Iván Illich: Agitador con esperanza

Ivan Illich

Califican a Iván Illich (1926-2002) de anarquista, tal vez porque fue católico. A los católicos se les critica por querer demasiado orden o por querer demasiado poco. Quizá se debe a que quieren orden con orden: ni tanto que queme al santo, ni tanto que no le alumbre.

Iván Illich quiso liberar a sus lectores de la ley. Por eso, se dedicó a cuestionar los dogmas sobre los cuales hemos levantado la civilización moderna: “economía”, “tecnología”, “desarrollo”, “progreso” o “modernidad”. En el centro de su obra refulge una intuición: el problema del mundo contemporáneo no es que haya dejado de ser cristiano, sino que ha pervertido el cristianismo. Por eso es un mundo donde el mal es tan malo: la corrupción de lo mejor es lo peor.

Illich fue un agitador intelectual, autor tanto de panfletos como de obras eruditas, historiador, teólogo, fundador de instituciones alternativas. Al comienzo no parecía que fuera a ser así. Se ordenó como sacerdote en Roma y tenía buenos prospectos para escalar en la burocracia curial. Pero huyó de este destino como alma que lleva el diablo y se fue a estudiar a la Universidad de Princeton.

En Estados Unidos, se encontró con los migrantes de Puerto Rico y la vereda sinuosa de su vida se empezó a abrir camino. Primero en la isla del Caribe, y más tarde en México, se ocupó en trabajar con misioneros de diócesis estadunidenses destinados a América Latina. A Illich le pareció que estos misioneros iban a colonizar políticamente la región, valiéndose de la religión como pretexto. Trató de “desyanquizar” a los jóvenes misioneros, pretendiendo que se tropicalizaran, y ello le valió malquistarse con sectores católicos conservadores.

En 1968, la Congregación para la Doctrina de la Fe llamó a Illich para interrogarlo sobre sus posturas en economía y política. Illich se negó a responder. Sin juicio ni sentencia, decidió por sí mismo suspender el ejercicio de sus funciones sacerdotales y renunciar a sus privilegios de clérigo. Fundó entonces una especie de universidad donde se discutían la luz y la sombra de la educación, la vivienda, el transporte, la medicina en las sociedades industriales modernas. Con esas discusiones, Illich participó en el debate público internacional de los años 70.

En las siguientes dos décadas, la vida llevó a Illich por caminos más recogidos. Illich se dedicó a conversar y a dar clases, en Cuernavaca, donde tenía una verdadera academia griega, en universidades de Alemania y de Estados Unidos. Dedicó esos años a desarrollar a profundidad su idea central: la historia de Occidente culmina, no en la negación del cristianismo, sino en algo más endiablado: su corrupción.

Iván Illich tenía una rara habilidad para descubrir las dimensiones ocultas de las ideas corrientes. Por ello, se convirtió en una especie de arqueólogo que excavó en los cimientos ocultos de las certidumbres de la era moderna. Illich afirma que hemos levantado esta civilización, que se cuelga medallas de científica y racional, sobre una sarta de supersticiones.

Sin embargo, la obra de Illich no alega que este mundo sea una decadencia sin sentido. Su obra da testimonio de honda confianza en el hombre y sus comunidades y sociedades. Es una celebración de la equidad y la autonomía, un llamado al ejercicio de la libertad y el poder creador. Iván Illich dejó de ejercer como cura pero nunca dejó de ser cristiano. Supo cultivar la virtud más modesta, la más ardua: la esperanza.

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