Institucionalización de la percepción psicótica (II)

El Cielo, nuestro amoroso Padre Dios, no premia nuestros éxitos sino nuestro esfuerzo y el amor que ponemos al intentar conseguir nuestro sueño

psicótica

Uno que ha llegado a alcanzar su sueño sabe en su interior, no siempre pero comúnmente, porque le avisa su conciencia cuando le resuena aunque él intente acallarla, que no le ha sido fácil y que no lo ha conseguido solo. En honor a la verdad, es consciente de que no lo merece, por todos los errores que ha ido cometiendo en el viaje, y porque, en definitiva, todo éxito humano es muy relativo y a menudo una fantasmada (y tantas otras veces, un fracaso es o llegará a ser el mayor éxito). Eso, sin llegar al extremo de que la persona en cuestión haya caído en la abominación de pisar y aplastar a otros para llegar. ¡Dios lo libre! El Cielo, nuestro amoroso Padre Dios, no premia nuestros éxitos sino nuestro esfuerzo y el amor que ponemos al intentar conseguir nuestro sueño, que no el amor posesivo, que es amor a uno mismo. Pero todos los afectados por la “ideología del deseo” creen o quieren creer acérrimamente que solo en el éxito está la valía demostrada de cada persona. Según esto, los millones de madres dedicadas abnegadamente a su familia, no valdrían nada, por más que haya tanto falso triunfador que defiende que eso es “vivir mantenido”. Aquí está la raíz de dos de los mayores males de nuestro tiempo, el ansia de poder y de fama. Irónicamente, puesto que la ideología del deseo quema todo a su alrededor cuando pasa, acaba fundiendo sus propias amistades y su propia familia, en las que tanto cobijo buscan y se aferran los enfermos afectados, porque las poseen más que aman, puesto que saben que sin su impulso no conseguirían nada. Pues así es. En muchos casos no cabe hablar de hipocresía, porque el afectado es un enfermo (medicado o no) alentado, además, por el propio ambiente social, actual y de siempre, que lo retroalimenta, y donde cada día agonizan más las virtudes sociales de la cortesía y el agradecimiento. Cuando cae por inepto o revienta la burbuja en que vive, el afectado suele reventar él también, y además, solo, pues ya ni familia le queda. Pero, como se trata de un mal social, la cosa se complica cuando en la propia familia hay miembros afectados de esta enfermedad o profundamente involucrados en la situación del afectado; y no digamos ya si el o los afectados rechazan la ayuda que se les brinda, por un mayor orgullo todavía. Así no solo acaba sin sueño, sino sin vivir ni haber vivido y muy amargado, pues seguirá sintiéndose vacío, ya que habrá perdido tantas cosas en el camino que hubiera necesitado al llegar… o no llegar, pero vivir realizado de verdad.

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