Junípero Serra: la evangelización de la Alta California (II)

Fray Junípero dedicó los últimos años de su vida a administrar los sacramentos del bautismo y de la confirmación a miles de indígenas Fray Junípero dedicó los últimos años de su vida a administrar los sacramentos del bautismo y de la confirmación a miles de indígenas

La expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la corona española, decretada por el rey Carlos III en 1767, motivó que la evangelización en el virreinato de Nueva España fuera encomendada a los franciscanos y a los dominicos. Teniendo en cuenta las grandes dotes apostólicas y organizativas de fray Junípero, sus superiores decidieron confiarle la misión en las tierras de California. El 1 de julio de 1769, procedente de la misión de Loreto, llegó por tierra a lomos de mulo al puerto de San Diego, en la llamada “Alta California”, región que se extendía desde las actuales ciudades de San Diego hasta San Francisco, un territorio de 750 km en línea recta, y cuyo nombre recuerda que fueron fundadas como misiones. Por aquel tiempo, los indígenas que poblaban la Alta California eran alrededor de 60.000. La Baja California se encuentra en la península que lleva el mismo nombre, en el noroeste del actual México. El período que va desde 1769, año en que fue fundada la primera misión, hasta 1810, año en que comenzaron las guerras de independencia en América Latina, fueron fundadas 19 misiones en la Alta California; 9 de ellas por fray Junípero.

Al frente de la primera expedición hacia la Alta California, que comprendía misioneros, soldados y colonos, se encontraba Gaspar de Portolà, gobernador militar de la provincia de Las Californias. Fray Junípero se puso enseguida a trabajar en la misión de San Diego: se construyeron cabañas y una sencilla iglesia con pinturas y otros objetos religiosos traídos desde la Baja California, confiando en que la belleza del arte atraería a los pobladores, los Kumeyaay. Sin embargo, los indígenas robaron y atacaron la misión. Una vez pacificada la situación, fray Junípero partió en nave desde San Diego hasta Monterey, donde fundó en 1770 la misión de San Carlos (no hay que confundir la ciudad de Monterey en California, al sur de San Francisco, con la de Monterrey, que se encuentra en el norte de México). Además de las dificultades que comportaba la misión en esas tierras, fray Junípero tuvo que vérselas también con el obstruccionismo del sucesor de Portolà al mando de las tropas en la Alta California, Pedro Fages, en los proyectos evangelizadores del santo, que hubiera querido establecer misiones con más rapidez.

El trabajo evangelizador con los pobladores de Monterey -los Rumsen– era lento y con resultados muy modestos. Eran pocos los indígenas adultos que aceptaban la fe católica y manifestaban a los misioneros el deseo de ser bautizados. En cambio, algunos consentían que sus hijos recibieran el sacramento del bautismo. Esta situación no desalentó el espíritu apostólico de fray Junípero; todo lo contrario: sugería a sus superiores la fundación de nuevas misiones (las tres siguientes en crearse fueron las de San Antonio y San Gabriel, en 1771, y San Luis Obispo, en 1772). Uno de los problemas que encontró fray Junípero fue la limitación del número de indígenas que podían entrar en la misión, impuesta por las autoridades militares. Fray Junípero se opuso a estas interferencias, afirmando: «Si no se nos permite entrar en contacto con ellos, ¿qué hacemos entonces aquí?». Conviene recordar que la fundación de las misiones requería la conjunción de la tarea propia de los misioneros con la presencia de tropas que garantizaban la seguridad de los evangelizadores, a la vez que los militares descubrían y tomaban posesión de nuevos territorios hasta entonces inexplorados. Los fines que perseguían unos y otros, por tanto, eran distintos; de ahí que las autoridades religiosas y políticas entraran a menudo en conflicto. Los misioneros necesitaban la protección de los soldados, aunque defendían su autonomía y se oponían a las injerencias que sufrían en su trabajo. Por ejemplo, denunciaron con fuerza a las autoridades la violencia de los militares hacia la población indígena.

En 1771, Antonio María de Bucareli y Ursúa sustituyó como virrey de Nueva España a Carlos Francisco de Croix, el cual había protegido la actividad misionera de fray Junípero. Bucareli fue uno de los mejores administradores que tuvo la monarquía española en el siglo XVIII, y un buen virrey de Nueva España. De carácter sereno y reflexivo, Bucareli logró mantener en paz el virreinato e impulsar las reformas borbónicas. En estas circunstancias, fray Junípero realizó un gesto audaz: emprender viaje hacia la Ciudad de México para entrevistarse con el nuevo virrey. Considerando la urgencia de hablar con Bucareli, fray Junípero partió de la Alta California después de haber tratado el tema con sus hermanos franciscanos, pero sin haber solicitado previamente el permiso de su superior, fray Rafael Verger. Este modo de proceder fue debido a que una carta desde la Alta California hasta la Ciudad de México podía llegar a tardar alrededor de un año, y el santo quería llevar noticias de primera mano acerca de las misiones al virrey; temía que las informaciones que le pudieran llegar del comandante Pedro Fages condicionaran negativamente la actitud del virrey respecto a la acción evangelizadora de los franciscanos en la Alta California. El virrey recibió a fray Junípero, quien le informó directamente de la situación en las misiones. Bucareli pidió a fray Junípero que escribiera un documento con todas las sugerencias que deseaba presentarle. Fray Junípero escribió el 13 de marzo de 1773 un largo memorándum con 32 peticiones concretas, que se podrían agrupar en cuatro grandes temas: 1) El abastecimiento de las misiones de la Alta California; 2) La carencia de mano de obra cualificada en las misiones; 3) La distribución de competencias entre los misioneros y los soldados; y 4) La autoridad y la conducta de los soldados. En una solicitud de este último capítulo pide al virrey que respecto a los indígenas bautizados «ningún castigo ni maltratamiento se haga en alguno de ellos, ni por el oficial ni por soldado alguno sin el dictamen del padre misionero, por ser lo dicho costumbre inmemorial del reino desde su conquista, muy conforme al derecho natural (…)».

A fray Junípero se le concedió casi todo lo que había solicitado al virrey, especialmente lo relativo a la autoridad sobre los indígenas. Sugirió también la sustitución de Pedro Fages por otro comandante, cosa que sucedió en 1775 en la persona de Fernando de Rivera y Moncada. Cuando fray Junípero regresó a la Alta California en 1773, encontró las misiones de la Alta California notablemente desarrolladas. Entonces propuso la creación de una nueva misión, la de San Juan de Capistrano, pero mientras se estaba por empezar, seiscientos indios Kumeyaay atacaron la misión de San Diego y la destruyeron totalmente, asesinando a un misionero, fray Luis Jayme, y a dos artesanos. Fray Junípero escribió al virrey para pedirle que se perdonara a los asesinos si hubiesen sido capturados, y no fuesen castigados muy severamente. Le recordaba también que él mismo había manifestado años antes que si los indígenas le mataban se les había de perdonar. Apenas fue posible, se reconstruyó la misión de San Diego y se estableció, no tan solo la misión de San Juan de Capistrano, sino también la de San Francisco, ambas en 1776, y la de Santa Clara, 1777.

En 1777, teniendo en cuenta el desarrollo de las misiones en la Alta California, la sede del gobernador de Las Californias se trasladó a Monterey, y fue nombrado gobernador Felipe de Neve, el cual comenzó un proceso de secularización de las misiones, siendo esto motivo de sufrimiento para fray Junípero. Neve pretendía que no hubiera más misiones en la Alta California, sino sólo “doctrinas”. Las doctrinas eran misiones secularizadas, es decir, parroquias autónomas bajo la jurisdicción de un obispo, y no de una orden religiosa. La transformación de las misiones en doctrinas era el modo con el que las autoridades coloniales pretendían disminuir el influjo de las órdenes religiosas y aumentar el del poder secular. Fray Junípero se propuso evitar que las misiones se convirtieran en territorios sometidos al sistema de dominación colonial, con los misioneros concebidos al servicio de una estrategia de conquista, en la que la evangelización fuese sólo un elemento accidental. Pero fray Junípero, siguiendo las disposiciones de sus superiores religiosos, tuvo que aceptar el nuevo modelo organizativo de las misiones que la administración borbónica estaba imponiendo en el Nuevo Mundo.

En 1782 fray Junípero fundó la misión de San Buenaventura. Dedicó los últimos años de su vida a administrar los sacramentos del bautismo y de la confirmación a miles de indígenas. Antes de cumplir setenta años, y después de haber trabajado treinta y cuatro en Nueva España, sus fuerzas disminuyeron notablemente. Después de haberse confesado con el P. Palóu, falleció en la misión de San Carlos de Monterey el 28 de agosto de 1784. Cuando fray Junípero murió, alrededor de seis mil indígenas habían sido bautizados en las misiones por él fundadas. Fue un religioso dotado de un enorme dinamismo evangelizador; lo único que le movió fue el deseo de anunciar a Cristo, de testimoniar la alegría del Evangelio. De san Junípero Serra dijo el Papa Francisco el día de su canonización: «Tuvo un lema que inspiró sus pasos y plasmó su vida: supo decir, pero sobre todo supo vivir diciendo: “siempre adelante”. Esta fue la forma que Junípero encontró para vivir la alegría del Evangelio, para que no se le anestesiara el corazón. Fue siempre adelante, porque el Señor espera; siempre adelante, porque el hermano espera; siempre adelante, por todo lo que aún le quedaba por vivir; fue siempre adelante. Que, como él ayer, hoy nosotros podamos decir: “siempre adelante”».

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