La blasfemia como indicio de desorden

Los medios de comunicación admiten con suma facilidad la blasfemia

La sociedad desvinculada es también la sociedad del pensamiento caótico, desordenado. Y esto es así porque no hay ningún sustrato común más allá de la ley; de ahí la abundancia abrumadora de leyes… y, por consiguiente, de incumplimientos. Ningún ciudadano, ninguno, excepto algunos profesionales, conoce a todo lo que le obliga las leyes.  La desinformación crea, por consiguiente, un desequilibrio profundo aumentado por la escasa legibilidad de lenguaje que se utiliza en las normas legisladas. Solo unos pocos tienen acceso completo, o la posibilidad de ello, a las leyes. Estas además -con una frecuencia excesiva- son injustas, o deficientes, se aplican condicionantes pasajeros a realidades estructurales, ignoran el carácter previo al estado de instituciones y prácticas consuetudinarias, prescinden de la legislación de esta naturaleza y desdeñan todo esfuerzo para conocer el posible conflicto con el derecho natural. Todo ello desemboca en el caos de la carencia de una moralidad compartida. En realidad, como ya denunció el primer MacIntyre, el anterior a Tras la Virtud, el derecho está subordinado al liberalismo con todas las implicaciones desde ontológicas a económicas que tal dependencia genera

En este contexto debe situarse la blasfemia. La primera realidad es que constituye una ofensa a valores fundamentales de una parte muy importante de la sociedad, que el conflicto con el Islam ha elevado a la categoría de tragedia. Existen algunos pocos países, como Francia, donde este tipo de acto no está penalizado por la ley, pero, la norma general es que sí que lo esté. Pero, eso significa poco, porque depende de cada estado. En España que se produzca una condena de los jueces por un acto blasfemo es algo muy improbable (como lo es que se dé en el caso de los abortos ilegales).

Los medios de comunicación, muchos de ellos, bien sea porque no quieren problemas con su negocio, bien por razones ideológicas, o ambas cosas, admiten con suma facilidad la blasfemia, incluso en medios públicos, como tan bien lo ejemplarizan en Cataluña, TV-3 y Catalunya Radio.

El País, como periódico que acoge el pensamiento liberal español, es un firme bastión de la libertad de blasfemar, pero, y ese es un signo del caos, del desorden mental, su libro de estilo establece:

Las expresiones vulgares, obscenas o blasfemas están prohibidas. Como única excepción a esta norma cabe incluirlas cuando se trate de citas textuales de una persona relevante, que hayan sido dichas en público, y que no sean gratuitas”.

Más claro el agua. La cuestión es ¿por qué aquello que El País no acepta para sí, la blasfemia, y más allá las expresiones vulgares y obscenas, es defendido por él y por otros, como práctica social, y asumido por los jueces como libertad de expresión? Lo dicho: el desorden moral impera. Y siendo así ¿cómo puede existir la justicia y realizarse el bien común?

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