Jorge Fernández Díaz tiene razón

La Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) ha pedido que el Ministro del Interior dimita o que abandone su mi…

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La Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) ha pedido que el Ministro del Interior dimita o que abandone su militancia religiosa. Son unas declaraciones muy graves y que van más allá del propio ministro. Dicen que cualquier católico, cualquier cristiano, que se manifieste de una determinada manera de acuerdo con su religión no puede en España ejercer ningún cargo público. La FELGTB sitúa a los católicos como ciudadanos de segundo nivel, con menores derechos, y esto obviamente es una discriminación radical que, de entrada, ha de ser censurada y descalificada, y quien la apoye actuará en el mismo sentido. Las cosas hay que dejarlas claras desde un principio. Ser gay o simpatizar con ellos no da derecho de pernada. No puede ser que este pequeño grupo se convierta en juez y decida quién tiene el derecho a la plenitud de la ciudadanía y quien no.

Pero, además, es lógico preguntarse qué ha hecho Fernández Díaz para merecer tal radical condena. ¿Quizás el orden público en España está siendo un desastre comparado con periodos anteriores? No, nada de eso. Toda esta parafernalia crítica viene a cuenta de que Fernández Díaz ha dicho en voz alta algo que es evidente: que el matrimonio gay no garantiza la especie. Vale la pena observar la metodología, que es la de siempre. Nunca entran a discutir las críticas sobre el matrimonio gay, simplemente se lanzan al cuello de quien dice algo en relación a él. En realidad, el homosexualismo político lo que exige es una sacralización de todo aquello que consideran que es bueno para ellos. Nada de lo que planteen se puede discutir, y esto en una sociedad democrática es un brutal contrasentido. Porque, no hay que olvidar que, mientras el matrimonio en su configuración normal es anterior a todo estado y evidentemente a toda constitución, el matrimonio homosexual es simplemente una ley, por tanto la consecuencia de un acto político. Es por ello que puede ser discutida, criticada, vapuleada, trasformada o derogada, porque esto forma parte de la lógica de la democracia. Si se quiere hacer olvidar esto, se quiere hacer olvidar que la democracia debe ser igual para todos. El homosexualismo político quiere solo una democracia para unos. Y esto es muy peligroso para las libertades.

Pero es que, además, lo que ha dicho el ministro es una evidencia. En la medida en que pudiera crecer el homosexualismo político, es evidente que la reproducción decaería. Y esto, en un contexto concreto, no ya el de la especie sino en el de la España actual, sería una puntilla definitiva a un país que está condenado a ser inviable a partir de mediados del presente siglo por falta de nacimientos y por la gran esperanza de vida que ha alcanzado. Por lo tanto, sí, el matrimonio homosexual, en la medida en que promueve una determinada forma de vivir y la institualiza, la reconoce y le otorga beneficios, es decir hace una política de fomento, afecta a la reproducción. Esto es muy grave, porque precisamente lo que dota al matrimonio como institución de su singularidad no es el amor entre dos personas ni un proyecto de vida en común, porque entonces debería reconocer con el mismo rango otras muchas uniones que presentan estas características. No, el matrimonio ha tenido siempre una especial consideración porque es la única institución que garantiza la continuidad humana, la filiación y algo más, el hecho de que tiene la capacidad educadora.

Sabemos perfectamente, por innumerables estudios, que el primer factor de quiebra del rendimiento escolar no está en la escuela sino en la familia (de ahí que España debería reflexionar sobre las familias antes que sobre la escuela para afrontar su catastrófico fracaso escolar). El matrimonio homosexual no solamente cuestiona la natalidad, ya que por definición es estéril, sino que además nos dice que el padre y la madre no son necesarios para la educación, que no constituyen el hábitat óptimo donde el hijo debe crecer, que son perfectamente sustituibles por otras formas. Y esto encierra una grave pedagogía para la propia sociedad y no solo para los homosexuales. Asimismo, el matrimonio homosexual, al convertirse en el eje de la definición del matrimonio, acaecido en España, arrincona todavía más el hecho de que la prioridad de la unión matrimonial, ejercida con libertad pero prioridad entre los principios, es la descendencia. Detrás de ello hay una grave crisis antropológica, demográfica, y por sus consecuencias económica y política. Cuando se dice con poca responsabilidad que a quién perjudica el matrimonio homosexual, hay que decir con rotundidad que perjudica a toda la sociedad española, por las razones apuntadas. La perjudica porque la ha alterado radicalmente y ha dejado convertido el matrimonio en otra cosa, que no sirve a la institución fundamental para tener hijos y educarlos, o, si se quiere en otros términos, para generar y disponer del capital humano adecuado.

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