La desacralización del Estado

En las actuales democracias liberales los Estados suelen configurarse de un modo similar ante el hecho religioso. Llamamos laicidad o aconfesionalidad…

En las actuales democracias liberales los Estados suelen configurarse de un modo similar ante el hecho religioso. Llamamos laicidad o aconfesionalidad a esa configuración jurídico-política de los países occidentales.
 
Estados Unidos fue el primer Estado moderno laico, con la supresión de toda iglesia establecida (oficial). Su Constitución se aprobó en 1787. Aunque no comprendía un cuerpo de derechos fundamentales previó en su artículo 5 la posibilidad de introducir enmiendas. Las diez primeras datan de 1789, y dieron lugar al Bill of Rights federal.
 
No fue por casualidad que la primera de esas enmiendas consagrara la libertad de religión. Tanto el libre ejercicio (free exercise clause) como el no-establecimiento de iglesias oficiales (establishment clause). La fórmula es sencilla: «Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof».
 
Los orígenes de la laicidad se remontan al judeocristianismo, que desacralizó el poder temporal de los gobernantes. El propio concepto de laicidad deriva de la Biblia, razón por la cual la democracia floreció en nuestras latitudes.
 
Las sociedades antiguas se caracterizaban por la ausencia de toda distinción entre los vínculos religioso y político. Para la mentalidad de aquel tiempo, era imposible concebir la religión como algo separado de lo político, y menos aún erigir una Iglesia-institución-codificadora diferenciada de la estructura política.
 
Todavía hoy el monismo –como concepto– es un sistema de organización social en el que se produce una confusión entre lo religioso y lo político. Existe una identidad sustancial y armónica entre las esferas política y religiosa. Se trata de una organización social en la que las instancias de obediencia política, religiosa y jurídica se encuentran ubicadas en las mismas autoridades. El poder político tiene un carácter sagrado, y el poder religioso un carácter político.
 
En cambio, en Occidente, el poder temporal ni está sacralizado ni participa en la economía de la salvación. Recuérdese la célebre frase de Jesús: «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.» (Mt. 22:21).
 
De este modo se rehabilita al Estado, se le reconoce su papel para el mantenimiento del orden público. Pero, como señala Philippe Nemo (¿Qué es Occidente?, ed. Gota a gota, Madrid, 2006), los estadistas «no tienen ni tendrán nunca ningún monopolio ni privilegio para discernir la Verdad, la Belleza y el Bien. Los gobernantes, en efecto, no solamente son personas como las demás, sino peores en potencia, porque están expuestos, por tener más poder, a pecar de manera más grave.»
 
La laicidad no pretende resacralizar al Estado. Pero el laicismo sí. Cuando esto ha ocurrido los resultados han sido catastróficos. Precisamente, señala Nemo que no es gratuito que los filósofos hostiles a la herencia bíblica hayan preconizado un estatismo no democrático, ora bajo una forma autoritaria o absolutista (Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Hegel…), ora bajo una forma totalitaria (Marx, Lenin, los neopaganos nazis, etcétera).
 
Los antibíblicos –igual que ahora los neoantibíblicos– privaron de base al principio democrático de la soberanía popular. El riesgo, hoy día, sería olvidar que en el origen de la laicidad late la desacralización del poder político.

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