Josemaría Carabante: “Es interesante descubrir cómo la revolución cultural del 68 ha dejado anémica desde un punto de vista moral a la sociedad”

Transcurridos cincuenta años de “aquel Mayo” que “queda lejos” (que diría la canción de Ismael Serrano), conversamos con Josemaría Carabante, quien acaba de publicar “Mayo del 68. Claves filosóficas de una revuelta posmoderna”.

Carabante

Se han cumplido 50 años de una explosión de reivindicaciones y eslóganes que tuvo la ciudad de París en jaque durante algo más de veinte días, y que logró sumar a la movilización universitaria a estudiantes de los Liceos y a los trabajadores. A partir de aquellas expresiones, reivindicativas y artísticas, surgieron en otras partes del mundo importantes cambios en las formas de vida, pero sobre todo en las concepciones, habiendo dejado el 68 un duradero poso cultural.

Ello nos da ocasión a comentar algunos temas con el Prof. Carabante:

Mayo del 68 combatió la jerarquía. Eso llevó a una cultura política de la igualdad que es especialmente acusada en organismos públicos. Sin embargo, en el ámbito privado, sobre todo de ciertas actividades, pervive la jerarquía, hasta cierto punto aumentada por las exigencias del mercado. Aunque perviva la mentalidad igualitaria, ¿la niega una realidad jerarquizada?

Se podría caracterizar el 68 y la cultura posmoderna que viene con posterioridad como paradójica. Por ejemplo, se insiste al mismo tiempo en la igualdad y en la diferencia y se reclama el supuesto derecho a ser diferentes. Pero como se han barrido de un plumazo los criterios de distinción sustantivos, el único modo de distinguirse es el cuantitativo. Y ahí el dinero tiene bastante importancia. Eso ha hecho nacer nuevas jerarquías y distinciones, tal vez menos evidentes. De modo que el igualitarismo resulta falaz. Por otro lado, también hay una cierta homogeneización de los estilos de vida. Las jerarquías perviven, pero de un modo distinto. Muchos han señalado la diferencia que existe entre la igualdad y el igualitarismo y es oportuno tener en cuenta esa distinción.

Profundizando en estos aspectos… Usted da clase a jóvenes y por tanto sabe cómo son los de ahora. He oído decir a alguna persona que era veinteañera en el 68 que en la juventud actual observa “un pijerío insoportable y una actitud muy conservadora”. ¿Qué diferencias se podrían destacar de la juventud del Mayo del 68 respecto a la de ahora?

En realidad, la juventud del 68 contaba con una mayor conciencia política y acudía a la universidad, de alguna manera, también para formarse políticamente. Es justamente esa misma conciencia la que provoca la revuelta, pues los jóvenes del 68 sabían que sus actitudes y acciones podían tener un importante sentido político. La juventud actual está peor formada y no precisamente por su culpa, sino como consecuencia de la imposición de los valores igualitaristas y el debilitamiento de la tradición cultural, especialmente en el ámbito de la enseñanza. Por este motivo, dan menos sentido a la cultura y a la política. Eso les convierte en ciudadanos menos críticos, más susceptibles de ser manipulados. Pero no diría que son más conservadores: lo que se percibe es una desconexión entre las convicciones, ya sean conservadoras o progresistas, y las actitudes vitales, en las que el peso de la cultura del 68 es evidente también entre los jóvenes de hoy.

Relacionado con esto: el modus vivendi que proponía el 68 era más bien un modo liberado individualmente, pero austero y en igualdad y fraternidad. Ciertas formas de la sociedad burguesa se rechazaban por opresivas. Sin embargo, muchos seguidores de aquellas consignas han acogido costumbres burguesas, aunque sea en formas más amigables, ¿Acaso es la muestra de que capitalismo “engulló” la filosofía del Mayo del 68, como se sugiere en el libro?

Sería bueno repasar la trayectoria que siguieron los líderes del 68, pero con independencia de quienes siguieron por la senda de la contracultura, muchas veces incorporando o fundando organizaciones terroristas, la gran mayoría se adaptó, como se esperaba de ellos, al sistema que habían criticado. Además, hay que tener en cuenta que lo que planteaban era una transformación de las costumbres y de la cultura, pero muchos de los estudiantes no estaban dispuestos a renunciar al nivel de vida del que disfrutaban. De ahí que la clave para leer el 68 no sea económica ni política, sino cultural. También se ha producido una suerte de “mercantilización” de la crítica. Ahora bien, lo que no hay que olvidar es que la erosión cultural provocada por el 68 también erosiona el entramado moral del capitalismo, como vemos hoy día. Y a este respecto es pertinente recordar que el capitalismo no define solo un modo económico de producción o de organización, sino que conlleva valores. Cuando se olvida esto, se mantiene una organización capitalista, pero se erosiona su sentido.

A la vista de estas vidas liberadas pero burguesas en ciertos aspectos (lo que en Francia se llaman BO-BOs), cabría pensar que se ha tomado la parte cómoda pero no la incómoda (austeridad) de los valores de la revolución cultural. Sin embargo, sigue habiendo muchas personas pobres que quieren esa ruptura pero de verdad, y su camino es salirse del sistema en un modo u otro que suele conllevar vidas muy austeras (hippies, neorrurales etc.). ¿Se han quedado esas personas huérfanas del referente del 68, visto el liderazgo de los BO-BOs como Melenchon, o la novedad de liderazgos como el de Macron (o el de Rivera que se avecina en España)?

En algunos aspectos, sí que es cierto que se han podido quedar sin liderazgo, pero por otro lado también es verdad que cada vez esos modos de vida supuestamente “contraculturales” adquieren mayor atractivo para el grueso de la población. Es muy difícil, como decíamos antes, sustraerse a las comodidades y al estilo de vida burgués. Por eso probablemente se haya extendido una cierta impostura y los modos de vida auténticos sean cada vez más minoritarios. Habría que estudiar hasta qué punto se puede vivir “al margen del sistema” y también qué quiere decir eso. Los políticos y movimientos que menciona están aprovechando precisamente la hostilidad con que la población percibe a la antigua clase política y se presentan ante la ciudadanía como líderes en un sentido moral, capitalizando el anhelo de cambio.

Según se desprende del libro, la revolución cultural derivada del 68, al atacar en conjunto al sistema heredado, eliminó lo malo, pero también lo bueno. Por ejemplo, los partidos de derechas anteriores al 68 eran más partidarios de la solidaridad o la protección del desfavorecido que los partidos liberales posteriores, porque tenían un fundamento cristiano. En la medida en que muchos elementos del sistema que se combatía perviven (como la jerarquía en el mercado) pero otros no (como la inspiración cristiana del orden social), ¿han salido perdiendo en conjunto aquellos a quienes en teoría la revolución venía a favorecer?

No hay duda. Es interesante descubrir cómo la revolución cultural del 68 ha dejado anémica desde un punto de vista moral a la sociedad. Se trata de un proceso que viene de antes, del liberalismo ilustrado, con su obsesiva idea de privatizar las creencias. Ese liberalismo moderno es el que ha neutralizado la religión y la inspiración moral que nutría de sentido la esfera pública. Pese a las ideas del 68, lo que ha deparado esa revuelta ha sido un hiperindividualismo y ha provocado mayor aislamiento. Es sintomático que en el discurso haya desaparecido la mención al bien común o unos bienes comunitarios que no sean la suma de los individuales. En este sentido, se ha dejado en manos del Estado la tarea de ayudar a los más desfavorecidos, porque se ha resentido el compromiso moral de los individuos. La crítica que hace Habermas al neoliberalismo y su apunte de que la religión puede servir para regenerar el trasfondo moral de nuestras sociedades me parece acertada, aunque su comprensión de la religión sea deficiente a mi juicio.

Profundizando en este aspecto religioso: el 68 combatió lo sagrado como expresión del orden preexistente. Sin duda eso influyó considerablemente en la forma de celebrar comunitariamente tanto lo religioso como lo institucional, hacia una simplificación. Pasado el tiempo, sin embargo, una parte de los más jóvenes muestra fascinación por ciertas formas antiguas. La numerosa participación juvenil en la Semana Santa española es un ejemplo. ¿Cómo explicar esto en personas criadas en la cultura derivada del 68?, ¿hay una vuelta a lo sagrado?, ¿se participa en estas cosas sin valorar realmente su contenido?, ¿Sigue teniendo sentido o son una simple pieza de museo, y por tanto materia muerta de la que se toma parte como quien ve arte anterior?

Las últimas corrientes filosóficas y sociológicas insisten en que, en efecto, asistimos a una vuelta de lo religioso, que en gran medida se explica por la extenuación y hastío que conlleva la desaparición de la cuestión del sentido de la existencia. La Modernidad ha dejado un vacío importante tanto en los individuos como en las sociedades. Por otro lado, habría que advertir que no todas las religiones son iguales, por mucho que sea hiriente para lo políticamente correcto. Ese anhelo de sentido explica que se haya producido la sacralización del arte, por ejemplo.

Pero también existe el riesgo de manipular las creencias religiosas y convertirlas en una suerte de estrategia política para mejorar la conciencia moral de los ciudadanos o su compromiso. Esto es lo que ocurre cuando algunos pensadores defienden el valor moral de la religión, pero rechazan, por su racionalismo, su pretensión de verdad. Algo similar es lo que ocurre cuando se hace hincapié en la dimensión comunitaria o afectiva de la religión. Las creencias, especialmente la cristiana, tiene un indudable carácter moral, pero también cognitivo y uno y otro van de la mano. Así considerada, es decir, en su pretensión de verdad y en la esperanza de salvación que ofrece, las creencias resultan indispensables para la convivencia política y un importante contrapoder.

Pese a una realidad que cuestiona el 68 en ciertos aspectos, los valores del 68 siguen actuando como contexto de corrección política. ¿Es dicho contexto una categoría zombi?

He intentado explicar en el libro cómo se ha configurado esa guerra cultural que se libra hoy y que ha tomado el testigo de la vieja lucha de clases marxista. La censura en la esfera pública no ha sido, por desgracia, una excepción histórica y la experiencia nos enseña que en el futuro tendremos que seguir enfrentándonos a ella. Si lo políticamente correcto hace referencia a esa mentalidad colectiva que impone ciertos valores y estilos de vida, me parece que sigue vigente. Lo que resulta preocupante es la transversalidad de esa ideología posmoderna: con independencia de las convicciones políticas, de derecha o izquierda, se han extendido actitudes, estilos de vida y valores de la izquierda cultural. Desde el punto de vista del conservadurismo y el liberalismo se debería pensar atentamente en esa situación y contrarrestar, también en el campo moral y político, esa tendencia. Creo que esa debería ser la estrategia y no la de presentar su oferta solo en términos económicos.

Buena parte del conservadurismo reciente (en el que incluyo el Brexit, Trump, la Lega italiana, los partidos gobernantes en Hungría o Polonia) supone una impugnación moderna a la ilustración, pero también al contexto político/filosófico/cultural derivado del 68. Pero ¿acaso no usa, dándoles la vuelta, algunos de sus elementos culturales o propagandísticos?

En algunos casos, está claro que demonizan el 68 para aprovecharse de quienes han visto en aquella época la causa de todos los males. De ese modo, suman simpatizantes. El debate sobre la Ilustración sigue siendo importante porque es en el período moderno cuando se transforman muchas realidades. Ahora bien, no es equivocado pensar que todos esos movimientos siguen atrapados de algún modo en su forma de pensar y que recurren a una misma retórica. Pero es más importante atender al individuo antes de lanzar programas colectivos. En muchas iniciativas late el mismo espíritu del 68, tal vez más oculto, y gran parte de sus estrategias.

Como usted explica en el libro, el 68 se basó en una serie de ideas que los filósofos fueron elaborando años antes. Ello presupone que había jóvenes que estudiaban la filosofía que iba elaborando en la mitad del siglo XX. Considerada la pérdida de importancia de las humanidades, ¿sería posible un nuevo 68 en este siglo?, ¿tiene algo que ver la pérdida de importancia de estas carreras con lo que algunos consideran una regresión democrática presente?

Creo que lo importante es lo que Scruton ha señalado: la devaluación de los criterios jerárquicos. En este sentido, el legado del 68 ha sido un relativismo extremo que impugna cualquier distinción. No me refiero solo al punto de vista moral o político, sino también al artístico. O al cultural. Es políticamente incorrecto advertir la superioridad de algunas formas de expresión cultural sobre otras. Y es en este contexto en el que son importantes las humanidades y la tradición cultural, que permiten a los estudiantes formarse un criterio sobre lo bueno y lo mejor y establecer distinciones. Sin ese aporte de la cultura, la política no dejará de ser un juego emotivista y los ciudadanos no podrán aspirar a formarse un juicio crítico sobre la realidad presente.

Y en el caso de que sea posible algún acontecimiento futuro nacido de la Filosofía actual, ¿qué filósofos podrían influir?, ¿Qué nombres podríamos tener ahora en cuenta?

En cuanto critican el estado de cosas actual, creo que las reflexiones de Roger Scruton y, en otro orden de cosas, de Rémi Brague son indispensables, una suerte de revulsivos intelectuales que nos defienden de la posmodernidad filosófica.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>