La crisis del capitalismo y los límites de crecimiento

La larga crisis y su secuela de desigualdad creciente y pobreza cuestionan de manera imperiosa al capitalismo. En realidad, la objeción de fond…

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La larga crisis y su secuela de desigualdad creciente y pobreza cuestionan de manera imperiosa al capitalismo. En realidad, la objeción de fondo no es tanto su funcionamiento como la ausencia de alternativas sistémicas. Los altermundistas, anticapitalistas, y demás izquierda alternativa, proponen “cosas” pero en ningún caso un modelo económico en el sentido profesional del término. Los anticapitalistas de hoy son muchísimo más limitados que los marxistas de ayer.

A esta crisis del capitalismo se le añade otra segunda, la crisis ambiental, y de ahí la reflexión, sobre los límites de crecimiento. No se puede continuar consumiendo tanta creación para producir bienes y servicios. Pero, en el sustrato de ambas crisis, hay un elemento común singularmente olvidado a pesar de su importancia decisiva. Se trata de los limites sociales del crecimiento, que a su vez están en la raíz de la crisis capitalista.

Fred Hirsh fue un economista brillante que en 1976 escribió un elaborado trabajo de gran impacto, The Social Limits to Growth [i](Los Limites Sociales del Crecimiento), en el que presentaba la tesis de que era la propia sociedad desarrollada la que iba socavando sus posibilidades de crecer a largo plazo. Se trata, según el autor, del "legado moral debilitante" del capitalismo, dado que el mercado socava los valores morales de los que depende, heredados de la cultura preexistente, precapitalista y preindustrial. Se debilitan los hábitos, esto es las virtudes, basadas en objetivos compartidos. Virtudes tales como veracidad, confianza, esfuerzo, obligación, necesarias para el funcionamiento de una "economía individualista y contractual", que dependían de la fe religiosa cristiana, que también se ve socavada por la mentalidad individualista y racionalista.

Hirsh es economista y hace su planteamiento en los términos académicos de su profesión, pero su argumento cobra mucha más fuerza si, en lugar de centrarnos en el sistema económico precapitalista, lo presentamos en términos culturales. Porque lo que el profesor británico viene a decir es que el sistema de valores y virtudes del que surge el capitalismo es lógicamente previo a él y corresponde a un marco de referencia definido por la razón objetiva de tradición cultural cristiana, generadora de una educación determinada basada en la ética de la virtud aristotélico- tomista. Los padres fundadores del capitalismo y el liberalismo estaban forjados en esta cultura, era su ambiente y no pretendían ni presumían de que pudiera quedar tan alterada como la situación actual nos revela. En la medida en que persiste parte de aquel marco originario el capitalismo funciona mejor, como lo constata la experiencia del renacimiento económico europeo de mediados del siglo XX. En la medida en que no es así, se producen las crisis.

El capitalismo liberal consume sus propios fundamentos, el capital moral que lo hace posible y su pervivencia y eficacia dependen de su capacidad para renovarlos. La cuestión es si hoy posee o no tal capacidad. Desde perspectivas tan distintas como el marxismo y el neo aristotelismo tomista de MacIntyre, la respuesta es un no rotundo; desde un punto de vista liberal perfeccionista, por el contrario, es afirmativa. En cualquier caso, es una evidencia que el capitalismo, si desea mantener una línea de coherencia con sus clásicos y sus fuentes, debería recuperar y actualizar los marcos de referencia de los que surgió, pero eso entraña una contradicción con la ontología liberal de la que depende, a no ser que se tienda a modelos capitalistas no liberales, como el chino, o el más atemperado de Singapur: capitalismo económico y control social. Pero esa orientación es más un riesgo que una salida, quizás porque sin superar la crisis moral y religiosa la salida no existe.



[i]Routledge; 2 edition 1978

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