligente o simpático que ellos. A ese se limitarán a ignorarlo con el mayor y cruel desdén en lugar de dialogar buscando el encuentro. Pues vivían personajes de ficción que cuando se les ve el plumero suelen dar pena o risa. Pero lo pagamos y los pagamos todos. ¿No sería mejor pararlos? ¡Pero si no se ven hasta que revientan!

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