La arbitrariedad como política: los casos de los autobuses municipales de Barcelona y Madrid

La arbitrariedad es la destrucción de la democracia y de la igualdad. De la democracia porque es una práctica que necesita reglas de juego iguales para todos, de la igualdad porque su consecuencia implica siempre una discriminación.

Obviamente, la política tiene ribetes arbitrarios, como toda actividad humana, pero no se rige por ellos e intenta mantenerse en la sombra de lo discreto. No es aceptable, pero no es terrible. Lo realmente malo es cuando la arbitrariedad se convierte en política y se muestra ostentosamente a plena luz. Es signo de la tentación totalitaria.

Es lo que está sucediendo con los autobuses de Transportes Metropolitanos de Barcelona, y con el uso privado de un autobús en Madrid. En el primer caso porque exhiben publicidad de una opción política, la del referéndum, cuando su propia reglamentación lo prohíbe taxativamente excepto en periodo electoral. A raíz de una primera campaña de e-Cristians sobre Dios, TMB se dotó de una reglamentación que impide todo uso para planteamientos filosóficos, religiosos y políticos, impidiendo así una segunda campaña sobre la vida. Ahora, el gobierno de Colau se salta su propia norma y acoge una campaña política. No se trata de su significado, sino de que lo prohibido por ellos mismos se lleve a cabo porque les interesa. Así no es posible gobernar porque no hay garantías para los ciudadanos. Tiene razón el presidente del grupo popular Alberto Fernández Díaz  en el ayuntamiento cuando lo denuncia y pide su retirada. Colau manifiesta una vez más que sus actos responden al sectarismo ideológico, que utiliza los medios municipales para aplicarlos, como sucede con la campaña en favor del aborto en la televisión municipal. Como si hiciera falta animar a ello en una de las ciudades donde la tasa es más alta, y donde la población envejece a pasos acelerados.

En el caso de Madrid la arbitrariedad política aplicada a los autobuses se refleja en la distinta manera de tratar un mismo hecho: el autobús publicitario de Hazte Oír, con independencia de compartir o no su contenido, que fue bloqueado y censurado por la autoridad municipal, y ahora el de Podemos que campa a sus anchas mientras se dedica a exhibir en una mezcla de personajes demagógicamente injusta, condenados, imputados, testigos, con los que no son nada de todo esto. El método de Podemos se asemeja al escarnio del condenado y del inocente en la vía pública, una práctica histórica y malsana, porque nace del odio e incita a él, y, por tanto, es lo opuesto a la justicia. Y de paso se carga toda la presunción de inocencia, que es la base de los derechos personales. Una vez más la deriva totalitaria.

¿Por qué no se puede decir que los niños tienen pene, pero si se puede vilipendiar a personas concretas? ¿Qué lógica política, qué criterio ético puede permitir tal salvajada?

Los ciudadanos debemos no solo rechazar de forma evidente estas prácticas que degradan la vida en común, sino que hemos de procurar, por encima de nuestras diferencias políticas, actuar para expulsar del poder a quien hace posible este tipo de actuaciones.

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